Adrián permaneció varios segundos mirando a Mauricio.
—¿Qué quieres decir con que Octavio la habría enterrado?
Mauricio cerró la puerta del despacho.
—Que tenemos un problema mucho más grave de lo que imaginábamos.
Sobre la mesa estaban los informes que habían recopilado desde la partida de Elena. Transferencias, correos internos, contratos cancelados y registros de reuniones.
Octavio Rivas aparecía en demasiados lugares.
—Mi padre confiaba en él.
—Precisamente por eso tuvo acceso a todo.
Adrián sintió un nudo en el estómago.
Durante años, Octavio había sido casi parte de la familia. Había asistido al funeral de su padre. Había brindado en su boda. Incluso había sido él quien, meses atrás, comenzó a insinuar que Elena podía estar ocultándole algo.
“Una esposa que nunca habla de su pasado siempre tiene una razón.”

Adrián había recordado aquella frase muchas veces.
Ahora sonaba diferente.
No como una advertencia, sino como una semilla.
—Encuéntralo —ordenó.
Mauricio negó lentamente.
—Ya lo intentamos.
—¿Dónde está?
—Desapareció hace tres horas.
Adrián palideció.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje del director financiero de Grupo Valdés.
URGENTE. Tres bancos suspendieron nuestras líneas de crédito.
Antes de que pudiera responder, llegó otro.
Después otro.
Una aseguradora estaba revisando garantías.
Dos inversionistas solicitaban una reunión extraordinaria.
Y un fondo extranjero acababa de retirarse de una negociación valorada en cientos de millones de pesos.
—Está comenzando —murmuró Mauricio.
—¿El qué?
—Lo que quien haya provocado el divorcio estaba esperando.
Adrián miró hacia la ventana.
Por primera vez comprendió algo aterrador.
Elena no había sido la amenaza para su imperio.
Había sido el muro que impedía que la amenaza entrara.
Y él acababa de expulsarla.
A kilómetros de allí, Elena atravesó las puertas de una propiedad oculta entre árboles al poniente de la ciudad.
Los doce Rolls-Royce se detuvieron frente a una residencia que no aparecía a nombre de ningún Montoro.
El hombre de cabello plateado abrió su puerta.
—Bienvenida a casa, señora.
—No me llames señora, Esteban.
El hombre sonrió.
—Entonces bienvenida, Elena.
Dentro la esperaban siete personas alrededor de una mesa ovalada.
Nadie se levantó para impresionarla.
No era necesario.
Elena reconoció abogados, economistas y antiguos colaboradores de su padre.
Sobre la pared principal había una pantalla.
En ella aparecía una fotografía de Adrián.
Debajo:
OPERACIÓN UMBRAL: FASE FINAL.
Elena dejó su pequeña maleta junto a una silla.
—¿Cuánto tiempo?
Una mujer llamada Victoria respondió:
—Creemos que entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas antes de que intenten tomar el control de Valdés.
—¿Octavio?
—Desaparecido.
—Entonces sigue dentro del plan.
Esteban colocó una carpeta frente a Elena.
—Podemos intervenir.
Ella no la abrió.
—No.
Todos guardaron silencio.
—Elena —dijo Victoria—, si esperamos, Adrián puede perder la empresa.
—Lo sé.
—Durante seis años lo protegiste.
Elena finalmente levantó la mirada.
—Y ese fue mi error.
No había crueldad en su voz.
Había cansancio.
—Cada vez que alguien intentaba hundirlo, yo resolvía el problema antes de que Adrián pudiera verlo. Cada vez que cometía un error, yo evitaba las consecuencias. Terminé convirtiéndome en la razón por la que él creyó que nunca necesitaba a nadie.
Esteban entendió.
—Quieres que descubra la verdad solo.
—Quiero que descubra quién está detrás.
Elena abrió la carpeta.
En la primera página había una fotografía.
Su expresión cambió.
—¿Están seguros?
—Completamente.
Elena observó aquel rostro durante varios segundos.
—Entonces Octavio no es el cerebro.
—No.
—¿Adrián sabe esto?
—Todavía no.
Elena cerró la carpeta.
—Que siga así.
A las diez de la mañana siguiente, Adrián recibió una llamada inesperada.
—Señor Valdés, encontramos algo.
Mauricio apareció veinte minutos después con un disco duro.
Habían recuperado una copia automática del correo corporativo de Octavio.
Entre cientos de archivos había una carpeta cifrada.
El nombre era simplemente:
MONTORO.
Adrián sintió que se le secaba la boca.
Dentro había fotografías de Elena.
Entrando a restaurantes.
Visitando bancos.
Reuniéndose discretamente con abogados.
Fotografías tomadas durante años.
—La vigilaba.
—Sí.
Había también informes sobre sus rutinas, contactos y comunicaciones.
Entonces encontraron un documento fechado ocho meses atrás.
Objetivo: romper vínculo matrimonial.
Adrián comenzó a leer.
Rumores sobre Elena.
Informaciones falsas.
Manipulación de empleados.
Mensajes anónimos.
Incluso aquella fotografía que había recibido cuatro meses antes, donde Elena aparecía abrazando a un desconocido frente a un hotel.
Adrián había creído que era un amante.
Ahora descubría que el hombre era Esteban.
Un antiguo colaborador de su padre.
—Dios mío.
Recordó todas las discusiones.
Las sospechas.
Las noches en las que había interrogado a Elena sin admitir que la estaba interrogando.
Y recordó especialmente una frase de ella:
“Si quieres preguntarme algo, Adrián, pregúntamelo directamente.”
Nunca lo hizo.
Prefirió creer a otros.
Entonces Mauricio abrió otro archivo.
—Aquí está el calendario de pagos.
Transferencias periódicas habían salido de una sociedad fantasma hacia varias personas cercanas a Grupo Valdés.
Un gerente.
Un auditor.
Un asistente.
Finalmente apareció Octavio.
Había recibido millones.
Pero Mauricio señaló algo extraño.
—Mire las fechas.
Los pagos a Octavio comenzaron apenas dos años atrás.
—¿Y?
—La primera operación contra su empresa ocurrió hace seis años.
Adrián levantó lentamente la cabeza.
Octavio tampoco había iniciado aquello.
Alguien lo había reclutado después.
Alguien llevaba mucho más tiempo esperando.
Entonces sonó el teléfono de Mauricio.
Escuchó durante veinte segundos.
Su rostro cambió.
—¿Estás seguro?
Colgó.
—Encontraron a Octavio.
—¿Dónde?
—En el aeropuerto.
—Tráelo.
—Hay un problema. No estaba intentando huir.
Adrián frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Estaba esperando a alguien.
Una hora después, Octavio estaba sentado en una sala privada de las oficinas Valdés.
Parecía haber envejecido diez años.
Adrián dejó frente a él las pruebas.
—Dime quién te pagó.
Octavio sonrió con tristeza.
—Ya es demasiado tarde.
—¿Quién?
—No entiendes lo que hiciste al divorciarte.
Adrián golpeó la mesa.
—¡Entonces explícamelo!
Octavio lo miró directamente.
—El objetivo nunca fue Elena.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Ella era demasiado difícil de atacar. Demasiados contactos. Demasiada protección. Por eso necesitaban sacarla voluntariamente de tu lado.
—¿Para destruirme?
Octavio negó.
—Para llegar a algo que tu padre escondió dentro de Grupo Valdés.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué escondió?
Octavio abrió la boca.
Pero antes de responder, todas las pantallas del edificio se apagaron.
Un segundo después volvieron a encenderse.
Apareció un único mensaje:
ACCESO AUTORIZADO. PROTOCOLO MONTORO ACTIVADO.
Mauricio retrocedió.
—Nos están entrando al sistema.
Adrián miró a Octavio.
Pero Octavio también parecía aterrorizado.
—No son ellos —susurró.
—¿Quiénes?
—Los Montoro no necesitan hackear nada. Tu padre les dio acceso hace diecisiete años.
Adrián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Su teléfono comenzó a sonar.
Era Elena.
La primera llamada desde el divorcio.
Contestó inmediatamente.
—Elena.
Durante unos segundos solo escuchó su respiración.
Después llegó su voz.
—Adrián, escucha con atención. No confíes en nadie que esté dentro de ese edificio.
Adrián miró a Mauricio.
Luego a Octavio.
—¿Por qué?
Elena guardó silencio.
Cuando habló de nuevo, su voz temblaba por primera vez.
—Porque acabo de descubrir quién ordenó destruir nuestro matrimonio.
Adrián apretó el teléfono.
—Dime quién fue.
—No puedo hacerlo por teléfono. Sal de ahí.
Entonces alguien golpeó la puerta de la sala.
Tres golpes lentos.
Octavio perdió completamente el color.
—No abras.
Adrián lo miró.
—¿A quién estabas esperando en el aeropuerto?
Octavio tragó saliva.
Los golpes volvieron a escucharse.
Y finalmente respondió:
—A la persona que todos ustedes creen que murió hace siete años.