Observé durante varios segundos el fragmento del lente dentro de la bolsa de evidencia.
No necesitaba más.
Leonardo había estado sobre mi madre después de golpearla.
De lo contrario, jamás habría pisado sus gafas rotas.
Respiré hondo.
—Sargento, necesito preservar toda la evidencia de esa vivienda.
Carlos Méndez asintió inmediatamente.
—Ya enviamos una unidad.
Negué con la cabeza.
—No es suficiente.
Saqué mi teléfono.
—También solicite las grabaciones de las cámaras vecinales antes de que alguien las sobrescriba.
Mientras hablábamos, los médicos terminaron de revisar a mi madre.
Fractura parcial de clavícula.
Tres costillas fisuradas.
Contusiones múltiples.
Cuando el traumatólogo terminó el informe, me entregó discretamente los lentes rotos.
—Pensamos que usted querría conservarlos.
Los guardé cuidadosamente dentro de una bolsa nueva.
No eran solo unos lentes.
Eran una prueba.
A las seis y cuarto de la mañana llegamos a la casa de mi madre.
La policía científica ya trabajaba en el lugar.
El bate de aluminio seguía tirado junto al jardín.
Había manchas de sangre cerca del escalón de la cocina.
Un perito levantó la vista.
—Teniente coronel.
Le mostré la fotografía de los lentes.
—Quiero que comparen cada fragmento.
Asintió.
Mientras tanto recorrí lentamente la vivienda.
Todo parecía extrañamente ordenado.
Demasiado ordenado.
Como si alguien hubiera intentado limpiar con prisa.
Hasta que entré al pequeño despacho de mi padre.
Allí encontré algo fuera de lugar.
El cajón del escritorio estaba completamente abierto.
Las carpetas aparecían revueltas.
Mi madre jamás dejaba aquel cuarto así.
Recordé inmediatamente una conversación ocurrida meses atrás.
Papá me había dicho:
—Si algún día alguien entra buscando papeles, no permitas que tu madre los entregue sin leerlos primero.
En aquel momento pensé que exageraba.
Ahora comprendía que intentaba advertirme de algo.
Dos horas después, uno de los técnicos regresó con las primeras grabaciones.
En la pantalla aparecía Leonardo llegando tranquilamente con un pastel.
Sonreía.
Abrazaba a mi madre.
Entraban conversando.
Veintitrés minutos más tarde volvió a salir.
Solo.
Miró alrededor.
Abrió la cajuela de su automóvil.
Sacó el bate.
Respiré lentamente.
El video continuó.
Leonardo regresó a la casa con el bate escondido detrás de la pierna.
Cinco minutos después volvió a salir.
Esta vez marcando un número telefónico.
El audio de la llamada quedó registrado por la cámara del vecino.
—Necesito una patrulla.
Mi suegra perdió el control e intentó matarme.
Todo era mentira.
Toda la escena había sido preparada antes de llamar al 911.
El sargento Méndez apagó lentamente el monitor.
—Con esto basta para detenerlo.

Negué.
—No.
Todos me miraron.
—Si hizo algo así, no fue solo por una discusión.
Buscaba otra cosa.
Volví al despacho.
Revisé nuevamente los cajones.
Detrás de unos viejos álbumes apareció una caja metálica empotrada en la pared.
Mi madre nunca me habló de ella.
Encontré la llave escondida bajo un marco de fotografías.
La cerradura cedió.
Dentro solo había una carpeta azul.
Y una memoria USB.
La primera hoja llevaba la firma de mi padre.
Empecé a leer.
Sentí que el pulso se aceleraba.
No era un testamento.
Era un contrato.
Mi padre había comprado, treinta años atrás, un terreno aparentemente sin valor en las afueras de Querétaro.
Hace apenas seis meses ese terreno fue incluido dentro del proyecto ferroviario más importante del país.
Su valor se había multiplicado decenas de veces.
Los documentos hablaban de una futura indemnización millonaria.
Mi madre era la única heredera.
El sargento observó las cifras.
—¿Leonardo conocía esto?
No respondí inmediatamente.
Conecté la memoria USB.
Dentro apareció un solo video.
Mi padre hablaba directamente a la cámara.
—Elena…
Si estás viendo esto, significa que ya no estoy contigo.
Hizo una pausa.
—Nunca confíes en Leonardo.
Mi respiración se detuvo.
El video continuó.
—Hace dos años intentó convencerme de vender el terreno.
Cuando me negué, comenzó a preguntar dónde guardábamos las escrituras originales.
Miré al sargento.
Él también había comprendido.
Leonardo no fue aquella noche para reconciliarse.
Fue a buscar esos documentos.
Y cuando mi madre se negó…
Tomó el bate.
En ese instante sonó el teléfono del sargento.
Escuchó apenas unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
—Acaban de detener a su esposo.
Asentí sin decir una palabra.
Pero el agente aún no había terminado.
—También encontraron algo dentro del maletero de su automóvil.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
Respiró profundamente antes de responder.
—Una copia falsificada de las escrituras del terreno… y un contrato de compraventa firmado para venderlo esa misma mañana por más de ciento veinte millones de pesos.