Santiago no respondió.
Mantuvo una mano sobre el hombro de Valeria mientras con la otra volvía a cubrir cuidadosamente el paquete bajo las capas empapadas del vestido.
Rodrigo se inclinó hacia ellos.
—Le hice una pregunta, doctor.
Santiago levantó la mirada.
—Y yo estoy atendiendo a una paciente.
—Es mi prometida.
—Entonces debería preocuparle que siga respirando.
El comentario provocó un silencio incómodo entre los invitados.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Valeria está confundida. Lleva semanas comportándose de manera extraña.
Valeria sintió que los dedos se le helaban.
Ahí estaba.
La historia ya había comenzado.
La crisis nerviosa.
La mujer inestable.
La futura esposa incapaz de tomar decisiones.
Todo estaba preparado incluso antes de llegar al altar.
Santiago notó cómo ella volvía a sujetarlo de la muñeca.
—No se lo entregue —susurró.
—No voy a hacerlo.
Rodrigo escuchó.
—¿Entregarme qué?
Antes de que Santiago respondiera, la madre de Valeria apareció entre los invitados.
—¡Por Dios, Valeria! ¿Te das cuenta del espectáculo que acabas de provocar?
Su hija estaba empapada, temblando y apenas podía incorporarse.
Aun así, aquella mujer solo miraba el vestido destruido.
—Hay periodistas invitados. ¿Qué vamos a decirles?
Valeria soltó una risa débil.
—Diles la verdad por una vez.
Su madre palideció.
—¿Qué significa eso?
Valeria miró a Rodrigo.
—Pregúntale por la clínica San Gabriel.
El cambio en el rostro de su prometido fue mínimo.
Santiago lo vio.
—¿Qué clínica? —preguntó la madre.
Rodrigo reaccionó rápidamente.
—No le hagas caso. Está desorientada.
Se volvió hacia dos hombres de seguridad.
—Llévenla dentro.
Santiago se interpuso.
—Nadie la mueve hasta que llegue la ambulancia.
—Soy su futuro esposo.
—Todavía no.
Aquellas palabras parecieron enfurecerlo más que cualquier acusación.
Entonces se escucharon sirenas.
Santiago había pedido una ambulancia desde el teléfono de otro invitado mientras sacaban a Valeria del agua.
Rodrigo se acercó a ella.
—Voy contigo.
—No —dijo Valeria.
—Necesitas que alguien tome decisiones médicas.
Ella lo miró directamente.
—Tú eres la última persona a quien permitiría decidir por mí.
Dentro de la ambulancia, Santiago descubrió algo todavía más preocupante.
Al retirar parte de la cinta médica para examinar el abdomen, encontró moretones antiguos alrededor de las costillas.
No preguntó inmediatamente.
Valeria vio su expresión.
—Rodrigo.
Una sola palabra.
Fue suficiente.
Santiago guardó silencio durante varios segundos.
—¿Hay alguien de confianza a quien podamos llamar?
Valeria pensó.
Su madre estaba del lado de Rodrigo.
Sus amigas estaban en la boda.
El abogado familiar trabajaba también para los Alcázar.
Entonces recordó un nombre.
—Fiscal Elena Barrera.
—¿La conoce?
—No personalmente.
Miró el paquete.
—Pero creo que lleva meses intentando encontrar esto.

En urgencias, Santiago hizo algo sencillo.
Documentó todo.
Cada lesión.
Cada declaración.
Cada vez que Valeria pidió expresamente que Rodrigo no tuviera acceso a ella.
Después entregó el paquete a seguridad hospitalaria para conservarlo temporalmente, dejando constancia de quién lo había encontrado.
Valeria observó el procedimiento.
—Si Rodrigo sabe dónde está…
—Ya no depende solamente de usted.
Por primera vez desde que saltó al agua, respiró con un poco menos de miedo.
Hasta que una enfermera entró.
—Doctor, hay un problema.
—¿Qué ocurre?
—El señor Alcázar llegó acompañado por un abogado.
Valeria cerró los ojos.
—Sabía que vendría.
La enfermera continuó.
—Traen documentos.
Santiago salió al pasillo.
Rodrigo esperaba allí con el traje todavía húmedo.
Junto a él estaba un abogado y un hombre mayor que llevaba una identificación de la clínica San Gabriel.
—Mi prometida necesita ser trasladada —dijo Rodrigo.
Santiago tomó los documentos.
Leyó.
Luego volvió a leer.
Había una evaluación psiquiátrica fechada tres días antes.
Según el informe, Valeria sufría episodios de paranoia, conducta impulsiva y riesgo de hacerse daño.
El salto al río parecía confirmar cada palabra.
—Yo nunca fui evaluada por ningún psiquiatra —dijo Valeria desde la puerta.
Rodrigo la señaló.
—Esto es exactamente de lo que hablábamos.
El hombre de San Gabriel intervino.
—Tenemos preparada una habitación privada.
Valeria sintió que el pánico regresaba.
Todo había sido planeado.
Incluso su intento de escapar podía utilizarse contra ella.
Santiago cerró la carpeta.
—Ella permanece aquí.
El abogado sonrió.
—Doctor, tenga cuidado. Está interfiriendo en un asunto que no conoce.
—Conozco suficiente.
Señaló el informe.
—Y quiero verificar personalmente quién realizó esta evaluación.
El abogado dejó de sonreír.
Cuarenta minutos después llegó la fiscal Elena Barrera.
No llevaba uniforme.
Solo una carpeta negra y dos agentes.
Cuando Valeria dijo su nombre, Elena cerró la puerta.
—Llevamos catorce meses investigando una red de sobornos vinculada a proyectos inmobiliarios alrededor del lago.
Valeria señaló el paquete.
—Entonces esto es suyo.
Elena abrió cuidadosamente la memoria USB en un equipo aislado.
Aparecieron carpetas.
Audios.
Transferencias.
Fotografías.
Listas de nombres.
Elena dejó de hablar.
—¿Dónde consiguió esto?
—En la caja fuerte de Rodrigo.
La fiscal abrió un archivo de audio.
La voz de Rodrigo llenó la habitación.
—Después de la boda tendremos acceso a los terrenos de Montes. Cuando esté internada, nadie podrá bloquear el proyecto.
Otra voz respondió:
—¿Y si habla?
Rodrigo rio.
—Para entonces todos creerán que está loca.
Valeria cerró los ojos.
Pero Elena continuó escuchando.
En otro archivo aparecía la voz de un funcionario hablando sobre pagos.
Después otro.
Y otro.
Hasta que encontraron una carpeta titulada:
MONTES.
Valeria se incorporó.
Ese era el apellido de su familia.
Dentro había fotografías de su abuelo.
Documentos de sus propiedades.
Informes médicos.
Y una grabación realizada cuatro años atrás.
—Mi abuelo murió hace cuatro años —susurró.
Elena reprodujo el audio.
Primero se escuchó la voz de Rodrigo.
Después otra que Valeria reconoció inmediatamente.
Su madre.
—Cuando Valeria herede, podremos manejarla —decía ella—. Pero mi padre jamás aceptará vender mientras siga vivo.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
—No.
Santiago la miró.
El audio continuó.
Rodrigo preguntó:
—¿Entonces qué propone?
La madre de Valeria respondió algo demasiado bajo para entenderlo.
Elena aumentó el volumen.
Pero antes de escuchar la frase completa, uno de los agentes entró apresuradamente.
—Fiscal, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—El paquete entregado a seguridad ya no está.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Cómo que no está?
—Alguien utilizó una credencial médica para retirarlo hace doce minutos.
Santiago palideció.
—¿Qué credencial?
El agente giró la pantalla de su teléfono.
Aparecía la fotografía registrada por la cámara del hospital.
Valeria reconoció inmediatamente a la persona que sostenía el paquete negro.
No era Rodrigo.
No era su abogado.
ERA SU MADRE.
Pero había algo todavía peor.
El registro electrónico indicaba que había utilizado las credenciales personales de Santiago para retirarlo.
Valeria miró al cirujano.
Él permaneció inmóvil.
Entonces la fiscal Elena abrió la última fotografía encontrada en la memoria USB.
Mostraba a Santiago cuatro años antes, sentado frente al abuelo de Valeria.
Sobre la mesa entre ambos estaba exactamente el mismo paquete negro.
Valeria retrocedió.
—¿Usted conocía a mi abuelo?
Santiago no respondió.
—Doctor…
Sus ojos se llenaron de una mezcla extraña de miedo y culpa.
Finalmente habló.
—VALERIA, YO NO ME LANCÉ A ESE RÍO POR CASUALIDAD. LLEVABA CUATRO AÑOS ESPERANDO QUE USTED ENCONTRARA ESA MEMORIA.