Parte 2: EL HUECO QUE DEJÉ ATRÁS

Lucas tardó exactamente tres días en darse cuenta de que algo estaba cambiando.

No porque viera las cajas.

No porque yo dejara de cocinar.

Ni siquiera porque el armario estuviera cada vez más vacío.

Lo notó cuando una mañana salió apresurado hacia la oficina y, al abrir la puerta, no encontró el café caliente esperándolo sobre la mesa.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Después miró la cafetera.

Vacía.

Preparó el café él mismo por primera vez en años.

Aquella misma tarde regresó antes de lo habitual.

Yo estaba sentada en el suelo del salón, envolviendo los últimos libros de mi madre en papel protector.

—¿Todavía sigues con esas donaciones? —preguntó.

—Sí.

No levanté la vista.

Él permaneció unos segundos observándome.

—Has estado rara estos días.

—Puede ser.

—¿Te pasa algo?

Por primera vez en cinco años no aproveché aquella pregunta para contarle cómo me sentía.

Simplemente respondí:

—No.

Él frunció ligeramente el ceño.

Parecía incómodo.

Pero terminó entrando nuevamente en su estudio.

Aquella noche cenó solo.

Yo ya había comido fuera.


El miércoles recibí la confirmación definitiva.

El traslado a Madrid había sido aprobado.

Mi incorporación sería el lunes siguiente.

Solo faltaba una firma.

La del divorcio.

Llamé a la abogada.

—Prepare los documentos.

—¿Está completamente segura?

Miré por la ventana del despacho.

Durante mucho tiempo había confundido permanecer con amar.

Ahora entendía que no eran lo mismo.

—Sí.

—Los tendrá mañana.

Colgué.

Sentí miedo.

Pero también una tranquilidad que no había sentido en años.


Mientras tanto, Lucas comenzó a notar pequeños detalles que antes jamás había visto.

La camisa azul que siempre aparecía planchada seguía arrugada.

No encontraba sus llaves.

El champú estaba vacío.

La nevera apenas tenía comida.

No porque yo quisiera castigarlo.

Simplemente había dejado de ocuparme de una vida que ya no sentía compartida.

Aquella noche salió de su estudio y me encontró cerrando una caja.

—¿Dónde está el álbum de nuestra boda?

Lo miré con calma.

—En la estantería.

Él abrió el mueble.

El álbum seguía allí.

—Pensé que lo guardarías.

—Es tuyo.

La respuesta lo dejó desconcertado.

—Es nuestro.

Negué lentamente.

—Ya no.

Él permaneció completamente inmóvil.

Fue la primera vez que vi verdadera preocupación en su rostro.


Al día siguiente, mientras Lucas estaba en la oficina, llegó un mensaje inesperado.

Era de un antiguo compañero de universidad.

“¿Supiste que Sofía volvió al país?”

Lucas respondió casi de inmediato.

“¿Cuándo?”

“Hace unas semanas. Creo que trabaja otra vez en Barcelona.”

Se quedó mirando la conversación durante largo rato.

Después cerró el teléfono.

No volvió a escribir.

Pero aquella noche, al llegar a casa, encontró sobre la mesa un sobre blanco.

Llevaba escrito únicamente su nombre.

Lucas sintió un mal presentimiento.

Lo abrió.

Dentro estaban los papeles del divorcio.

Y una carta.

Se sentó lentamente en el sofá.

La letra era la mía.

“Lucas.

Cuando leas esto probablemente ya habrás notado que dejé de ocupar el espacio que llenaba en tu vida.

No fue una decisión impulsiva.

Solo entendí que llevaba demasiado tiempo esperando ser elegida.

La noche que pronunciaste el nombre de Sofía mientras dormías comprendí que una parte de tu corazón seguía viviendo cuatro años atrás.

No te culpo por haber amado a otra persona.

Te culpo por haberme permitido construir una vida junto a alguien que nunca terminó de quedarse conmigo.

No quiero competir con recuerdos.

Tampoco quiero esperar otros cinco años a que descubras si realmente soy la mujer que deseas.

Así que me voy antes de convertirme en alguien que ruegue por un lugar en tu vida.

Te deseo felicidad.

Claire.”

Lucas terminó de leer con las manos temblando.

Buscó inmediatamente su teléfono.

Me llamó.

Apagado.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Y otra.

Ninguna respuesta.

Corrió hasta nuestro dormitorio.

Abrió el armario.

La mitad estaba vacía.

Entró al baño.

Faltaban mis cosas.

Abrió el cajón donde guardábamos los pasaportes.

El mío ya no estaba.

Por primera vez en años sintió auténtico miedo.


A la mañana siguiente apareció en mi oficina.

Mi escritorio estaba vacío.

Preguntó por mí.

Una compañera respondió:

—¿No lo sabías?

Él tragó saliva.

—¿Qué cosa?

—La trasladaron a Madrid.

Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Cuándo?

—Hoy.

Sin decir una palabra salió corriendo.

Condujo hasta el aeropuerto.

Revisó todas las pantallas.

Preguntó en los mostradores.

Nadie podía darle información.

Llegó demasiado tarde.

Mi avión ya había despegado.


Mientras tanto, yo observaba las nubes desde la ventanilla.

No lloraba.

Solo sostenía entre las manos el viejo oso de peluche con una oreja rota.

Por primera vez en mucho tiempo no esperaba un mensaje suyo.

No esperaba una explicación.

No esperaba que cambiara.

Solo esperaba empezar de nuevo.

Fue entonces cuando mi teléfono, que acababa de volver a encender durante la escala, vibró sin descanso.

Veinte llamadas perdidas.

Treinta.

Cuarenta.

Y finalmente un único mensaje de Lucas.

“No era Sofía a quien estaba buscando aquella noche.”

Fruncí el ceño.

Segundos después llegó otro.

“Hace cuatro años soñé con el día en que ella se marchó.”

Luego un tercero.

“Pero la persona a la que le pedía que no se fuera… eras tú.”

Sentí que el corazón daba un vuelco.

Antes de que pudiera procesar aquellas palabras, entró una azafata.

—Señorita, ¿es usted Claire Ferrer?

Asentí.

Ella me entregó un teléfono satelital.

—Hay una llamada urgente para usted.

Lo acerqué lentamente al oído.

Al otro lado solo se escuchaba la respiración agitada de Lucas.

Y la primera frase que pronunció hizo que todas las certezas con las que había abandonado aquella ciudad comenzaran a tambalearse.

—Claire… llevo cinco años intentando olvidar a Sofía. Pero acabo de darme cuenta de que la única persona a la que nunca aprendí a decirle cuánto la amo… eres tú.

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