Parte 2: LA LLAVE 214

Daniel sostuvo la pequeña llave plateada entre los dedos durante varios segundos.

Era ligera.

Demasiado común para explicar el terror que había visto en los ojos de su hija antes de desmayarse.

En la cinta azul apenas podía leerse un número desgastado:

214.

—¿Qué intentaban encontrar? —susurró.

Renata ya no podía responder.

El monitor cardíaco marcaba un ritmo estable, pero el cirujano acababa de advertirle que las siguientes cuarenta y ocho horas serían decisivas. Cualquier complicación podría obligarlos a reconstruir nuevamente parte de la mandíbula.

Daniel besó la frente de su hija.

Después salió del cuarto.

En el pasillo lo esperaba un hombre canoso con un traje oscuro que parecía haber envejecido veinte años desde la última vez que se vieron.

—Don Ernesto…

El hombre bajó la cabeza.

—Perdón por tardar, jefe.

Daniel negó lentamente.

—Hace diecinueve años te pedí que olvidaras ese nombre.

—Nunca pude.

Durante unos segundos ninguno habló.

Los dos comprendían perfectamente lo que significaba aquella llamada.

No era un negocio.

No era una guerra.

Era algo mucho peor.

Alguien había tocado a la única persona por la que Daniel había abandonado toda su antigua vida.


Al mismo tiempo, en una residencia de Las Lomas, tres jóvenes celebraban.

Las botellas de whisky importado seguían llegando a la mesa.

La música ocultaba las risas.

Santiago levantó su vaso.

—¿Ven? Les dije que no pasaría nada.

Mauricio revisó las redes sociales.

—La universidad ya borró casi todos los videos.

Emiliano sonrió mientras respondía un mensaje.

—Mi papá habló con el rector hace una hora. Para el lunes esto será un simple accidente entre estudiantes.

Los tres chocaron los vasos.

Ninguno mostró el menor remordimiento.

—Esa chica tuvo mala suerte —dijo Santiago—. No debió meterse donde no la llamaban.

Mauricio soltó una carcajada.

—Lo importante es que nunca encontró lo que buscábamos.

Emiliano frunció el ceño.

—¿Están seguros?

Los otros dos dejaron de reír.

—¿Qué quieres decir?

—Registramos su mochila… pero cuando llegaron los guardias ya no estaba la llave.

Un silencio incómodo cayó sobre la sala.

—Tal vez la escondió.

—O alguien la recogió.

Mauricio bebió otro trago.

—Da igual.

—No da igual.

Por primera vez en toda la noche, el miedo apareció en el rostro de Emiliano.

—Si esa llave sigue existiendo… también existe el contenido del casillero.


Dos horas después, Daniel y Ernesto llegaron discretamente a la Universidade Metropolitana do Vale.

Era casi la una de la madrugada.

Los edificios permanecían vacíos.

Un guardia abrió la puerta del pabellón de Ciencias sin hacer preguntas.

Ernesto mostró una vieja credencial.

Seguían teniendo personas leales.

Caminaron por un largo corredor hasta llegar a una fila de casilleros metálicos.

Daniel respiró hondo.

Frente a él apareció el número 214.

Introdujo la llave.

El mecanismo giró con facilidad.

La puerta se abrió lentamente.

Dentro solo había una carpeta gris y una memoria USB negra.

Nada más.

Daniel tomó ambos objetos.

Antes de que pudiera revisarlos, escuchó pasos.

Muchos pasos.

Ernesto apagó inmediatamente la linterna.

Cinco hombres vestidos con uniformes de seguridad avanzaban por el pasillo.

Pero ninguno pertenecía a la universidad.

—Nos encontraron —murmuró Ernesto.

Daniel observó alrededor.

Solo había una salida.

Los desconocidos aceleraron el paso.

—¡Revisen todos los casilleros!

Daniel escondió rápidamente la memoria USB dentro de su saco.

Después cerró el casillero como si nunca hubiera sido abierto.

Los hombres llegaron apenas unos segundos después.

El que parecía liderarlos mostró una sonrisa forzada.

—Buenas noches.

Daniel respondió con absoluta calma.

—¿Algún problema?

—Revisión rutinaria.

Ernesto fingió molestia.

—¿A esta hora?

El hombre observó fijamente el casillero 214.

—Buscamos un objeto perdido.

Daniel sostuvo su mirada sin pestañear.

—Aquí no hay nada.

Durante unos instantes nadie habló.

Finalmente, el desconocido sonrió.

—Disculpen la molestia.

Los cinco hombres continuaron caminando.

Solo cuando desaparecieron al final del pasillo, Ernesto volvió a respirar.

—No eran guardias.

—Lo sé.

—¿Cómo lo supiste?

Daniel miró hacia la salida.

—Porque todos llevaban el arma en el mismo costado… y caminaban como personal entrenado.


De regreso en una antigua bodega abandonada, Ernesto conectó la memoria USB a un computador sin acceso a internet.

Aparecieron decenas de carpetas.

Contratos.

Facturas.

Fotografías.

Estados financieros.

Pero una carpeta destacaba sobre todas.

PROYECTO HORIZONTE.

Daniel abrió el primer archivo.

Era un plano.

Después otro.

Y otro más.

Todos correspondían a una enorme planta de tratamiento de residuos químicos construida a las afueras de la ciudad.

Luego aparecieron fotografías.

Ríos contaminados.

Animales muertos.

Niños enfermos.

Ernesto sintió un nudo en la garganta.

—Dios mío…

El último documento llevaba tres firmas.

Córdova.

Beltrán.

Varela.

Debajo aparecía otra línea.

“Aprobado por la comisión especial.”

Daniel comprendió de inmediato.

Renata estudiaba Química Ambiental.

Había descubierto pruebas suficientes para destruir a tres de las familias más poderosas del país.

Y por eso habían intentado matarla.


Mientras tanto, en el hospital, una enfermera terminaba su turno.

Entró unos segundos a revisar el suero de Renata.

Miró alrededor para asegurarse de que estaba sola.

Después sacó discretamente su teléfono.

Marcó un número.

—Ya confirmé que sigue viva.

Al otro lado contestó una voz masculina.

—¿Habló?

—Todavía no.

—Perfecto.

La enfermera observó a la joven dormida.

Su expresión cambió por completo.

—Si despierta antes del amanecer…

Hubo una breve pausa.

—…terminen el trabajo.

Colgó.

Sin darse cuenta, una pequeña cámara instalada sobre el monitor había grabado toda la conversación.

La imagen viajó automáticamente hacia otro dispositivo.

Daniel acababa de recibir la notificación en su teléfono.

Levantó lentamente la vista de la pantalla.

Su rostro permanecía sereno.

Pero Ernesto reconoció aquella expresión.

Era exactamente la misma que había visto hacía veinte años, justo antes de que el hombre conocido como “El Espectro” desmantelara una organización completa en una sola noche.

Y mientras Daniel giraba el automóvil para regresar al hospital a toda velocidad, un convoy de camionetas negras ya entraba silenciosamente al estacionamiento del edificio médico.

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