El tiempo pareció detenerse.
Sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Antes de que pudiera responder, Ethan levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron por primera vez en tres años.
Su expresión permaneció fría apenas un segundo.
Después frunció ligeramente el ceño.
Era evidente que intentaba recordar dónde me había visto.
Yo bajé a Leo al suelo de inmediato.
—Cariño, ese señor no es tu papá.
Leo ladeó la cabeza.
—Pero se parece a mí.
Sentí un escalofrío.
Ethan había escuchado perfectamente.
Guardó el teléfono en el bolsillo y caminó hacia nosotros.
Cada paso hacía más difícil mantener la calma.
—Disculpe —dijo con educación—. ¿Nos conocemos?
Sonreí con naturalidad.
Había ensayado ese momento demasiadas veces.
—No lo creo.
Sus ojos permanecieron sobre mi rostro unos segundos.
—Estoy casi seguro de haberla visto antes.
—Nueva York es una ciudad pequeña para quienes viajan mucho.
Leo tiró de mi abrigo.
—Mamá, tengo hambre.
Lo tomé nuevamente en brazos.
—Debemos irnos.
Intenté rodearlo.
Entonces Ethan miró directamente a mi hijo.
El pequeño también lo observaba con curiosidad.
Había algo inquietante en esa escena.
La misma forma de fruncir el ceño.
Los mismos ojos grises.
La misma pequeña marca junto a la ceja izquierda.
Ethan permaneció inmóvil.
—¿Cómo se llama?
No sabía si preguntaba por mí o por Leo.
—Mi hijo se llama Leo.
Él asintió lentamente.
—Es un niño muy bonito.
—Gracias.
Por un instante pensé que todo terminaría allí.
Entonces apareció una mujer caminando hacia nosotros.
Alta.
Elegante.
Vestida con un traje color marfil.
Llevaba un anillo enorme en la mano izquierda.
Sin dudarlo, tomó del brazo a Ethan.
—Te estuve buscando por todo el aeropuerto.
Después me dedicó una sonrisa amable.
—¿Una conocida?
Ethan negó con la cabeza.
—No estoy seguro.
La mujer se volvió hacia Leo.
—Hola, campeón.
Leo escondió la cara en mi cuello.
Ella soltó una pequeña risa.
—Es tímido.
Yo aproveché ese momento.
—Fue un gusto.
Di media vuelta y caminé hacia la salida.
No miré atrás.
Pero podía sentir la mirada de Ethan clavada en mi espalda.
Subimos al automóvil que el Bennett Group había enviado por nosotros.
El conductor arrancó en silencio.
Solo cuando el aeropuerto quedó lejos respiré con normalidad.
Leo jugaba con un dinosaurio de plástico.
—Mamá.
—¿Sí?
—El señor del aeropuerto era igual que yo.
Sonreí con esfuerzo.
—Hay muchas personas que se parecen.
—Pero él tenía mis ojos.
No respondí.
Miré por la ventana.
Había prometido proteger a mi hijo.
Y eso significaba mantenerlo lejos de Ethan.
Aunque todavía no entendiera por qué.

Aquella misma noche llegué a la mansión Bennett.
Mi abuelo me esperaba en la biblioteca.
En cuanto vio a Leo, olvidó el bastón y caminó hacia él con una energía que no le había escuchado durante años.
—Así que este es mi bisnieto.
Leo lo observó unos segundos.
—¿Tú eres el abuelo grande?
Mi abuelo soltó una carcajada.
—Supongo que sí.
Los vi abrazarse.
Por primera vez desde que regresé sentí que había tomado la decisión correcta.
Pero la tranquilidad duró muy poco.
Durante la cena, el director jurídico del grupo apareció con varios documentos.
—Señor Bennett, mañana será la reunión definitiva con Harlow Industries.
Mi abuelo me miró.
—Ava, tú asistirás.
Negué inmediatamente.
—No.
—Eres la directora del proyecto.
—Puede ir cualquier otro.
—No.
Su voz recuperó la firmeza que lo convirtió en uno de los empresarios más respetados del país.
—Si algún día vas a dirigir esta empresa, tendrás que mirar de frente a quien sea necesario.
Sabía que tenía razón.
Pero también sabía quién estaría sentado al otro lado de esa mesa.
Ethan Harlow.
A la mañana siguiente llegué a la torre corporativa quince minutos antes.
Respiré hondo antes de entrar.
La sala de juntas ocupaba todo el piso cuarenta.
Cristales de piso a techo.
Una mesa enorme de madera oscura.
Directivos de ambas compañías ya estaban presentes.
Cuando crucé la puerta, varias personas se pusieron de pie.
Entonces lo vi.
Ethan estaba sentado frente al ventanal.
Al levantar la vista, nuestras miradas volvieron a encontrarse.
Esta vez no apartó los ojos.
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente se levantó.
—Así que usted trabaja para Bennett Group.
—Así es.
Le tendí la mano.
Él la estrechó.
Su contacto fue firme.
Demasiado familiar.
—Ayer olvidé preguntarle su nombre.
Sonreí con absoluta calma.
—Ava Bennett.
Vi el instante exacto en que reconoció mi apellido.
—¿La nieta de Richard Bennett?
—La misma.
Los demás comenzaron la reunión.
Pero Ethan apenas escuchaba.
Sentía su mirada sobre mí cada vez que revisábamos un documento.
Al terminar, cuando todos empezaban a salir, se acercó otra vez.
—Hay algo extraño.
—¿Sobre qué?
—Sobre usted.
Esperé.
Él continuó:
—Desde ayer tengo la sensación de que la conozco desde hace mucho tiempo.
Sonreí.
—Será intuición.
—No.
Negó lentamente.
—Es un recuerdo.
Mi teléfono vibró.
Era la niñera.
Contesté de inmediato.
—¿Sí?
La voz llegó entrecortada.
—Señorita Bennett…
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué pasó?
—Leo salió corriendo al jardín cuando vio las noticias en la televisión.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Y?
—Dice que reconoció al señor del aeropuerto.
—¿Dónde está ahora?
Hubo unos segundos de silencio.
Después la mujer respondió con la voz temblando.
—Ya no está.
La llamada se cortó.
Corrí hacia la puerta.
Ethan me siguió.
—¿Qué ocurre?
No respondí.
Mientras esperaba el ascensor, mi teléfono recibió una fotografía desde un número desconocido.
Era Leo.
Estaba sentado dentro de un automóvil negro, sonriendo como si fuera un paseo.
Junto a él aparecía una nota escrita a mano.
“SI QUIERES VOLVER A VER A TU HIJO, PREGÚNTALE A ETHAN HARLOW QUÉ HIZO HACE TRES AÑOS EN EL HOTEL ASTORIA.”