Julian no me siguió inmediatamente.
Ese fue su primer error.
Seguramente pensó que yo necesitaba unas horas para tranquilizarme.
Que volvería al apartamento, lloraría, dormiría mal y a la mañana siguiente seguiría ocupando exactamente el lugar donde me había dejado.
Durante cuatro años había confundido mi paciencia con permanencia.
Aquella noche regresé sola.
Abrí el armario y saqué dos maletas.
No lloré.
Guardé mis documentos, algunos libros, ropa y las zapatillas de ballet que llevaba años sin atreverme a tocar.
A las once y veinte escuché la puerta.
—Nora.
Julian entró en la habitación.
Vio las maletas.
Su expresión cambió.
—¿Qué haces?
—Empacando.
—Ya veo eso. ¿Adónde vas?
Doblé un suéter.
—No te preocupes. No interferirá con tu compromiso.
—Evelyn y yo no estamos realmente comprometidos.
Lo miré.
—Ella llevaba el broche de tu familia.
—Mi madre insistió.
—Y tú aceptaste.
—Son cien días.
Otra vez.
Cien días.
Como si repetir el número pudiera convertir la humillación en algo razonable.
Julian se acercó.
—Cuando todo termine, recuperaremos nuestra vida.
—¿Cuál?
Se detuvo.
—La nuestra.
—Hoy, delante de cuarenta personas, dijiste que era una amiga.
—¿Qué querías que dijera?
Aquella pregunta terminó de romper algo.
—La verdad.
Julian guardó silencio.
Cerré la primera maleta.
—¿Sabes qué es lo peor? No es Evelyn. Ni siquiera es el divorcio.
—Entonces dime qué es.
—Que nunca pensaste que debías preguntarme.
Su ceño se frunció.
—¿Preguntarte qué?
Sonreí tristemente.
—Si yo quería volver a casarme contigo.
Por primera vez pareció desconcertado.
—Claro que quieres.
Lo dijo automáticamente.
Los dos nos quedamos en silencio.
Julian comprendió demasiado tarde lo que acababa de hacer.
—Nora, no quise decir…
—Sí quisiste.
Tomé la segunda maleta.
—Ese siempre fue nuestro problema.
A la mañana siguiente, Julian salió temprano hacia el hospital.
Su abuelo sería operado dos días después.
Antes de marcharse dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Compra lo que necesites. Hablaremos esta noche.
No le dije que cuando regresara yo ya no estaría allí.
Durante los siguientes seis días hice todo en silencio.
Cerré mi cuenta conjunta.
Transferí únicamente el dinero que me pertenecía.
Entregué las llaves del apartamento al abogado.
Y llamé a la única persona que sabía lo que significaba Viena para mí.
—¿Estás segura? —preguntó la profesora Helena Weiss.
Miré mis viejas zapatillas.
—Sí.
—El programa será duro. Tu lesión ha mejorado, pero llevas años lejos del escenario.
—No quiero recuperar lo que era.
Respiré profundamente.
—Quiero descubrir qué puedo ser ahora.
Helena guardó silencio.
Después respondió:
—Entonces te espero en Viena.
El séptimo día llegué al aeropuerto antes del amanecer.
Julian no sabía nada.
Eso creía yo.
Hasta que escuché mi nombre.
—¡Nora!
Me giré.
Julian atravesaba la terminal.
Sin abrigo.
Sin escolta.
Sin aquella calma perfecta que parecía acompañarlo siempre.
Se detuvo frente a mí, respirando con dificultad.
—¿Viena?
Miré la pantalla de mi teléfono.
—Mi vuelo sale en cuarenta minutos.
—Cancelaste tus tarjetas.
—Eran nuestras tarjetas.
—Entregaste las llaves.
—Era nuestro apartamento.
Su mandíbula se tensó.
—¿Y pensabas marcharte sin decirme nada?
—Estamos divorciados.
Aquella palabra pareció herirlo.
—Solo temporalmente.
—Para ti.
Julian tomó el asa de mi maleta.
—No vas a irte.
Retiré su mano.
—No vuelvas a decidir por mí.
—Mi abuelo acaba de salir de cirugía.
Me detuve.
—¿Está bien?
—Sí.
Sentí alivio.
A pesar de todo, quería al anciano.
Julian me observó.
—Preguntó por ti.
—Cuando esté recuperado lo llamaré.
—Ven conmigo ahora.
—No.
—Nora…
—Tengo un avión.
Su rostro se endureció.
—Entonces tomarás otro.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Sigues sin entender.
Tomé mi maleta.
—No estoy pidiendo permiso para irme.
Julian no pudo impedir que subiera al avión.
Pero aquella misma tarde, en Viena, recibí diecisiete llamadas.
No respondí ninguna.
Después llegaron mensajes.
“Tenemos que hablar.”
“Evelyn no significa nada.”
“Volveré a buscarte.”
Finalmente:
“El día cien sigue marcado.”
Bloqueé su número.
Y comencé de nuevo.
Los primeros meses fueron brutales.
Mi cuerpo recordaba movimientos que ya no podía ejecutar igual.
La antigua lesión me obligó a reconstruir mi técnica.
Pero Helena descubrió algo que yo había olvidado.
Mi futuro no dependía únicamente de bailar.
Podía coreografiar.
Enseñar.
Crear.
Un año después, una pieza que había desarrollado fue seleccionada para un festival europeo.
Dos años después dirigía mi propio proyecto.
Y por primera vez desde que conocí a Julian, mi vida dejó de girar alrededor de la suya.
Pero Julian sí llegó al día cien.
A las dos de la tarde.
Exactamente como había prometido.
Vestido con el mismo traje oscuro que había llevado a nuestra primera boda.
Con un ramo de flores.
Y con los documentos preparados.
Esperó frente al registro civil.
A las dos y diez llamó.
Mi número estaba bloqueado.
A las dos y media llamó a mi antigua asistente.
A las tres comprendió.
Yo no llegaría.
Evelyn apareció una hora después.
—¿De verdad pensaste que volvería?
Julian la miró.
—Sí.
—Entonces nunca conociste a tu esposa.

Él se marchó sin responder.
Aquella noche eliminó finalmente el recordatorio.
Pero no creó otro.
Pasaron tres años.
Yo creí que Ciudad Aurora había quedado atrás.
Hasta que Helena entró una mañana en mi estudio.
—Tenemos patrocinador nuevo para la gira internacional.
—Perfecto.
—No tanto.
Me entregó una carpeta.
En la portada aparecía un nombre.
Fundación Foster.
Me quedé inmóvil.
—No.
—Todavía no has visto lo peor.
Abrió el programa.
La presentación principal sería en Ciudad Aurora.
Exactamente en la misma residencia donde Julian había anunciado su compromiso con Evelyn.
—Recházalo.
—No puedo.
—Helena.
—Nora, el contrato fue negociado durante meses. Y existe una condición extraña.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuál?
Helena señaló una cláusula.
La directora artística debía asistir personalmente a la gala inaugural.
Cerré la carpeta.
—Julian.
—Eso pensé.
Pero Helena negó.
—Hasta que pregunté quién estableció la condición.
—¿No fue él?
—No.
Me entregó una carta.
Reconocí inmediatamente la letra.
El abuelo Foster.
“Nora:
Te debo una verdad.
Tu divorcio nunca tuvo que ocurrir.
El compromiso con Evelyn había sido cancelado antes de que Julian te pidiera firmar.
Alguien de nuestra familia le hizo creer lo contrario.
Y ahora tengo pruebas.”
Sentí que las manos me temblaban.
Seguí leyendo.
“Si quieres saber por qué destruyeron tu matrimonio, vuelve a Ciudad Aurora.”
Levanté la mirada.
—¿Cuándo es la gala?
Helena tardó en responder.
—Dentro de siete días.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Julian estaba frente al mismo registro civil.
Pero esta vez no llevaba flores.
Sostenía un sobre.
Debajo había una frase:
“No te pediré que vuelvas conmigo. Solo necesito que sepas por qué te dejé ir.”
Estaba a punto de borrar el mensaje cuando llegó una segunda fotografía.
Era un documento fechado cuatro años atrás.
El día anterior a nuestro divorcio.
En la parte inferior aparecía una firma que reconocí.
Evelyn Wells.
Y junto a ella, una cláusula cuyo contenido hizo que mi corazón se detuviera.
Porque demostraba que, cuando Julian me pidió el divorcio, Evelyn ya había renunciado oficialmente al compromiso entre las dos familias.
Entonces alguien llamó a la puerta de mi estudio.
Helena fue a abrir.
Escuché una voz masculina.
No era Julian.
Me quedé inmóvil.
El hombre entró sosteniendo otra copia del documento.
Y cuando vi quién era, comprendí por qué Julian había permanecido engañado durante tantos años.
Era el abogado que había preparado nuestro divorcio.
—Señora Hayes —dijo—, antes de regresar a Ciudad Aurora debe saber algo.
Cerró la puerta.
—Julian nunca fue la única persona que quiso sacarla de la familia Foster.