Esteban abrió la boca, pero durante varios segundos no logró pronunciar una sola palabra.
Mariana observó primero a su esposo.
Después a la mujer embarazada.
—¿Convenio de divorcio? —preguntó con una calma que ni ella misma reconoció.
La joven apartó inmediatamente la mano de la cintura de Esteban.
—Me llamo Valeria —dijo—. Él me aseguró que llevaban separados casi un año.
Mariana sintió otro golpe.
—Anoche durmió conmigo.
Valeria palideció.
Esteban reaccionó por fin.
—Mariana, podemos hablar en privado.
—No.
—Esto no es lo que parece.
Ella soltó una risa rota.
—Acabas de declararle tu amor por el altavoz de un avión lleno de pasajeros.
Miró el vientre de Valeria.
—Y está embarazada.
—Mariana…
—¿Cuántos meses?
Valeria dudó.
—Siete.
Mariana hizo las cuentas.
Siete meses.
Recordó inmediatamente el viaje de Esteban a Cancún.
Cuatro noches.
Una supuesta capacitación.
También recordó que había regresado con una pulsera de hotel en la maleta y una explicación absurda sobre un evento de la aerolínea.
Todo encajaba ahora.
—¿Es tuyo? —preguntó.
Esteban cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta terminó de destruir lo poco que quedaba.
Pero Mariana no lloró.
Ya había llorado suficiente en el baño de aquel avión.
—Perfecto.
Sacó su teléfono.
—Entonces enséñame el convenio que dices haber firmado.
Esteban tensó la mandíbula.
—No lo tengo aquí.
Valeria lo miró.
—Me mandaste una foto.
El rostro de él cambió.
—Valeria, no hace falta…
Pero ella ya había abierto su celular.
Buscó entre los mensajes y extendió la pantalla hacia Mariana.
Allí estaba.
Un documento.
Su nombre.
El de Esteban.
Y al final, una firma que parecía suya.
MARIANA SALGADO.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Yo nunca firmé esto.
Valeria dejó de respirar.
—¿Qué?
—Esa firma no es mía.
Esteban dio un paso adelante.
—Mariana, escúchame.
Ella levantó el teléfono y fotografió la pantalla.
—Acabas de falsificar mi firma en un convenio de divorcio.
—No fue así.
—Entonces explícame cómo fue.
Esteban bajó la voz.
—Necesitaba tiempo.
—¿Para qué?
—Para arreglar las cosas.
—¿Qué cosas?
Él miró alrededor.
Había empleados de la aerolínea entrando y saliendo del pasillo.
Dos sobrecargos fingían no escuchar.
—No aquí.
Mariana lo observó largamente.
Durante doce años había pensado que conocía cada gesto de su esposo.
Ahora entendía que solo había conocido al hombre que Esteban decidía mostrarle.
—Tienes razón —dijo—. Aquí no.
Se volvió hacia Valeria.
—Te deseo suerte.
—Mariana…
—No contigo. Con él.
Y se marchó.
Aquella noche, en un hotel de Monterrey, Mariana abrió su computadora.
No llamó a su madre.
No llamó a sus amigas.
Llamó a una sola persona.
—Licenciado Ferrer.
—Mariana, son casi las once.
—Necesito saber si mi esposo inició un divorcio usando mi firma.
Hubo un silencio.
Héctor Ferrer había sido abogado de su padre durante más de veinte años.
—Envíame lo que tengas.
Mariana mandó la fotografía.
Diez minutos después él devolvió la llamada.
Su voz había cambiado.
—Esto es grave.
—¿La firma es suficiente?
—No es solo la firma.
Mariana se incorporó.
—¿Qué encontró?
—El convenio incluye una renuncia tuya a ciertos bienes matrimoniales.
Sintió frío.
—¿Qué bienes?
—Una sociedad llamada Aeroméxico Executive Services del Norte.
Mariana frunció el ceño.
Nunca había escuchado aquel nombre.
—No sé qué es.
—Yo sí.
Héctor hizo una pausa.
—Está vinculada a dos hangares privados, una empresa de mantenimiento aeronáutico y terrenos cercanos al aeropuerto de Monterrey.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—Las participaciones fueron adquiridas durante tu matrimonio.
—¿Por Esteban?
—Por ambos.
Mariana se quedó inmóvil.
—Yo jamás compré ninguna participación.
—En los registros aparecen documentos firmados por ti.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—Otra falsificación.
—Probablemente.
Héctor continuó:
—Y hay algo peor. Según este convenio, al divorciarte renunciarías a cualquier reclamación futura sobre esas sociedades.
Mariana miró por la ventana del hotel.
De repente la infidelidad parecía solo la capa más superficial.
—¿Cuánto valen?
—Estoy investigándolo.
—Dame una cifra aproximada.
—Decenas de millones.
Mariana cerró los ojos.
Esteban no solamente quería dejarla por otra mujer.
Quería utilizar el divorcio para borrar su derecho sobre algo que llevaba años ocultándole.
—No le digas que hablamos.
—No pensaba hacerlo.
—Y averigua quién preparó esos documentos.
—Ya tengo el nombre.
Mariana abrió los ojos.
—¿Quién?
—Un abogado llamado Julián Barreto.
Lo conocía.
Había cenado en su casa.
Era amigo de Esteban desde la academia de aviación.
A las siete de la mañana siguiente, alguien golpeó la puerta de su habitación.
Mariana creyó que sería Esteban.
Era Valeria.
Tenía los ojos hinchados.
—Necesito hablar contigo.

Mariana dudó antes de dejarla entrar.
Valeria se sentó.
—Cancelé la boda.
Mariana no respondió.
—Después de que te fuiste, revisé las cosas de Esteban.
Sacó una memoria USB.
—Encontré esto dentro de su maleta de piloto.
Mariana no la tomó.
—¿Qué contiene?
—No sé todo. Pero vi carpetas con tu nombre.
Eso bastó.
Abrieron la memoria en la computadora.
Había contratos.
Pasaportes escaneados.
Estados de cuenta.
Fotografías de documentos legales.
Una carpeta destacaba entre las demás.
M.S. — SALIDA DEFINITIVA.
Mariana hizo doble clic.
Dentro había una copia del falso divorcio.
Y un archivo de audio.
Lo reprodujo.
La voz de Esteban llenó la habitación.
—En cuanto Mariana firme, movemos las participaciones. Después de eso, aunque descubra la empresa, ya no podrá reclamar nada.
Una segunda voz respondió:
—¿Y si se niega?
Era Julián Barreto.
Esteban soltó una carcajada.
—Entonces hacemos que parezca que firmó.
Valeria se cubrió la boca.
Mariana sintió náuseas.
Pero el audio continuó.
—¿Y qué hacemos con el seguro? —preguntó Julián.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Esteban dijo:
—Eso se resuelve después del aniversario.
Mariana detuvo la grabación.
—¿Qué seguro?
Valeria parecía aterrada.
—Hay otra carpeta.
La abrió.
Dentro apareció una póliza de vida.
Titular asegurada:
Mariana Salgado de Morales.
Beneficiario principal:
Esteban Morales.
Cantidad asegurada:
25 millones de pesos.
Mariana dejó de respirar.
La póliza había sido modificada apenas dos semanas antes.
Y debajo había un documento aún más extraño.
Un itinerario.
Su nombre aparecía junto a un vuelo programado para la semana siguiente.
Ciudad de México–Los Cabos.
Mariana frunció el ceño.
—Yo nunca compré este boleto.
Valeria se acercó a la pantalla.
—Mariana…
La voz le temblaba.
—Mira quién aparece como comandante.
Mariana bajó la vista.
ESTEBAN MORALES.
En ese instante su teléfono vibró.
Un mensaje de su esposo.
Tenemos que arreglar esto antes de que alguien salga lastimado. Regresa a Ciudad de México.
Mariana levantó lentamente la mirada hacia Valeria.
Entonces la computadora emitió una alerta.
Alguien estaba intentando borrar remotamente los archivos de la memoria.
Pero antes de que desaparecieran, una última carpeta se abrió accidentalmente.
Dentro había una fotografía tomada seis meses atrás.
Esteban aparecía frente a un avión privado junto a Julián.
Y entre ambos estaba un tercer hombre.
Mariana lo reconoció al instante.
Era el investigador federal que había dirigido la investigación del accidente aéreo donde murió su padre diez años antes.