La doctora Paloma volvió a examinar la pequeña marca en el brazo de Esperanza.
—¿Has despertado alguna vez sintiéndote mareada?
Esperanza tardó en responder.
—Sí.
La madre Caridad se acercó.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé. Pensaba que era cansancio.
Paloma tomó una muestra de sangre.
—Quiero analizarla antes de sacar conclusiones.
Entonces preguntó algo que hizo que Esperanza perdiera su serenidad.
—¿Recuerdas algo extraño de las semanas anteriores a tus otros embarazos?
La joven monja cerró los ojos.
Durante varios segundos solo se escuchó el antiguo reloj de la enfermería.
—Un olor.
—¿Qué olor?
—Dulce. Como flores mezcladas con medicina.
Caridad sintió un escalofrío.
Conocía aquel aroma.
Lo había percibido algunas noches en el corredor del ala norte.
Siempre creyó que provenía de los productos utilizados para limpiar la enfermería.
—¿Algo más?
Esperanza se llevó una mano a la frente.
—Una campana.
Caridad frunció el ceño.
—Las campanas no suenan durante la madrugada.
—Esta sí.
Esperanza abrió los ojos.
—Pero parecía sonar detrás de la pared de mi habitación.
Aquella misma tarde, la madre Caridad revisó personalmente las cerraduras.
El convento tenía tres accesos exteriores.
La puerta principal.
La cocina.
Y una antigua salida hacia el cementerio.
Las tres permanecían cerradas cada noche.
Solo cuatro personas poseían llaves maestras.
Caridad.
La hermana encargada de la cocina.
La responsable de mantenimiento.
Y…
Caridad se quedó inmóvil frente al registro.
La cuarta llave pertenecía a la enfermería.
Durante años había supuesto que Paloma la conservaba para emergencias.
Fue a buscarla inmediatamente.
—¿Dónde está tu llave maestra?
La doctora abrió su bolso.
Sacó un llavero.
La llave seguía allí.
—Nunca se la presto a nadie.
Caridad la examinó.
Entonces descubrió algo.
En el metal había una pequeña marca rectangular.
—¿Qué es esto?
Paloma palideció.
—Parece residuo de molde.
—¿Molde?
—Alguien pudo presionar la llave contra un material blando para copiar su forma.
Las dos mujeres se miraron.
Ya no buscaban a alguien con autorización para entrar.
Buscaban a alguien que había fabricado su propio acceso.
Esa noche Caridad no durmió.
Esperó hasta que las luces se apagaron.
A las once revisó personalmente la habitación de Esperanza.
Miguel y su hermano menor dormían en pequeñas camas cercanas.
—Cierra desde dentro —ordenó Caridad—. No abras a nadie.
—¿Qué hará usted?
—Descubrir quién camina por estos pasillos cuando todas creemos estar dormidas.
Caridad apagó las luces y se ocultó en una pequeña sala frente al corredor.
Pasó una hora.
Después otra.
Nada.
Hasta las dos y diecisiete.
Entonces lo escuchó.
Un sonido diminuto.
Tin.
Caridad levantó la cabeza.
No era la campana de la capilla.
Tin.

Venía del interior del muro.
Después apareció el olor.
Dulce.
Floral.
Exactamente como Esperanza lo había descrito.
Caridad salió de su escondite.
Avanzó siguiendo el sonido hasta una vieja imagen religiosa colgada cerca de la habitación de Esperanza.
La retiró.
Detrás había una corriente de aire.
Presionó la pared.
Nada.
Entonces recordó la cinta médica.
Miró hacia abajo.
Había una línea casi invisible en el suelo.
Una separación entre dos piedras.
Caridad introdujo los dedos.
Tiró.
Una sección estrecha del muro se abrió.
Detrás había una escalera.
La religiosa sintió que el corazón golpeaba contra su pecho.
El convento tenía un pasadizo secreto.
Y alguien lo estaba utilizando.
Descendió.
Los escalones terminaban en un corredor subterráneo.
Caridad avanzó hasta encontrar una habitación iluminada.
Lo que vio dentro hizo que tuviera que apoyarse contra la pared.
Había material médico.
Guantes.
Jeringas cerradas.
Frascos.
Expedientes.
Y fotografías de Esperanza.
Decenas.
Tomadas mientras dormía.
Caridad sintió náuseas.
Sobre una mesa encontró tres carpetas.
Cada una tenía una fecha.
Las fechas coincidían aproximadamente con los tres embarazos.
Abrió la primera.
Había informes médicos.
Abrió la segunda.
Más documentos.
Entonces abrió la tercera.
Solo contenía una fotografía.
La imagen mostraba a Esperanza dormida en su habitación.
Pero alguien estaba de pie junto a su cama.
El rostro quedaba fuera del encuadre.
Caridad observó la ropa.
Un hábito.
Aquella persona pertenecía al convento.
Un ruido sonó detrás de ella.
Caridad apagó inmediatamente su linterna.
Alguien descendía por las escaleras.
Se escondió detrás de un armario.
Una figura entró.
Llevaba hábito.
Guantes.
Y una pequeña caja médica.
Caridad contuvo la respiración.
La figura dejó la caja sobre la mesa y comenzó a revisar los expedientes.
Entonces sonó un teléfono.
La persona contestó.
—Sí.
Caridad reconoció la voz.
Sus ojos se abrieron.
No podía creerlo.
Pero antes de escuchar un nombre, su propio teléfono vibró dentro del bolsillo.
La figura se quedó inmóvil.
Caridad también.
El sonido había revelado su presencia.
La persona comenzó a acercarse al armario.
Caridad salió corriendo.
Subió los escalones mientras escuchaba pasos detrás.
Llegó al corredor.
Corrió hacia la enfermería.
—¡Paloma!
Nadie respondió.
La puerta estaba abierta.
Entró.
La doctora no estaba.
Sobre la mesa encontró los resultados preliminares del análisis de Esperanza.
Caridad tomó las hojas.
Leyó.
Y sintió que se le debilitaban las piernas.
Los resultados indicaban la presencia reciente de un sedante.
Pero debajo había una anotación escrita apresuradamente por Paloma.
“LOS DOS NIÑOS DEBEN SER ANALIZADOS. ENCONTRÉ LA MISMA ANOMALÍA EN SUS EXPEDIENTES.”
Entonces escuchó un golpe proveniente de la antigua capilla.
Caridad siguió el ruido hasta la cripta.
La puerta estaba abierta.
Dentro había varios ataúdes pertenecientes a antiguas religiosas.
Uno estaba fuera de lugar.
Caridad se acercó.
Sobre la tapa encontró el rosario de Paloma.
—¿Doctora?
Silencio.
Levantó lentamente la tapa.
Pero antes de poder mirar completamente el interior, alguien habló detrás de ella.
—No debería haber llegado hasta aquí, madre.
Caridad reconoció aquella voz.
Se giró.
Y el terror no vino de descubrir quién estaba frente a ella.
Vino de ver que aquella persona llevaba en las manos el expediente original de adopción de la hermana Esperanza.