Parte 2: LA VERDAD QUE LLEVABA DIEZ AÑOS ESCONDIDA

Javier dio un paso hacia la caja.

—Cierra eso ahora mismo.

No levantó la voz.

Pero había algo desesperado en sus ojos.

Gabriel sostuvo la autorización bancaria entre los dedos.

—¿Cuánto tiempo?

Javier no respondió.

—¿Cuánto tiempo llevas robándoles?

El silencio fue suficiente.

Las luces del pasillo se encendieron.

Doña Teresa apareció con una bata vieja sobre los hombros.

—¿Qué pasa?

Gabriel la miró.

—Mamá… ¿alguna vez recibiste una sola de mis cartas?

Ella negó lentamente.

—Solo las que Javier nos entregaba.

Gabriel levantó el primer sobre.

—Yo nunca escribí esto.

Abrió otra carpeta.

Después otra.

Había estados de cuenta.

Transferencias mensuales.

Treinta y cinco mil pesos.

Sin faltar un solo mes durante casi diez años.

Doña Teresa comenzó a temblar.

—¿Ese dinero… era para nosotros?

Gabriel asintió.

—Cada mes.

Don Ernesto tomó una silla antes de que las piernas dejaran de sostenerlo.

—Entonces…

Miró a Javier.

—¿Quién retiraba ese dinero?

Gabriel dejó la autorización sobre la mesa.

En letras perfectamente claras aparecía el nombre de Javier Morales como persona autorizada para operar la cuenta.

Su madre dio un paso atrás.

—No…

—Eso no puede ser.

Javier levantó las manos.

—Puedo explicarlo.

—No necesitábamos tanto dinero.

—Yo solo…

—¿Solo qué? —preguntó Gabriel.

—¿Solo apagabas la calefacción para ahorrar mientras retirabas nuestro dinero?

—¿Solo dejabas que papá usara un bastón roto?

—¿Solo permitías que mamá racionara sus medicinas?

Javier perdió la paciencia.

—¡Yo también tenía problemas!

—¡Tenía deudas!

—¡La empresa iba mal!

Gabriel soltó una risa amarga.

—Entonces decidiste que ellos pagaran por tus errores.

Doña Teresa rompió a llorar.

—Nos decías que Gabriel apenas sobrevivía…

—Que si lo llamábamos lo hundiríamos más…

Javier bajó la cabeza.

—Era lo mejor.

—No querían preocuparse.

—¡Nos robaste diez años! —gritó don Ernesto por primera vez.

El anciano golpeó la mesa con tanta fuerza que todos guardaron silencio.

Gabriel respiró profundamente.

Todavía quedaba un documento dentro del sobre.

El último.

Lo abrió lentamente.

Javier palideció.

—No leas eso.

Gabriel continuó.

Era una escritura notarial.

Firmada ocho meses atrás.

Doña Teresa frunció el ceño.

—¿Qué es?

Gabriel levantó la vista.

—Un préstamo hipotecario.

Don Ernesto negó con la cabeza.

—Nosotros nunca pedimos un préstamo.

Gabriel tragó saliva.

—Porque no lo pidieron ustedes.

Giró la escritura para que todos pudieran verla.

En la última página aparecía una firma.

Perfectamente imitada.

A nombre de su padre.

La garantía del préstamo era la casa donde habían vivido toda la vida.

El importe ascendía a tres millones ochocientos mil pesos.

Javier dio otro paso.

—Escúchame…

—Pensaba devolverlo.

—Solo necesitaba tiempo.

Gabriel cerró lentamente la carpeta.

—¿Cuánto tiempo?

—Porque según este contrato…

Miró la fecha de vencimiento.

—El banco puede ejecutar el embargo dentro de doce días.

La habitación quedó completamente muda.

Doña Teresa llevó una mano al pecho.

—¿Perderemos la casa?

Gabriel la abrazó antes de que cayera.

Después miró fijamente a su hermano.

Ya no había rabia en sus ojos.

Solo una calma que resultaba mucho más peligrosa.

—Mañana a las ocho iremos al banco.

—Después a la fiscalía.

—Y cuando termine el día…

Hizo una pausa.

—No solo recuperaré el dinero que les robaste.

—También recuperaré el hogar que estuviste a punto de quitarles.

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