A la izquierda estaba el acuerdo de divorcio de Zhou Chengyan:
Compensación: 200.000 yuanes.
A la derecha, el certificado de Shen International Group:
Patrimonio estimado a mi nombre: 42.000 millones.
Me quedé mirando ambos documentos.
Después empecé a reír.
Cada carcajada hacía que mis costillas ardieran, pero no podía detenerme.
Tres años.
Había pasado tres años calculando el precio de las verduras, evitando comprar ropa nueva y preguntándome si una cena demasiado cara molestaría a Zhou Chengyan.
Y ahora él pretendía comprar mi desaparición con una cantidad que, comparada con lo que acababa de descubrir, resultaba casi insultante.
Song Ning permaneció frente a mí.
—¿Desea que rechacemos el acuerdo?
Negué.
—Voy a firmarlo.
Por primera vez, su expresión cambió.
—¿Sin modificar las condiciones?
—Sin modificar una sola palabra.
Tomé el bolígrafo.
Cada movimiento me dolía.
Aun así, escribí mi nombre con calma.
Shen Qingwan.
—Que Zhou Chengyan crea que acepté sus 200.000 yuanes porque no tengo otra opción.
Song Ning comprendió inmediatamente.
—¿Y la transferencia?
—Dónala.
—¿A quién?
Miré los lirios tirados en el suelo.
—A una organización que ayude a mujeres víctimas de violencia.
Song Ning asintió.
Después guardó el acuerdo.
—Hay otro asunto.
Sacó una tableta.
En la pantalla apareció una fotografía de Zhao Jinyue bajando de un automóvil frente a un hotel parisino.
Detrás de ella caminaba Zhou Chengyan.
Él llevaba gafas oscuras.
Ella sonreía.
En su mano brillaba un anillo de compromiso.
Sentí algo dentro del pecho.
Pero no era dolor.
Era el último resto de una ilusión muriendo.
—El compromiso se celebrará dentro de seis días —explicó Song Ning—. La familia Zhao ha invitado a empresarios de Europa y Asia. Quieren anunciar una cooperación valorada en casi ocho mil millones de yuanes.
—¿Con el Grupo Zhou?
—Sí.
—Entonces Chengyan consiguió exactamente lo que quería.
Song Ning me observó unos segundos.
—No exactamente.
Deslizó el dedo por la pantalla.
Apareció un contrato.
Leí la primera página.
Después la segunda.
En la tercera encontré algo que me hizo incorporarme pese al dolor.
La empresa europea que aportaría la mayor parte del capital era Asteria Capital.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo?
Song Ning respondió con tranquilidad:
—Shen International controla el 61 % de Asteria Capital.
La miré.
—¿Zhou Chengyan lo sabe?
—No.
Una sensación extraña recorrió mi cuerpo.
El hombre que me había expulsado de su empresa.
El hombre que había permitido que me golpearan.
El hombre que me había mandado flores después.
Estaba viajando a París para conseguir dinero que, indirectamente, dependía de mi familia.
—¿Mi abuelo puede detener el acuerdo?
—Puede hacerlo con una llamada.
—Entonces que no haga nada.
Song Ning frunció ligeramente el ceño.
—¿Está segura?
—Completamente.
Me recosté.
—Si cancelamos ahora, Chengyan buscará otra salida. Quiero saber hasta dónde llega todo esto.
Song Ning sonrió por primera vez.
—Ahora entiendo por qué el señor Shen insistió tanto en encontrarla.
Aquella tarde me trasladaron a una habitación privada del último piso.
Había flores nuevas, un médico especialista y dos personas vigilando la puerta.
Pero lo más importante llegó a las siete.
Mi abuelo.
Shen Guowei entró apoyándose en un bastón de madera oscura.
Tenía el cabello completamente blanco.
Se detuvo al verme.
Sus ojos bajaron lentamente hacia mi rostro hinchado.
Luego hacia mis brazos.
Después hacia los vendajes.
La mano que sujetaba el bastón comenzó a temblar.
—¿Él hizo esto?
No supe qué responder.
El anciano cerró los ojos.
—Tu madre tenía razón.
Mi corazón se aceleró.
—¿Sobre qué?
Se sentó frente a mí.
—Sobre los Zhou.
La habitación quedó en silencio.
—Abuelo… ¿conocías a Zhou Chengyan?
Su expresión se endureció.
—Conocí a su padre.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasó?
Shen Guowei miró hacia la ventana.
—Hace veintiséis años, la familia Zhou casi desapareció. Estaban endeudados. Nadie quería prestarles dinero.
Hizo una pausa.
—Tu madre los salvó.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi madre?
—Invirtió en secreto en su primera fábrica. Sin ese dinero, hoy no existiría ningún Grupo Zhou.
Todo lo que sabía sobre mi matrimonio empezó a deformarse.
—Entonces ¿Chengyan sabía quién era yo?
Mi abuelo tardó demasiado en responder.
—Eso es lo que necesitamos descubrir.
Tres días después pude caminar lentamente por la habitación.
Mi ojo comenzaba a desinflamarse.
Entonces recibí un mensaje.
Zhou Chengyan.
“Me dijeron que firmaste. Al menos finalmente hiciste algo sensato.”
Lo leí dos veces.
Después llegó otro.
“Los 200.000 deberían bastarte para empezar de nuevo. No vuelvas a buscarme.”
Song Ning estaba a mi lado.
—¿Desea responder?
Apagué la pantalla.
—No.
A miles de kilómetros, Zhou Chengyan todavía pensaba que había ganado.
Y quería que siguiera pensándolo.
Esa noche recibimos información desde París.
El compromiso se celebraría en el Château Beaumont.
Más de doscientos invitados.
Prensa financiera.
Representantes de la familia Zhao.

Directivos del Grupo Zhou.
Y tres miembros del consejo europeo de Asteria Capital.
Mi abuelo dejó una invitación sobre la mesa.
—Quiero que vengas conmigo.
Miré mi reflejo.
Todavía tenía marcas visibles.
—No voy a esconderlas.
—No te lo he pedido.
—Entonces iré.
Dos días después aterrizamos en París.
No publiqué fotografías.
No llamé a Zhou Chengyan.
Nadie de la familia Zhou sabía que había salido de China.
La noche del compromiso entré al salón acompañada por mi abuelo y Song Ning.
Las conversaciones comenzaron a apagarse.
Vi a Zhao Jinyue primero.
Vestía de blanco.
Después vi a Zhou Chengyan.
Estaba hablando con un grupo de inversionistas cuando levantó la cabeza.
Su copa quedó suspendida en el aire.
Me había visto.
Su rostro perdió el color.
Zhao Jinyue siguió su mirada.
—¿Qué hace ella aquí?
Zhou Chengyan caminó hacia mí.
—Shen Qingwan.
Su voz era baja.
Amenazante.
—¿Quién te permitió venir?
Antes de que pudiera responder, mi abuelo avanzó.
Zhou Chengyan lo reconoció.
Su expresión cambió instantáneamente.
—Señor Shen…
Shen Guowei ni siquiera le respondió.
Me ofreció el brazo.
—Qingwan, ven. Hay personas que quiero presentarte.
El presidente de Asteria Capital levantó su copa.
—Señorita Shen, finalmente es un honor conocer a nuestra principal accionista heredera.
Escuché cómo alguien dejaba caer una copa.
Zhao Jinyue se quedó blanca.
Zhou Chengyan me miraba como si acabara de ver regresar a alguien de entre los muertos.
Me acerqué a él.
—Felicidades por tu compromiso.
—Tú…
—Por cierto, recibí tus 200.000 yuanes.
Sonreí.
—Gracias. Los doné.
Entonces el teléfono de Zhou Chengyan comenzó a sonar.
Lo miró.
Su expresión se congeló.
—¿Qué ocurre? —preguntó Zhao Jinyue.
Él no contestó.
Yo alcancé a ver el mensaje en la pantalla.
ASTERIA CAPITAL: FINANCIACIÓN SUSPENDIDA.
Zhou Chengyan levantó lentamente la mirada hacia mí.
—¿Fuiste tú?
—No.
Y era verdad.
Yo no había ordenado nada.
Miré a Song Ning.
Ella tampoco entendía.
Entonces mi abuelo recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro cambió.
—¿Estás seguro?
Colgó.
—Qingwan, tenemos que irnos.
—¿Qué pasó?
Mi abuelo miró a Zhou Chengyan.
—Alguien acaba de intentar vender tus acciones de Shen International usando tu firma.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Eso es imposible.
—No es lo peor.
Shen Guowei bajó la voz.
—La autorización fue registrada hace tres años.
Tres años.
Exactamente cuando me casé con Zhou Chengyan.
Volví la cabeza.
Él ya no parecía sorprendido.
Parecía aterrorizado.
Y en ese instante comprendí algo.
Zhou Chengyan sabía perfectamente quién era yo desde el principio.