Nathan no soltó mi mano.
Pero la calidez había desaparecido de sus dedos.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Miró otra vez la pantalla de su teléfono. El mensaje parecía haber borrado en segundos al hombre que había caminado conmigo junto al río y devuelto al director ejecutivo frío que todos temían.
—No deberíamos hablar aquí.
—Acabas de pedirme que confíe en ti.
—Y quiero que lo hagas.
Retiré lentamente la mano.
—Entonces empieza por decirme la verdad.
Nathan guardó silencio. Los edificios se reflejaban sobre el agua oscura mientras el viento agitaba mi abrigo.
Finalmente habló:
—El contrato que debía firmar el día que escuché tu conversación no era una adquisición cualquiera.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Mucho más de lo que imaginaba.
Sacó el teléfono y abrió un documento. En la primera página aparecía el nombre de una empresa que yo conocía demasiado bien.
Bennett Biomedical Holdings.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—Esa empresa pertenecía a mi padre.
Nathan me observó con atención.
—Lo sé.
Retrocedí.
Mi padre había muerto cuando yo tenía diecisiete años. Después de su fallecimiento, la compañía fue absorbida por inversionistas, y mi madre y yo recibimos tan poco que apenas pudimos conservar nuestra casa.
Durante años creí que su negocio simplemente había fracasado.
—¿Por qué Northstar está negociando con una empresa desaparecida?
—Porque nunca desapareció.
Nathan deslizó el dedo por la pantalla.
Aparecieron filiales, transferencias y nombres corporativos que no reconocía.
—La dividieron en varias sociedades para ocultar patentes y activos —explicó—. Una de ellas controla tecnología médica que Northstar necesita para un nuevo proyecto.
—¿Quién la controla?
Antes de responder, su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez vi el nombre.
VICTORIA HALE.
Nathan rechazó la llamada.
—¿Quién es Victoria?
—La mujer con la que mi consejo espera que me case.
La frase me atravesó.
—¿Esperan?
—Es un acuerdo entre familias.
Solté una risa incrédula.
—Entonces mientras me invitabas a cenar y me decías que querías ser el hombre que eligiera mi corazón, ¿ya estabas comprometido?
—No he aceptado casarme con ella.
—Pero tampoco me lo dijiste.
Nathan dio un paso hacia mí.
—Porque estaba intentando romper el acuerdo antes de involucrarte.
—Ya me involucraste.
Mis ojos ardían, pero me negué a llorar.
—¿Victoria controla la empresa de mi padre?
Él no respondió de inmediato.
Ese silencio fue una confesión.
—Maya…
—Contéstame.
—Su familia controla parte de ella.
El viento pareció volverse más frío.
—¿Y tú te acercaste a mí porque soy hija de Daniel Bennett?
—No.
—¿Cómo sabías quién era?
—Tu apellido apareció en una revisión de los archivos.
—¿Antes o después de escucharme en la cafetería?
Nathan apretó la mandíbula.
—Antes.
Sentí que todo lo ocurrido durante aquellas semanas cambiaba de significado.
Las reuniones.
Los almuerzos.
Las preguntas sobre mi familia.
Incluso aquella forma de escuchar que me había hecho sentir especial.
—¿La discrepancia del pronóstico era real?
—Sí.
—¿Necesitabas mi ayuda?
—Sí.
—¿O necesitabas saber cuánto conocía sobre la empresa de mi padre?
Nathan no respondió.
Di media vuelta.
—Maya, espera.
—No.
—Hay algo más.
Me detuve sin mirarlo.
—Claro que lo hay.
—Tu padre no murió dejando una empresa quebrada.
Mi respiración se cortó.
—¿Qué dijiste?
—Encontré documentos que indican que seguía siendo propietario de varias patentes cuando falleció.
Me volví lentamente.
—Mi madre firmó todo.
—Tu madre firmó una renuncia.
—Porque nos dijeron que no quedaba nada.
—Le mintieron.
Nathan abrió otro archivo.
En la pantalla apareció una cifra.
Ciento ochenta y cuatro millones de dólares.
—Esta era la valoración estimada de las patentes dos años después de su muerte.
Me quedé sin voz.
Mi madre había trabajado durante años como recepcionista para pagar mis estudios.
Yo había utilizado cupones, rechazado viajes y aceptado empleos temporales mientras la fortuna de mi padre circulaba entre desconocidos.
—¿Quién hizo esto?
Nathan miró el nombre que acababa de llamarlo.
—La familia Hale participó.
—¿Y tú ibas a firmar un contrato con ellos?
—Iba a comprar la empresa para recuperar los archivos y descubrir cómo ocurrió.
—¿Recuperarlos para quién?
—Para ti.
Lo miré fijamente.
Quería creerle.
Eso era lo más peligroso.
—Apenas me conocías.
—Te conocía desde antes de hablar contigo.
—¿Me investigaste?
—Investigué a todos los herederos relacionados con las patentes.
La palabra me golpeó.
—¿Herederos?
Nathan bajó la voz.
—Tú eres la única beneficiaria legítima que encontramos.
Al día siguiente no fui a trabajar.
Apagué el teléfono y conduje hasta la casa de mi madre.
Ella abrió la puerta sonriendo, pero su expresión cambió cuando mencioné Bennett Biomedical.
—¿Quién te habló de eso?
—Nathan Carter.
La taza que sostenía se le resbaló.
Se rompió contra el suelo.
—No vuelvas a verlo.
—Mamá…
—Prométemelo.
—¿Por qué?
Se agachó para recoger los pedazos, aunque sus manos temblaban.
—Los Carter no ayudan a nadie sin querer algo a cambio.
—¿Lo conocías?
Ella se cortó un dedo con la porcelana.
Una gota de sangre apareció sobre su piel.
—Conocí a su padre.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué tiene que ver el padre de Nathan con la empresa?
Mi madre cerró los ojos.
—Estaba allí la noche en que murió el tuyo.
Todo el aire abandonó la habitación.

—Papá murió en un accidente automovilístico.
—Eso fue lo que te dijimos.
—¿Me mentiste?
Ella comenzó a llorar.
—Intentaba protegerte.
Antes de que pudiera preguntar más, un automóvil negro se detuvo frente a la casa.
Mi madre miró por la ventana y palideció.
—Tienes que irte.
—¿Quién es?
—Maya, por favor.
La puerta se abrió antes de que pudiera reaccionar.
Una mujer alta, elegante y vestida de blanco entró sin llamar.
La reconocí por las fotografías empresariales.
Victoria Hale.
Me observó con una sonrisa perfecta.
—Así que tú eres Maya Bennett.
Mi madre se interpuso.
—No tiene nada que ver con esto.
Victoria dejó una carpeta sobre la mesa.
—Al contrario. Tiene todo que ver.
La abrió.
Dentro había una fotografía de mi padre junto a un hombre más joven.
El padre de Nathan.
Luego colocó otro documento frente a mí.
Era el contrato que Nathan había dejado de firmar el día de mi confesión.
En la última página aparecía una cláusula subrayada:
El matrimonio entre Nathan Carter y Victoria Hale transferiría el control total de las patentes Bennett a Northstar Technologies.
Sentí que las piernas se debilitaban.
—Nathan sabía que esas patentes eran mías.
—Desde hace meses —respondió Victoria—. Y también sabía que no podía conseguirlas sin mí.
—Entonces ¿por qué se acercó a mí?
Victoria sonrió.
—Porque encontró otra manera.
Sacó una segunda carpeta.
En la portada aparecía mi nombre completo.
Debajo, una anotación escrita por Nathan:
“La heredera confía en las conexiones emocionales. No presionar. Esperar a que ella se acerque voluntariamente.”
Mi corazón se detuvo.
—Eso no puede ser suyo.
—Pregúntale.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Nathan.
Victoria miró la pantalla.
—Contesta.
No lo hice.
Entonces mi madre tomó la fotografía, le dio la vuelta y soltó un gemido.
Había una fecha escrita detrás.
La noche en que murió mi padre.
Y una frase:
“Nathan estuvo en el automóvil.”
Levanté la mirada.
—Nathan tenía diecinueve años.
Mi madre lloraba abiertamente.
—Maya… hay algo que nunca te conté sobre ese accidente.
En ese instante, Nathan apareció en la puerta.
Vio a Victoria.
Vio las carpetas.
Después miró a mi madre.
—No le creas.
—¿Estuviste con mi padre la noche que murió?
Nathan no respondió.
—¡Dímelo!
Su rostro se quebró.
—Sí.
Victoria sonrió.
Pero Nathan dio un paso hacia mí y pronunció las palabras que transformaron mi miedo en terror:
—Tu padre no murió en el accidente, Maya. Murió después… y tu madre sabe quién lo mató.