Tres años después, las puertas del salón principal del Hotel Imperial de la capital se abrieron ante más de quinientos invitados.
Banqueros, inversionistas, representantes de fondos internacionales y miembros de las familias más poderosas del país habían acudido a la gala anual de Deep Blue Capital.
Adrian Gu también estaba allí.
Pero ya no caminaba con la seguridad del hombre que una vez creyó controlar Seaview City.
El Grupo Gu llevaba dieciocho meses perdiendo contratos, socios y líneas de crédito. El megaproyecto costero, aquel con el que pensaba duplicar su fortuna, había sido entregado a un consorcio desconocido pocos días después de mi divorcio.
Desde entonces, cada intento suyo por recuperarse había terminado de la misma forma.
Un inversionista retiraba su apoyo.
Un banco rechazaba la financiación.
Un socio cambiaba de opinión sin ofrecer explicaciones.
Adrian estaba convencido de que alguien intentaba destruirlo.
Solo ignoraba quién.
A su lado, Isabella llevaba un vestido rojo y una expresión tensa.
El supuesto heredero sano de la familia Gu nunca había nacido.
A los cinco meses de embarazo, ella anunció que había sufrido una pérdida. No permitió que Adrian viera informes médicos ni habló del tema durante semanas.
Después comenzó a exigirle regalos, propiedades y acciones como compensación por su dolor.
Adrian aceptó.
Había apostado demasiado por ella para reconocer que quizá se había equivocado.
—¿Por qué nos invitaron? —preguntó Isabella mientras observaba los emblemas dorados del fondo.
—Porque Deep Blue quiere comprar parte de nuestras deudas.
—¿Eso es bueno?
Adrian apretó la mandíbula.
—Es nuestra última oportunidad.
Una voz anunció la llegada de la presidenta del fondo.
Todas las conversaciones se apagaron.
Las puertas superiores del salón se abrieron.
Yo aparecí en lo alto de la escalera.
Llevaba un vestido negro sencillo, el cabello recogido y el emblema de la familia Shen sobre el hombro.
Adrian tardó varios segundos en reconocerme.
Después dejó caer la copa.
El cristal se hizo pedazos contra el suelo.
—Serena…
Isabella levantó la vista.
Su rostro perdió el color.
Descendí sin apresurarme.
A mi derecha caminaba mi abuelo, el señor Shen, acompañado por miembros del consejo internacional de inversiones.
A mi izquierda avanzaban dos niños de tres años vestidos con pequeños trajes oscuros.
Noah sostenía mi mano.
Liam llevaba entre los brazos un caballo de madera que su bisabuelo le había regalado.
Ambos estaban sanos.
Fuertes.
Curiosos.
Y tenían los mismos ojos de Adrian.
Los hijos que él había llamado inútiles caminaban frente a él como los herederos más protegidos de la capital.
Adrian dio un paso.

—¿Son ellos?
No respondí.
Mi abuelo se interpuso.
—Señor Gu, mantenga la distancia.
Adrian ni siquiera lo escuchó.
Sus ojos recorrían los rostros de los niños como si buscara una señal de enfermedad.
—El hospital dijo que no sobrevivirían.
—El hospital mintió —contesté.
Mi voz sonó tranquila.
—Alguien pagó para modificar los informes y convencerme de que mis hijos no tenían futuro.
Isabella se tensó.
Solo un instante.
Pero esta vez Adrian sí lo vio.
Giró hacia ella.
—¿Qué significa eso?
—No la escuches —respondió Isabella—. Serena lleva años planeando esto.
—No necesité años para destruirte —dije—. Solo necesité dejar de salvarte.
Adrian me miró, confundido.
El maestro de ceremonias se acercó al micrófono.
—Esta noche celebramos la adquisición definitiva de los activos costeros de Seaview City por parte de Deep Blue Capital.
En la pantalla apareció el mapa del proyecto.
Adrian se quedó inmóvil.
Era el mismo terreno por el que había endeudado al Grupo Gu.
El mismo contrato que había perseguido durante cinco años.
El mismo proyecto que consideraba su legado.
El presentador continuó.
—La operación fue dirigida personalmente por nuestra fundadora y presidenta ejecutiva, la señorita Serena Shen.
Los aplausos hicieron vibrar el salón.
Adrian me observó como si estuviera viendo a una desconocida.
—¿Tú fundaste Deep Blue?
—Sí.
—Eso es imposible.
—También creías imposible que mis hijos sobrevivieran.
Mi abuelo sonrió sin alegría.
—Mi nieta consiguió para su empresa más contratos de los que usted obtuvo en toda su carrera.
Adrian retrocedió.
Por fin comenzaba a comprender.
Durante su matrimonio, los bancos le habían abierto puertas que antes permanecían cerradas.
Los inversionistas habían aceptado reuniones inesperadas.
Los permisos para sus proyectos se habían aprobado con sorprendente rapidez.
Él creyó que era talento.
Nunca sospechó que yo utilizaba mis propios contactos para sostenerlo desde las sombras.
—¿Todo este tiempo fuiste tú? —murmuró.
—Sí.
—Entonces puedes ayudarme otra vez.
La frase provocó un silencio incómodo.
Incluso Isabella lo miró con desprecio.
Adrian se acercó un poco más.
—Serena, cometí un error. Estaba bajo presión. El médico dijo que los niños serían una carga.
Noah se escondió detrás de mi vestido.
Liam miró a Adrian y preguntó:
—Mamá, ¿quién es ese señor?
Adrian cerró los ojos.
Sus propios hijos lo miraban como a un desconocido.
—Soy…
Su voz se quebró.
No consiguió terminar.
Me agaché frente a los pequeños.
—Es alguien que conocí hace mucho tiempo.
Adrian palideció.
—Soy su padre.
Me incorporé.
—Renunciaste a ellos por escrito.
—No sabía que se recuperarían.
—Precisamente.
Lo miré directamente.
—Solo querías ser su padre si podían servirte como herederos perfectos.
—Eso no es cierto.
Saqué una copia del acuerdo de divorcio.
—Aquí está tu firma.
El documento indicaba que Adrian renunciaba a cualquier responsabilidad, custodia o decisión sobre los gemelos.
A cambio, yo aceptaba abandonar la ciudad y no reclamar acciones del Grupo Gu.
Él mismo había exigido aquella cláusula.
Ahora parecía no recordarla.
—Puedo impugnarla —dijo—. Soy su padre biológico.
Mi abuelo hizo una señal.
Un abogado se acercó y dejó una carpeta frente a Adrian.
—Puede intentarlo —respondió—. Pero primero tendrá que explicar por qué ordenó alterar los diagnósticos de dos recién nacidos.
Isabella comenzó a retroceder.
Adrian la sujetó del brazo.
—¿Tú sabías algo?
—Suéltame.
—Serena dijo que alguien pagó al hospital.
—Está mintiendo.
El abogado abrió la carpeta.
Había transferencias.
Correos.
Registros de llamadas.
Y la declaración firmada de un médico que había abandonado Seaview City.
Adrian leyó la primera página.
Su respiración se volvió irregular.
—El dinero salió de una empresa de Isabella.
Ella intentó apartarse.
—No sabes lo que estás diciendo.
Adrian pasó a la siguiente hoja.
Allí aparecía el verdadero informe del embarazo de Isabella.
No existía ningún niño sano.
No había embarazo.
Las pruebas habían sido falsificadas desde el principio.
—Tú… —susurró Adrian—. ¿Nunca estuviste embarazada?
Isabella dejó de fingir.
Su rostro se endureció.
—Necesitaba que te divorciaras.
—Me dijiste que tendría un heredero.
—Y tú querías creerlo.
Adrian la soltó como si quemara.
Después volvió a mirarme.
La desesperación sustituyó su orgullo.
—Serena, dame una oportunidad.
—No.
—Puedo reparar esto.
—No puedes devolverles los días que pasaron luchando por respirar mientras tú celebrabas un hijo inexistente.
—Son mis únicos descendientes.
—Ahora lo entiendes.
El presentador volvió a tomar el micrófono.
—Antes de cerrar la ceremonia, la presidenta Shen anunciará una segunda adquisición.
En la pantalla apareció el logotipo del Grupo Gu.
Adrian dejó de respirar.
—No…
El gráfico mostró todas las deudas compradas por Deep Blue durante los últimos meses.
Yo no solo había bloqueado su financiación.
Me había convertido en la principal acreedora de su imperio.
—A partir de esta noche —anuncié—, Deep Blue Capital ejercerá su derecho sobre las acciones ofrecidas como garantía por el señor Adrian Gu.
El salón estalló en murmullos.
Adrian abrió la carpeta con desesperación.
—No puedes hacer esto.
—Tú mismo firmaste cada préstamo.
—¡No sabía que estaban conectados contigo!
—Ese nunca fue mi problema.
Los representantes legales se acercaron.
Isabella intentó marcharse, pero dos agentes de seguridad bloquearon la salida.
Ella me miró con odio.
—¿También vas a encerrarme?
—No.
Saqué una última fotografía.
En ella aparecía Isabella entrando al hospital la noche en que nacieron mis hijos.
No estaba sola.
Caminaba junto al director médico que había falsificado los diagnósticos.
Pero detrás de ellos aparecía un tercer hombre.
Adrian tomó la imagen.
Su rostro cambió por completo.
—¿Qué hacía mi hermano allí?
Me acerqué y bajé la voz.
—Eso es lo que todavía no entiendes.
Señalé la fecha impresa en la esquina.
Era anterior a nuestro divorcio.
Anterior al supuesto embarazo de Isabella.
Anterior incluso al nacimiento de los gemelos.
—Isabella no inventó esta mentira para quedarse contigo, Adrian. Tu propia familia la contrató para impedir que Noah y Liam heredaran el Grupo Gu.
Su hermano apareció entonces al fondo del salón.
Sonreía.
Y sostenía en la mano una prueba de ADN que podía cambiar para siempre la identidad de los dos niños.