Thomas no hizo preguntas.
—¿Quiere que enviemos seguridad?
Gwen miró hacia la sala.
Hazel seguía abrazada a su pecho. Spencer discutía con su madre mientras Cassandra intentaba limpiar desesperadamente la mancha de su vestido.
Ninguno parecía comprender lo que acababa de comenzar.
—Sí —respondió Gwen—. Y prepara un vehículo para Hazel. Primero iremos al hospital.
—Estarán ahí en diez minutos.
Gwen colgó.
Cuando regresó a la sala, Spencer soltó una carcajada.
—¿Terminaste tu espectáculo?
Ella no respondió.
Recogió el abrigo de Hazel y comenzó a ponérselo.
Cassandra cruzó los brazos.
—¿Adónde crees que vas?
Gwen levantó lentamente la mirada.
—A documentar lo que le hiciste a mi hija.
La sonrisa desapareció del rostro de Cassandra.
—Fue una bofetada.
—No.
Gwen mantuvo la voz tranquila.
—Y hay cámaras en esta casa.
Spencer se quedó inmóvil.
Patricia fue la primera en reaccionar.
—Las cámaras son propiedad de la familia Albright.
—Perfecto —respondió Gwen—. Entonces supongo que no tendrán problema en entregar las grabaciones.
Spencer avanzó.
—No vas a llevar esto más lejos.
Gwen abrazó a Hazel.
—Ya lo hice.
En ese instante, el teléfono de Spencer comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
Escuchó durante varios segundos.
—Eso es imposible.
Cassandra se acercó.
—¿Qué ocurre?
Spencer levantó una mano pidiendo silencio.
—No pueden congelar esa línea. Tenemos un acuerdo vigente.
Otra pausa.
—¿Crawford Capital?
Gwen cerró los ojos.
Thomas había empezado.
Spencer la miró.
—¿Qué hiciste?
—Todavía nada comparado con lo que viene.
—¿Quién demonios eres?
Por primera vez en seis años, Gwen sonrió.
—La pregunta correcta sería quién era antes de conocerte.
Antes de que Spencer pudiera responder, Patricia recibió una llamada.
Luego otra.
Después Cassandra miró su propio teléfono.
En menos de un minuto, la mansión se llenó de tonos, vibraciones y voces nerviosas.
Spencer caminaba de un lado a otro.
—¡Quiero hablar con el director del banco!
Patricia palideció.
—Spencer… la tarjeta de la cuenta familiar fue rechazada.
—Debe ser un error.
—También bloquearon el acceso al fondo de inversión.
Cassandra miró a Gwen.
—¿Tú hiciste esto?
Gwen no respondió.
Afuera aparecieron luces.
Tres vehículos negros entraron por el portón.
Spencer se acercó a la ventana.
—¿Quiénes son?
—Mi transporte.
—Esta es mi propiedad.
—Por ahora.
Aquellas dos palabras lo hicieron girarse.
—¿Qué significa eso?
Gwen tomó a Hazel de la mano.
—Significa que deberías llamar a tus abogados.
En el hospital, Hazel fue atendida mientras Gwen permanecía junto a ella.
La pequeña no soltó su mano.
—Mami…
—Aquí estoy.
—¿Papá está enojado conmigo?
La pregunta le dolió más que cualquier insulto de Spencer.
Gwen acarició su cabello.
—Nada de esto fue por tu culpa.
Hazel guardó silencio.
—¿Vamos a volver a casa?
Gwen miró hacia la ventana.
—A esa casa no.
Una hora después, Thomas apareció.
Tenía casi sesenta años, cabello gris y el mismo traje impecable que Gwen recordaba de su juventud.
Al verla, se detuvo.
Durante unos segundos ninguno habló.
Thomas había sido la mano derecha de su padre desde que Gwen era niña.
Finalmente inclinó la cabeza.
—Señora Gwen Crawford.
Ella sintió un nudo en la garganta.
Hacía seis años que nadie pronunciaba aquel nombre de aquella manera.
—Thomas.
Él miró a Hazel.
Su expresión se endureció.
—Su padre ya viene.
Gwen palideció.
—¿Aquí?
—Tomó el primer vuelo desde Nueva York.
—Le dije que activaras las auditorías, no que lo llamaras.
Thomas casi sonrió.
—¿De verdad creyó que podía escuchar que su hija había pedido ayuda después de seis años y quedarse sentado?
Gwen apartó la mirada.
—Él me advirtió sobre Spencer.
—Sí.
—Y yo elegí a Spencer.
—También tenía veinticuatro años.
Gwen respiró profundamente.
—¿Qué encontraron?
Thomas abrió una tableta.
—Albright Enterprises está peor de lo que sospechábamos.
Aparecieron decenas de movimientos financieros.
—Durante cuatro años, Spencer utilizó activos respaldados indirectamente por Crawford Capital para conseguir créditos.
Gwen frunció el ceño.
—Eso no debería ser posible sin autorización.
—Exactamente.
Thomas cambió de pantalla.
Apareció su nombre.
GWENDOLYN CRAWFORD — AUTORIZACIÓN DE GARANTÍA.
Gwen sintió un escalofrío.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo sabemos.
—Entonces falsificaron mi firma.
Thomas guardó silencio.
La respuesta estaba escrita en su rostro.
Gwen siguió revisando.
Había préstamos.
Empresas fantasma.
Transferencias.
Millones de dólares.
—¿Cuánto?
—Todavía estamos calculándolo.
—Thomas.
Él respiró profundamente.
—Al menos cuarenta y tres millones.
Gwen levantó la cabeza.
Aquello ya no era solamente una infidelidad.
Ni una familia arrogante viviendo por encima de sus posibilidades.
Era un esquema financiero.
—¿Spencer hizo todo esto?
—No solo.
Thomas abrió otra carpeta.
—Alguien dentro de Crawford Capital lo ayudó.
Gwen se quedó helada.

—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
Mientras tanto, en Bel Air, Spencer había convocado a dos abogados y al director financiero de su empresa.
Cassandra caminaba nerviosamente por la biblioteca.
—¿Va a denunciarme?
—¡Cállate!
—Spencer, yo no quiero problemas con la policía.
Patricia golpeó la mesa.
—¿Podemos concentrarnos en lo importante?
El director financiero estaba pálido frente a su computadora.
—Tenemos seis cuentas restringidas y tres bancos solicitando documentación inmediata.
—¿Por qué?
—Porque Crawford Capital retiró las garantías.
Spencer apretó los dientes.
—Gwen no controla Crawford Capital.
El abogado levantó lentamente la mirada.
—¿Está seguro?
—Claro que estoy seguro. Su familia la abandonó cuando se casó conmigo.
El hombre giró su computadora.
—Entonces debería ver esto.
En pantalla apareció una página corporativa.
Una fotografía antigua mostraba a Gwen junto a un hombre de cabello plateado.
Debajo había una descripción.
Gwendolyn Crawford, única hija de Arthur Crawford y beneficiaria principal del fideicomiso familiar.
Cassandra leyó dos veces.
—¿Beneficiaria?
Patricia se dejó caer en una silla.
Spencer parecía incapaz de hablar.
El abogado continuó:
—Arthur Crawford no desheredó a su hija.
—Eso es imposible.
—Ella simplemente dejó de ejercer sus derechos.
Spencer sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante seis años había llamado mantenida a una mujer cuya participación familiar valía más que toda Albright Enterprises.
Pero el director financiero todavía no había terminado.
—Hay otro problema.
—¿Cuál?
Giró la pantalla.
—Nos llegó una notificación. Mañana habrá una auditoría extraordinaria.
Spencer perdió el color.
Patricia lo vio.
Y comprendió algo.
—¿Por qué estás tan asustado?
—No lo estoy.
—Spencer.
Su madre se levantó.
—¿Qué hiciste?
Él no respondió.
Entonces Cassandra comenzó a retroceder.
—Dios mío… Gwen tenía razón.
Todos la miraron.
Cassandra se llevó una mano a la boca.
—¿Qué sabes? —preguntó Patricia.
—Nada.
—Cassandra.
Ella agarró su bolso.
—Tengo que irme.
Spencer bloqueó la puerta.
—No vas a ninguna parte.
En el hospital, Thomas recibió un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gwen.
—Nuestros investigadores recuperaron un correo eliminado de Albright Enterprises.
—¿Sobre las firmas falsas?
—No.
Thomas levantó la mirada.
—Sobre usted.
Le entregó la tableta.
El correo había sido enviado seis años atrás.
Exactamente tres semanas antes de la boda de Gwen y Spencer.
Había una fotografía suya adjunta y una frase:
“La heredera confía completamente en él. Después del matrimonio tendremos acceso.”
Gwen sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿Quién lo envió?
Thomas señaló el remitente.
Gwen leyó el nombre.
Y todo el aire abandonó sus pulmones.
Porque no pertenecía a Spencer.
Ni a Patricia.
Ni siquiera a Cassandra.
Era alguien de su propia familia.
En ese momento, la puerta se abrió.
Thomas se puso de pie inmediatamente.
Gwen levantó la mirada.
Un hombre alto, de cabello completamente blanco, permanecía en el umbral.
Su padre.
Arthur Crawford miró primero a Hazel.
Después a Gwen.
Pero antes de que pudiera abrazarla, dijo cinco palabras que hicieron que su hija comprendiera que la verdadera traición apenas comenzaba:
—Gwen, tu matrimonio fue planeado.