Durante varios segundos, nadie habló.
El sonido de los monitores médicos parecía llenar toda la habitación.
Rodrigo Alcázar miró a su madre como si no hubiera entendido correctamente.
—Mamá… ¿qué dijiste?
Mercedes respiraba con dificultad. Tenía una vía intravenosa conectada al brazo y el rostro todavía demasiado pálido.
Pero sus ojos estaban clavados en Patricia.
—Él no me robó —repitió—. La ladrona vive en mi casa.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—Señor Alcázar, su madre está confundida. Usted conoce su enfermedad.
Rodrigo no respondió.
Miró el bolso.
Luego miró a Patricia.
—Dijiste que faltaban cuatro mil ochocientos pesos.
—Así es.
—¿Cómo sabes exactamente cuánto llevaba mi madre?
Patricia abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Rodrigo entrecerró los ojos.
—Te hice una pregunta.
—Porque… porque la señora Mercedes me pidió retirar dinero esta tarde.
Mercedes comenzó a agitarse.
—Mentira.
Patricia dio un paso hacia la cama.
—Señora, trate de descansar.
—¡No me toques!
La fuerza de aquel grito sorprendió incluso a Rodrigo.
Mercedes señaló hacia la puerta.
—Tú me dijiste que Rodrigo ya no quería verme.
El rostro de Rodrigo cambió por completo.
—¿Qué?
Patricia palideció.
—Está mezclando recuerdos.
—Me dijiste que mi hijo estaba cansado de cuidarme —continuó Mercedes—. Que quería encerrarme.
Rodrigo sintió un frío distinto al de aquella madrugada.
Durante meses había observado cómo su madre empeoraba.
Había días en que Mercedes se negaba a comer cuando él estaba trabajando.
Otros en que lloraba al verlo regresar.
Patricia siempre tenía una explicación.
“Es la enfermedad.”
“Hoy estuvo muy confundida.”
“Cada vez reconoce menos a la familia.”
Rodrigo lo había creído.
Porque Patricia había trabajado con ellos durante casi tres años.
—Sal de la habitación —ordenó.
—Señor Alcázar…
—Ahora.
Patricia apretó el bolso contra el pecho.
—¿Y el muchacho? ¿Va a permitir que un vagabundo se vaya después de robar a su madre?
Rodrigo se acercó lentamente.
—Gael está en terapia intermedia porque casi sufrió hipotermia salvando la vida de mi madre.
Le quitó el bolso de las manos.
—Y tú estás más preocupada por cuatro mil ochocientos pesos.
Patricia bajó la mirada.
—Vete.
Cuando salió, Rodrigo llamó a su jefe de seguridad.
—Esteban, quiero que revises todas las cámaras de mi casa de los últimos seis meses.
—¿Ocurrió algo?
Rodrigo miró a Mercedes.
—Todavía no lo sé.
Hizo una pausa.
—Y averigua todo sobre Patricia Salgado. Cuentas, antecedentes, llamadas. Todo.
Gael despertó cerca del mediodía.
Lo primero que vio fue un techo blanco.
Lo segundo, sus propios tenis secos junto a una silla.
Intentó incorporarse.
—Despacio.
Rodrigo estaba sentado frente a él.
Gael lo reconoció inmediatamente.
—¿Su mamá?
—Está estable.
El joven cerró los ojos.
Y sonrió.
No preguntó por dinero.
No preguntó por recompensa.
Solo dijo:
—Qué bueno.
Aquellas dos palabras golpearon a Rodrigo más de lo esperado.
—¿Por qué lo hiciste?
Gael frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
—Cargar a una desconocida nueve cuadras cuando tú mismo estabas congelándote.
Gael se encogió de hombros.
—Porque nadie más estaba ahí.
—Podías haber tomado su dinero.
La expresión del muchacho se endureció.
—Ser pobre no significa ser ladrón.
Rodrigo sintió vergüenza.
—Lo sé.
—No. Anoche no lo sabía.
El empresario guardó silencio.
Gael tenía razón.
—Te debo una disculpa.
Gael apartó la mirada.
—No me debe nada.
Rodrigo observó sus manos lastimadas.
—¿Tienes familia?
La pregunta transformó al muchacho.
—No.
—¿Dónde vives?
—Donde puedo.
Rodrigo quiso preguntar más, pero alguien abrió la puerta.
Era Esteban.
Su jefe de seguridad tenía el rostro tenso.
—Necesito hablar con usted.
Rodrigo salió al pasillo.
—¿Encontraste algo?
Esteban le mostró una tableta.
—Mucho más de lo que esperaba.
En la pantalla aparecía una grabación de la residencia Alcázar.
Fecha: tres semanas atrás.
Patricia entraba en la habitación de Mercedes.
La anciana estaba dormida.
Patricia abrió un cajón, sacó una tarjeta bancaria y fotografió ambos lados con su teléfono.
Rodrigo sintió que la sangre le hervía.
—Hay más —dijo Esteban.
Otra grabación.
Patricia vaciaba dinero de una cartera.
Otra.
Le gritaba a Mercedes mientras la anciana lloraba.
Otra.
Escondía medicamentos dentro de su bolso.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Medicamentos?
—Revisé las recetas.
Esteban bajó la voz.
—Su madre debía tomar una dosis específica. Al parecer, algunas veces Patricia duplicaba el sedante.
Rodrigo sintió que las piernas se debilitaban.
Tal vez parte del deterioro que había atribuido al Alzheimer no provenía únicamente de la enfermedad.
—¿Por qué?
—No lo sé todavía.
Esteban deslizó el dedo sobre la pantalla.
—Pero encontré algo peor.
Apareció una transferencia bancaria.
Luego otra.
Y otra.
Miles de pesos habían salido de una cuenta secundaria de Mercedes durante los últimos diez meses.
Destino: una empresa desconocida.
—¿Quién es el dueño?
—Eso es lo extraño. La compañía es una fachada.
—Encuentra al verdadero propietario.
—Ya lo hice.
Esteban miró hacia la habitación de Gael.
—Rodrigo… antes necesito preguntarte algo.

—¿Qué?
—¿Sabes quién es ese muchacho?
Rodrigo frunció el ceño.
—Gael Mendoza.
—No me refiero a su nombre.
Esteban sacó una fotografía antigua.
En ella aparecía una mujer joven frente a uno de los primeros laboratorios Alcázar.
Rodrigo reconoció el uniforme.
—¿Quién es?
—Elena Mendoza. La madre de Gael.
Rodrigo tomó la fotografía.
—Trabajó para nosotros.
—Durante siete años.
—¿Y?
Esteban respiró profundamente.
—Murió hace cuatro años.
Rodrigo iba a devolverle la foto cuando vio algo escrito detrás.
Una fecha.
Un número de expediente.
Y una frase:
“Ensayo clínico interno. No entregar copia a la familia.”
Rodrigo levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto?
—Todavía estoy investigando.
—Investiga más rápido.
En ese momento, una enfermera salió corriendo de la habitación de Mercedes.
—¡Señor Alcázar!
Rodrigo se volvió.
—¿Qué pasó?
—Su madre está muy alterada. Está preguntando por Gael.
Rodrigo entró inmediatamente.
Mercedes lloraba.
—Mamá, estoy aquí.
Ella lo agarró del brazo.
—El muchacho.
—Gael está bien.
—Tráelo.
—Necesitas descansar.
Mercedes negó desesperadamente.
—¡Tráelo!
Minutos después, Gael apareció en silla de ruedas.
Cuando Mercedes lo vio, comenzó a llorar todavía más.
Extendió una mano temblorosa hacia él.
Gael se acercó.
—Estoy aquí, señora.
Mercedes le acarició la mejilla.
Luego miró a Rodrigo.
Y ocurrió algo que ninguno esperaba.
—Perdóname —susurró Mercedes.
Gael se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Mercedes miró nuevamente su rostro.
—Tienes los ojos de Elena.
Rodrigo dejó de respirar.
Gael palideció.
—¿Usted conoció a mi madre?
Mercedes cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Sí.
Gael se levantó de la silla a pesar del dolor.
—¿De dónde?
Mercedes abrió los ojos.
—De los laboratorios.
Rodrigo sintió que algo terrible comenzaba a tomar forma.
—Mamá, ¿qué ocurrió con Elena Mendoza?
Mercedes apretó la mano de Gael.
—Ella descubrió algo.
—¿Qué cosa?
Mercedes miró a su hijo.
—Algo que tu padre ordenó ocultar.
Rodrigo retrocedió.
Su padre llevaba ocho años muerto.
—Eso no puede ser.
Mercedes empezó a temblar.
—Elena quiso denunciarlo.
Gael tenía lágrimas en los ojos.
—Mi mamá siempre dijo que enfermó por accidente.
Mercedes negó lentamente.
—No fue un accidente.
Entonces la puerta se abrió.
Esteban apareció sosteniendo su teléfono.
Estaba completamente pálido.
—Rodrigo, encontramos al verdadero propietario de la empresa que recibe el dinero robado de tu madre.
—¿Quién?
Esteban miró primero a Gael.
Después a Mercedes.
Finalmente a Rodrigo.
—Es alguien de tu familia.
Rodrigo sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Pero antes de que pudiera preguntar el nombre, Mercedes apretó con todas sus fuerzas la mano de Gael y susurró:
—Tu madre murió porque descubrió lo que los Alcázar hicieron… y Patricia sabe exactamente quién dio la orden.