Valeria permaneció de pie frente al enorme escritorio de nogal.
El despacho era silencioso.
Demasiado silencioso.
Las ventanas daban a un jardín impecable, pero había hombres armados en cada entrada.
Aquello no parecía una casa.
Parecía una fortaleza.
Apretó el teléfono negro que Emiliano acababa de poner en sus manos.
—No pienso quedarme aquí.
Él ni siquiera levantó la vista de unos documentos.
—Eso ya no depende de ti.
—Tengo trabajo.
—Ya no.
—Tengo una vida.
—Anoche la perdiste.
Valeria sintió que la rabia vencía al miedo.
—Yo solo ayudé a una señora.
Emiliano cerró la carpeta lentamente.
—Ayudaste a mi madre.
—Es lo mismo.
—No.
Su voz seguía siendo tranquila.
—Porque quienes intentaron robarle el anillo no eran delincuentes comunes.
Valeria frunció el ceño.
—Entonces ¿quiénes eran?
Emiliano guardó silencio unos segundos.
—Personas que llevan meses intentando llegar hasta mi familia.
La puerta se abrió.
Mercedes entró con un vendaje nuevo sobre la mejilla.
Al verla, Valeria respiró aliviada.
—Me alegra que esté bien.
La anciana sonrió.
—Gracias a ti sigo aquí.
Se acercó despacio y tomó las manos de Valeria.
—Perdóname.
—¿Por qué?
—Porque mi hijo tiene razón.
Valeria la miró sin comprender.
Mercedes bajó la cabeza.
—Desde el momento en que el muchacho te vio ayudarme, ya no eres una desconocida.
Emiliano entregó una carpeta.
Dentro había varias fotografías.
La primera mostraba a Valeria saliendo de la fonda.
Otra la enseñaba limpiando oficinas.
Una tercera la mostraba entrando al edificio donde rentaba un pequeño departamento.
Sintió un escalofrío.
—¿Quién tomó esto?
—Ellos.
Pasó la siguiente hoja.
Había una fotografía de Don Chuy.
Otra de la vecina que cuidaba a su gato cuando ella trabajaba.
Y una última imagen de la puerta de su departamento marcada con pintura roja.
—Los encontraron esta mañana.
Valeria dejó caer la carpeta.
—No…
Mercedes asintió lentamente.
—Ya fueron a buscarte.

En ese mismo instante sonó un teléfono.
Uno de los escoltas respondió.
Escuchó durante unos segundos.
Después miró a Emiliano.
—Incendiaron la fonda.
Valeria sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—¿Qué?
—Hace veinte minutos.
Corrió hacia la puerta.
—¡Tengo que ir!
Dos escoltas le bloquearon el paso.
—No.
—¡Déjenme salir!
Emiliano permanecía inmóvil.
—Si vuelves, morirás.
—¡Don Chuy!
—Está vivo.
Valeria dejó de moverse.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque hace diez minutos ya estaba aquí.
La puerta volvió a abrirse.
Don Chuy entró con la camisa manchada de humo.
En cuanto vio a Valeria, respiró aliviado.
—Muchacha…
Ella corrió a abrazarlo.
—Pensé que…
—Estoy bien.
El viejo cocinero negó con la cabeza.
—Llegaron preguntando por ti.
Cuando les dije que no sabíamos dónde estabas, rompieron todo.
Después prendieron fuego a la cocina.
Valeria cerró los ojos.
Aquel pequeño restaurante era todo lo que Don Chuy tenía.
Horas más tarde, Emiliano la llevó hasta una habitación del segundo piso.
Era sencilla.
Una cama.
Un escritorio.
Un armario.
Nada lujoso.
—Descansa.
—No quiero estar aquí.
—Lo sé.
Antes de salir, dejó una llave sobre la mesa.
—No está cerrada por fuera.
Valeria levantó la mirada.
—¿Puedo irme?
—Puedes intentarlo.
Esperó unos minutos.
Después abrió la puerta.
El pasillo estaba vacío.
Bajó las escaleras.
Atravesó el jardín.
Cuando llegó al portón principal, dos hombres armados la saludaron con respeto.
—Buenas noches, señorita.
Miró la enorme reja de hierro.
Más allá había otra.
Y después una tercera.
Además de cámaras.
Perros.
Guardias.
Comprendió que Emiliano no había mentido.
No estaba encerrada.
Simplemente era imposible salir con vida.
Aquella noche apenas pudo dormir.
A las cinco de la mañana escuchó golpes provenientes del jardín.
Miró por la ventana.
Emiliano entrenaba solo.
Golpeaba un saco de boxeo con una precisión casi mecánica.
Los nudillos estaban llenos de cicatrices.
No parecía un empresario.
Parecía un hombre acostumbrado a sobrevivir.
Mercedes apareció junto a Valeria.
—Hace cinco años mataron a su esposa.
Valeria la miró sorprendida.
—No lo sabía.
—También intentaron matar a su hijo.
Sintió un nudo en el pecho.
—¿Tiene un hijo?
Mercedes bajó la mirada.
—Tenía.
El silencio respondió todo lo demás.
Por primera vez, Valeria comprendió por qué aquel hombre desconfiaba de todo el mundo.
Al mediodía insistió en regresar a trabajar.
—Necesito ganar dinero.
Emiliano negó.
—Mientras estés aquí, no te faltará nada.
—No quiero que me mantengan.
Él deslizó un sobre sobre la mesa.
Dentro estaban exactamente doscientos mil pesos.
Valeria lo reconoció enseguida.
Era el dinero que Mercedes intentó darle en la fonda.
—No lo acepté entonces.
—Ahora no es una recompensa.
—¿Entonces qué es?
—Tu primer sueldo.
Ella lo miró confundida.
—¿Sueldo por qué?
Emiliano apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Mi madre ya no puede salir sola.
Necesita una enfermera.
Necesita alguien en quien confíe.
Y la única persona en la que confía desde anoche eres tú.
Valeria negó inmediatamente.
—No puedo vivir aquí para siempre.
—No te estoy pidiendo para siempre.
—¿Cuánto tiempo?
Emiliano no respondió.
En ese instante entró uno de los escoltas.
Su rostro había perdido todo el color.
—Señor…
—¿Qué pasó?
El hombre tragó saliva.
—Encontramos al muchacho que intentó robar a doña Mercedes.
Valeria sintió un pequeño alivio.
—Entonces todo terminó.
El escolta negó lentamente.
—No.
Sacó una fotografía y la dejó sobre el escritorio.
Era el joven del callejón.
Estaba muerto.
Y sobre su pecho alguien había dejado una tarjeta blanca.
Emiliano la tomó.
Solo había una frase escrita con tinta negra.
“LA PRÓXIMA SERÁ LA MESERA.”