El hombre al otro lado de la línea no hizo más preguntas.
—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó.
Miré el reloj del pasillo.
Las 2:16 de la madrugada.
—Antes del amanecer quiero saber quién borró las cámaras, quién llamó a seguridad y quién pagó para que mi hija pareciera culpable.
—Entendido, jefe.
—Y Marcus…
Hubo un silencio.
Hacía diecinueve años que no pronunciaba su nombre.
—Nadie toca a esos muchachos.
—¿Ni siquiera para interrogarlos?
—Nadie.
Apreté el teléfono con fuerza.
—Primero quiero la verdad.
Colgué y regresé a la habitación.
Lily seguía sedada. Una enfermera ajustaba el suero con movimientos delicados.
—La cirugía será en unas horas —me explicó—. El especialista cree que podrá reconstruir la mandíbula, pero la recuperación será larga.
Asentí.
No confiaba en mi voz.
Sobre la mesa había una pequeña mochila azul. Reconocí el llavero de estrella que Lily llevaba desde niña.
Abrí el bolsillo delantero.
Encontré sus cuadernos, un cargador y una fotografía nuestra en la playa.
Debajo había un sobre arrugado con el emblema de la universidad.
“Notificación disciplinaria preliminar.”
Lo abrí.
El documento acusaba a Lily de haber acosado a Ethan Cole durante varias semanas. Según el informe, ella lo había seguido, amenazado y provocado una confrontación física cerca del edificio de ciencias.
La fecha del documento era anterior al ataque.
Alguien había preparado la historia antes de lastimarla.
La enfermera vio mi expresión.
—¿Ocurre algo?
Doblé el papel.
—Todavía no.
En ese momento, dos policías entraron en la habitación.
El primero era joven y parecía incómodo. El segundo llevaba veinte años de cansancio en el rostro y una placa de detective.
—Señor Walker —dijo—, soy el detective Raymond Pike.
Conocía ese apellido.
Su padre había trabajado para mí en los muelles de Newark.
No mostró señal de reconocerme.
—Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre su hija.
—Está sedada.
—Las preguntas son para usted.
Sacó una libreta.
—¿Lily tenía problemas emocionales?
Lo miré fijamente.
—¿Por qué pregunta eso?
—Recibimos información de que estaba obsesionada con uno de los estudiantes implicados.

—¿Implicados?
—Presuntamente implicados.
Sacó una fotografía.
Lily aparecía frente a Ethan Cole en una cafetería. La imagen estaba tomada desde lejos. Parecía que discutían.
—¿Reconoce al joven?
—Sí.
—¿Su hija le habló de él?
—No.
El detective guardó la foto.
—La universidad afirma que los muchachos actuaron en defensa propia después de que ella los amenazara con un objeto metálico.
Sentí una calma peligrosa apoderarse de mí.
—Mi hija pesa cincuenta y cuatro kilos.
Pike evitó mirarme a los ojos.
—Solo repito lo que declararon.
—Tres hombres contra una joven.
—Afirmaron que estaban asustados.
Me acerqué un paso.
—Entonces quizá debería preguntarles por qué una persona asustada intenta destruir las cámaras antes de llamar a una ambulancia.
El detective levantó la vista.
Su expresión cambió apenas.
Sabía algo.
—¿Quién le dijo que las cámaras fueron manipuladas?
—Seguridad afirmó que fallaron.
—Eso no significa que fueran manipuladas.
—Usted tampoco dijo que fallaron.
El joven policía miró a su compañero.
Pike cerró la libreta.
—Volveremos cuando su hija pueda declarar.
Antes de marcharse, dejó una tarjeta sobre la mesa.
La giré.
En el reverso había un mensaje escrito a mano.
“No confíe en el hospital.”
Cuando levanté la cabeza, el detective ya había desaparecido.
Guardé la tarjeta dentro de mi chaqueta.
Cinco minutos después, Marcus llamó.
—Tenemos algo.
Salí al hueco de la escalera.
—Habla.
—Ethan Cole fue visto entrando al estacionamiento del campus a las 10:31. Brandon Hale llegó siete minutos después. Tyler Whitmore ya estaba dentro.
—¿Y Lily?
—Salió del laboratorio a las 11:22.
—¿Qué ocurrió entre esas horas?
—Todavía no lo sabemos, pero el sistema de cámaras fue desconectado manualmente desde la oficina del jefe de seguridad.
—Nombre.
—Gerald Voss.
Recordaba a Voss.
Había sido policía portuario antes de convertirse en jefe de seguridad universitaria.
También había aceptado dinero de una de mis antiguas empresas.
—¿Quién lo llamó?
—La senadora Hale.
Cerré los ojos.
—¿Antes o después del ataque?
—Dieciocho minutos antes.
Aquello transformaba todo.
No era una madre influyente protegiendo a su hijo después de un crimen.
Sabía que algo iba a ocurrir antes de que sucediera.
Marcus continuó.
—También encontramos una transferencia de cincuenta mil dólares a una empresa controlada por Voss. Salió de una fundación vinculada a la familia Whitmore.
—¿Y Cole?
—Su padre llamó al fiscal de distrito a las 11:55. Ocho minutos después, la policía clasificó el caso como “altercado entre estudiantes”.
—Lily todavía estaba inconsciente a esa hora.
—Lo sé.
Miré a través de la pequeña ventana de la escalera. La ciudad seguía oscura.
—Quiero saber por qué la eligieron.
Marcus tardó en responder.
—Jefe, hay algo más.
—Dilo.
—Su hija estaba investigando a los tres.
Sentí que el aire se detenía.
—¿Investigando qué?
—Una estudiante desaparecida.
—¿Quién?
—Maya Torres. Dieciocho años. Becada. Trabajaba en el laboratorio de química.
El nombre no me resultaba familiar.
—¿Cuándo desapareció?
—Hace seis semanas. La universidad dijo que abandonó los estudios y regresó con su familia.
—¿Y no fue así?
—Su madre afirma que nunca llegó a casa.
Marcus envió una fotografía.
Maya era una joven morena, de sonrisa tímida y ojos oscuros. En la imagen aparecía junto a Lily durante una actividad universitaria.
Debajo de la fotografía había una captura de mensajes.
El último lo había enviado Maya la noche de su desaparición.
“Lily, encontré los registros. Ethan no está solo. Si mañana no aparezco, busca debajo del invernadero.”
Me apoyé contra la pared.
Lily no había sido atacada por obsesión.
Había descubierto algo.
—¿Qué hay debajo del invernadero?
—No lo sabemos. La policía del campus acordonó esa zona hace una hora por una supuesta fuga de gas.
—Están borrando pruebas.
—Eso parece.
La puerta de la escalera se abrió.
Un médico entró apresuradamente.
—Señor Walker, necesitamos que regrese.
Su expresión hizo que el miedo atravesara mi pecho.
—¿Qué ocurrió?
—Su hija despertó.
Corrí hacia la habitación.
Lily respiraba con dificultad. Sus ojos estaban abiertos y llenos de terror.
La enfermera intentaba tranquilizarla.
—No debe hablar.
Lily negó desesperadamente.
Cuando me acerqué, sujetó mi manga y señaló la mochila.
—¿Quieres algo de allí?
Asintió.
Saqué el cuaderno.
Volvió a negar.
Busqué en cada bolsillo hasta encontrar una pequeña memoria USB escondida dentro del forro.
Al verla, comenzó a llorar.
—¿Esto?
Apretó mi mano.
Después levantó un dedo y señaló la puerta.
La cerré.
Conecté la memoria a la computadora de la habitación.
Solo contenía un video.
La grabación mostraba un pasillo subterráneo. La imagen temblaba como si alguien estuviera corriendo.
Se escuchaba la respiración de Lily.
Luego apareció Ethan Cole hablando con Brandon y Tyler frente a una puerta metálica.
—La chica Torres todavía está viva —decía Ethan—. Mi padre ordenó moverla antes de que aparezca la policía estatal.
El video se cortó.
Segundos después comenzó una segunda grabación.
Esta era mucho más oscura.
Una voz masculina habló desde fuera de cámara.
—Si Walker descubre lo que hicimos con la primera chica, no importará cuánto tiempo lleve retirado. El Fantasma volverá.
Me quedé inmóvil.
Lily no había sido elegida al azar.
Aquellos hombres sabían perfectamente quién era yo.
Y entonces apareció una última imagen.
Un hombre abrió la puerta metálica y miró directamente a la cámara.
Lo reconocí de inmediato.
Era alguien que había estado presente el día en que enterré mi imperio.
Alguien a quien yo mismo había visto morir.
En ese instante, las luces de la habitación se apagaron.
Una alarma comenzó a sonar.
Y desde el pasillo llegó la voz de un guardia.
—Cierren todas las salidas. Alguien acaba de entrar al hospital buscando a Lily Walker.