Alejandro permaneció inmóvil mientras mi abogada deslizaba los documentos sobre la mesa.
—Míralo con calma —dijo Natalia—. Hay demasiadas coincidencias para ignorarlas.
Tomé la primera hoja.
La transferencia de dos millones de euros había salido de una sociedad patrimonial de la familia Ferrer apenas tres semanas antes.
El destino era un pequeño restaurante de Chamberí.
El mismo donde vi a Alejandro ayudando a Irene.
Pero el nombre de la propietaria no era Irene.
Era Mercedes Ferrer.
Su madre.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué compraría un restaurante tan pequeño?
Natalia abrió otra carpeta.
—Porque el restaurante nunca fue el verdadero objetivo.
Sacó el registro mercantil.
Detrás del local existía una licencia de explotación sobre tres edificios completos que el Ayuntamiento planeaba expropiar para un proyecto urbanístico.
La indemnización prevista multiplicaba por seis el valor del negocio.
Comprendí inmediatamente.
Aquello no era una historia romántica.
Era una inversión.
Y alguien necesitaba que Irene siguiera figurando como la imagen pública del restaurante mientras la familia Ferrer controlaba todo desde la sombra.
—¿Alejandro sabe esto? —pregunté.
Natalia guardó silencio unos segundos.
—No lo sé.
Pero sí sé otra cosa.
Me entregó una copia del contrato de compraventa.
Mi respiración se detuvo.
La firma que autorizaba la operación llevaba mi nombre.
No era auténtica.
Alguien había falsificado mi firma.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
Durante doce años firmé cientos de documentos junto a Alejandro.
Cualquiera que hubiera tenido acceso a nuestros archivos podía copiar perfectamente mi rúbrica.
—Esto cambia completamente el divorcio —murmuró Natalia.
Asentí lentamente.
Ya no se trataba de una infidelidad.
Se trataba de fraude.
Aquella misma tarde llamé a Alejandro.
Contestó al segundo tono.
—Claudia.
—Necesitamos hablar.
—¿Sobre el divorcio?
—No.
Hice una breve pausa.
—Sobre una firma que nunca hice.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—¿Qué quieres decir?
—Ven mañana a las diez.
No añadí nada más.
Colgué.
Llegó exactamente a las diez.
Entró en el despacho de Natalia con el mismo traje impecable de siempre.
Pero al verme comprendió enseguida que aquella conversación no sería como las anteriores.
Natalia colocó el contrato frente a él.
—¿Reconoce este documento?
Alejandro lo revisó durante unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
—Sí.
—¿Quién firmó por Claudia?
Frunció el ceño.
—Ella.
Empujé el documento hacia él.
—Míralo otra vez.
Lo hizo.
Su expresión comenzó a cambiar.
Comparó la firma con otra de un antiguo contrato matrimonial.

Después con una tercera.
El color abandonó lentamente su rostro.
—No…
Volvió a mirar la hoja.
—Esta firma…
Natalia terminó la frase.
—Es falsa.
Alejandro permaneció completamente inmóvil.
Por primera vez desde que lo conocía parecía realmente confundido.
—Yo nunca autoricé esto.
—Pero el dinero salió de una sociedad de tu familia.
—Lo sé.
Respiró profundamente.
—Mi madre me dijo que era una inversión privada.
No pregunté nada.
Solo lo observé.
Entonces recordó algo.
Sacó inmediatamente el teléfono.
Marcó un número.
—Mamá.
Esperó unos segundos.
—Necesito que vengas ahora mismo.
Mercedes Ferrer apareció cuarenta minutos después.
Entró sonriendo.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió.
Alejandro deslizó lentamente el contrato hacia ella.
—¿Quién falsificó la firma de Claudia?
La sonrisa desapareció.
—¿De qué hablas?
Él golpeó suavemente el documento con los dedos.
—No vuelvas a mentirme.
Ella guardó silencio.
Después suspiró.
—Lo hice para protegerte.
Sentí que aquellas palabras me resultaban demasiado familiares.
—Ese restaurante valdrá una fortuna dentro de unos meses.
No podía permitir que el divorcio complicara la operación.
Alejandro la observaba como si nunca hubiera visto a aquella mujer.
—¿Usaste la firma de mi esposa sin decirme nada?
Mercedes respondió con absoluta tranquilidad.
—Pronto dejará de ser tu esposa.
¿Qué importancia tiene?
El despacho quedó completamente en silencio.
Alejandro cerró lentamente los ojos.
—Toda esta historia con Irene…
Su madre sonrió con cansancio.
—¿De verdad creíste que una camarera podía enamorar al heredero del grupo Ferrer por casualidad?
Nadie respiró.
Ella continuó hablando.
—Necesitábamos una persona de confianza administrando el restaurante.
Irene aceptó.
Tú solo hiciste el resto.
Sentí que el mundo entero cambiaba de forma.
Alejandro también.
Porque comprendía exactamente lo mismo que yo.
Aquella relación que había destruido nuestro matrimonio…
Había comenzado dentro de un plan diseñado por su propia madre.
Él dio un paso hacia atrás.
—¿Estás diciendo que…
Mercedes bajó la mirada.
—Yo fui quien insistió en que pasaras más tiempo allí.
Quería que olvidaras a Claudia antes del divorcio.
El silencio fue insoportable.
Alejandro levantó lentamente la vista hacia mí.
Sus ojos estaban completamente vacíos.
Quiso decir algo.
No encontró las palabras.
Entonces Natalia recibió una llamada.
Escuchó apenas unos segundos.
Después colgó.
Nos miró a los tres.
Y dejó sobre la mesa una nueva carpeta.
—Acaba de llegar el informe del banco.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurre?
Natalia abrió el expediente.
La primera página contenía una transferencia mucho mayor que la anterior.
Cinco millones de euros.
Destino.
Una cuenta personal a nombre de Irene.
Fecha.
Dos días antes de que Alejandro confesara que quería divorciarse de mí.
Natalia levantó lentamente la vista.
—Lo más grave no es que falsificaran una firma… es que alguien utilizó el dinero de la empresa familiar para comprar el silencio de Irene antes de que comenzara el divorcio.