PARTE 2: LOS CUARENTA SEGUNDOS QUE NADIE DEBÍA VER.

Los guardias apenas habían sujetado a Mariana cuando Renata se soltó de ellos y corrió hasta colocarse frente a su madre.

Sus pequeños brazos rodearon las piernas de la mujer con toda la fuerza que pudo reunir.

—¡Mi mamá no puso nada en esa copa!

El pasillo quedó en silencio.

Mariana tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Renata, tranquila.

—¡Yo vi quién lo hizo!

Uno de los guardias intentó apartarla.

Octavio levantó la mano.

—Déjenla hablar.

La niña respiraba con dificultad.

Todavía no tenía otra pluma de epinefrina.

El esfuerzo de llorar podía desencadenar otra crisis alérgica.

—El señor del traje negro… —dijo señalando hacia el fondo del corredor—. Sacó un frasquito azul.

Todos siguieron la dirección de su dedo.

Don Ernesto permanecía inmóvil.

Durante veinte años había servido a la familia Salgado.

Conocía cada rincón de la residencia.

También sabía dónde estaban las cámaras.

El mayordomo bajó la cabeza.

—Es una confusión. La niña tiene cuatro años.

—No estoy confundida.

Renata levantó la mochila rosa.

—Yo estaba escondida porque buscaba a mi mamá.

Octavio caminó lentamente hasta quedar frente a Ernesto.

—¿Subiste solo con la charola?

—Sí, señor.

—¿Nadie más estuvo allí?

—Nadie.

Renata negó con fuerza.

—Él abrió un frasquito. Luego lo guardó aquí.

Golpeó con su pequeña mano el bolsillo izquierdo de su propio pantalón para indicar el lugar.

El gesto era tan preciso que varios empleados comenzaron a mirarse entre sí.

El jefe de seguridad intervino.

—Señor, registramos al mayordomo. No encontramos nada.

Octavio no respondió.

En lugar de eso preguntó:

—¿Qué dicen las cámaras?

El jefe de seguridad tragó saliva.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—Las cámaras del corredor estuvieron fuera de servicio cuarenta segundos.

Octavio sintió un escalofrío.

—¿Fuera de servicio?

—Sí.

—¿Por una falla?

El técnico de vigilancia abrió su computadora.

—Eso creíamos.

Ampliaron la línea de tiempo.

Las grabaciones mostraban a Mariana entrando por hielo.

Después aparecía una pantalla negra.

Exactamente cuarenta segundos.

Luego la imagen regresaba con ella llevando la charola hacia el despacho.

—Quiero el archivo original.

—Ese es el original.

Octavio giró lentamente hacia el técnico.

—No.

Su voz sonó fría.

—Quiero el respaldo del servidor.

El hombre palideció.

—Señor…

—Todos los sistemas tienen una copia automática.

Hubo un largo silencio.

Finalmente el técnico admitió:

—Sí.

—Tráigala.

Veinte minutos después instalaron un monitor en la sala principal.

Todo el personal permanecía reunido.

Mariana seguía esposada.

Renata continuaba abrazada a ella.

El técnico recuperó la grabación secundaria.

Los cuarenta segundos comenzaron a reproducirse.

La imagen apareció entre interferencias.

Primero se veía el pasillo vacío.

Después entraba Ernesto.

Miraba hacia ambos lados.

Sacaba un pequeño frasco azul.

Exactamente como había descrito Renata.

Vertía varias gotas en la copa.

Y en ese instante alguien más aparecía en la imagen.

Toda la sala contuvo el aliento.

No era un extraño.

Era Eduardo Salgado.

El sobrino de Octavio.

El único familiar que le quedaba con vida.

Eduardo observó a Ernesto sin mostrar sorpresa.

Después le entregó un sobre grueso.

El mayordomo guardó el dinero en el bolsillo.

La grabación terminó.

Nadie habló.

Octavio permaneció inmóvil.

Su respiración se volvió pesada.

—No…

El jefe de seguridad retrocedió.

—Señor…

Octavio volvió a mirar la pantalla.

Necesitaba convencerse de que aquello era un montaje.

Pero el sistema mostraba sellos digitales imposibles de alterar sin dejar rastro.

Era auténtico.

Eduardo había estado allí.

Y no parecía sorprendido por el envenenamiento.

Mariana rompió el silencio.

—Entonces… ¿pueden quitarme las esposas?

Octavio reaccionó de inmediato.

—Ahora mismo.

Los guardias obedecieron.

Renata abrazó a su madre con tanta fuerza que ambas terminaron llorando.

Octavio dio un paso hacia ellas.

—Señora Mariana…

Ella levantó la mirada.

—Cometí un error imperdonable.

—No fue un error.

Mariana habló con serenidad.

—Alguien preparó todo para que pareciera que fui yo.

El jefe de seguridad asintió.

—Los cinco millones entraron desde una cuenta creada con documentos falsos.

—¿Y el frasco encontrado en mi casillero?

—Fue colocado después del turno.

Octavio cerró los puños.

Durante años había confiado plenamente en Ernesto.

Y había tratado a Eduardo como al hijo que nunca volvió a tener después de perder a Valentina.

Había pensado nombrarlo sucesor del consorcio.

En ese momento sonó un teléfono.

Era el director financiero.

—Señor Salgado…

—Habla.

—Eduardo acaba de vaciar dos cuentas corporativas.

Octavio sintió que el estómago se cerraba.

—¿Cuánto?

—Doscientos treinta millones de pesos.

El jefe de seguridad recibió otra llamada casi al mismo tiempo.

—El señor Eduardo salió de la residencia hace quince minutos.

—¿Con quién?

—Con Ernesto.

Octavio levantó la vista.

—Cierren todas las salidas.

—Ya es tarde.

El automóvil cruzó la caseta antes de recibir la orden.

Renata tiró suavemente de la manga de Octavio.

—Señor…

Él bajó la mirada.

La niña abrió lentamente la mochila.

Dentro ya no estaba la pluma de epinefrina.

Solo quedaba un pequeño dibujo.

Era una hoja doblada donde ella había pintado una casa, un árbol y tres personas tomadas de la mano.

Una de ellas tenía un traje negro.

Otra llevaba uniforme de limpieza.

La tercera era una niña con una mochila rosa.

—Lo hice mientras esperaba a mi mamá.

Octavio sintió un nudo en la garganta.

Tres años antes había perdido a su familia.

Y aquella niña acababa de salvarle la vida entregándole lo único que podía salvar la suya.

Tomó el dibujo con cuidado.

—Gracias.

Renata sonrió por primera vez desde que comenzó todo.

Pero aquella paz duró apenas unos segundos.

El monitor de vigilancia emitió una nueva alerta.

No provenía de las cámaras de la residencia.

Era del estacionamiento subterráneo del corporativo Salgado.

El sistema mostraba a Eduardo entrando en la bóveda donde se guardaban los archivos históricos de la empresa.

Llevaba un bidón de gasolina.

Y antes de desaparecer de la cámara, levantó el teléfono.

La llamada entró directamente al celular de Octavio.

Contestó.

La voz de Eduardo sonaba completamente tranquila.

—Tío… ya viste el video.

—¿Por qué lo hiciste?

Hubo una risa baja.

—Porque nunca fui tu único pariente.

Octavio frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Eduardo guardó silencio unos segundos.

Después pronunció una frase que dejó helada toda la sala.

—La niña que acaba de salvarte… también lleva tu sangre.

La llamada se cortó.

Octavio giró lentamente hacia Mariana.

Ella ya estaba tan pálida como él.

Porque comprendía exactamente lo mismo.

Si Eduardo decía la verdad…

Renata no había llegado por casualidad a aquella casa.

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