Diego quiso apartar la mirada de la pantalla.
No pudo.
La grabación continuó.
Mariana estaba sentada sobre el escritorio de su abuelo mientras Mauricio cerraba las cortinas. Ella sostenía una copa de vino y sonreía con una tranquilidad que Diego jamás había visto en sus doce años de matrimonio.
—¿Y si Diego sospecha? —preguntó Mauricio.
Mariana soltó una carcajada.
—Diego no sospecha de nadie. Ese es precisamente su problema.
Mauricio se acercó.
—Cuando Aurelio muera, tu padre controlará las acciones.
—Por unas semanas.
La sonrisa de Mariana desapareció.
—Después también nos ocuparemos de él.
Diego pausó el video.
—¿De su propio padre?
Don Aurelio permanecía sentado en la cama, sostenido por varias almohadas. El doctor Salazar había llegado hacía una hora y, tras examinarlo, insistió en administrarle líquidos y mantenerlo bajo vigilancia.
—Continúa —ordenó el anciano.
—Don Aurelio…
—Continúa.
Diego presionó reproducir.
Mauricio abrió una carpeta.
—Ernesto cree que será presidente del consejo.
—Mi padre cree muchas cosas.
Mariana tomó un documento.
—Lo importante es que firme esto antes de descubrir que las garantías están comprometidas.
Diego sintió un escalofrío.
Conocía aquella expresión.
Garantías comprometidas.
Trabajaba desde hacía nueve años supervisando operaciones del consorcio Salgado. Sabía perfectamente lo que significaba.
—¿Qué garantías?
Don Aurelio señaló la memoria.
—Carpeta siete.
Diego la abrió.
Había contratos bancarios.
Créditos.
Pagarés.
Documentos de importación.
Y fotografías de firmas.
Su estómago se cerró cuando reconoció una de ellas.
Diego Morales.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé.
—Aquí dice que autoricé maquinaria de la empresa como garantía de un préstamo por cuarenta y ocho millones de pesos.
—Lo sé.
Diego levantó la vista.
—¿Desde cuándo?
—Once meses.
La habitación quedó en silencio.
—¿Y usted permitió que siguiera?
Los ojos de Aurelio se endurecieron.
—Necesitaba saber hasta dónde llegarían.
—¡Podrían haber destruido la empresa!
—No.
Aurelio señaló la caja de cedro que Diego había llevado desde la cocina.
—Porque la empresa que ellos creen estar robando ya no les pertenece.
Diego frunció el ceño.
Antes de poder preguntar, llamaron tres veces a la puerta principal.
El licenciado Octavio Rivas entró acompañado por una mujer de traje oscuro y dos hombres que cargaban maletines.
Cuando vio a Aurelio despierto, no mostró sorpresa.
—Don Aurelio.
—Octavio.
—Entonces finalmente terminó.
—Esta noche.
Rivas dejó un maletín sobre la mesa.
—¿Está seguro?
Aurelio miró a Diego.
—Completamente.
El abogado sacó varios documentos.
—Hace dieciocho meses, don Aurelio transfirió el control mayoritario del consorcio a un fideicomiso privado.
Diego sintió que algo no encajaba.
—¿Quién es el beneficiario?
Rivas no respondió.
Miró al anciano.
Aurelio habló lentamente.
—Tú.
Diego soltó una risa nerviosa.
—No.
Nadie sonrió.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene más sentido que dejarle cincuenta años de trabajo a quienes estaban esperando mi muerte.
—Pero yo no soy familia.
—Precisamente.
Aquella palabra cayó como una piedra.
Aurelio señaló la pantalla.
—Ellos tuvieron mi apellido. Tú tuviste elección.
Diego negó con la cabeza.
—No puedo aceptar algo así.
—Todavía no te estoy pidiendo que lo aceptes.
El anciano tomó aire.
—Te estoy pidiendo que sobrevivas a lo que viene.
A las once y diecisiete de la noche, el celular de Diego comenzó a sonar.
Mariana.
No contestó.
Volvió a llamar.
Después Ernesto.
Luego Beatriz.
Finalmente llegó un mensaje.
“¿Por qué cancelaron mis tarjetas?”
Diego miró a Rivas.
—¿Usted hizo eso?
—No.
Don Aurelio sonrió por primera vez.
—Yo.
Otro mensaje apareció.
“Diego, contesta AHORA.”
Después otro.
“Papá dice que las cuentas de la empresa están bloqueadas.”
Y finalmente:
“Mauricio desapareció.”
Diego levantó la mirada.
—¿Desapareció?
Rivas abrió su computadora.
—No exactamente.
Giró la pantalla.
Había un registro de vuelo.
Cancún-Ciudad de Panamá.
Pasajero: Mauricio Valdés.
Salida: 22:40.
—Se fue —murmuró Diego.
—Con algo más importante que una maleta —respondió Aurelio.
El abogado abrió otra carpeta.
Transferencias.
Una detrás de otra.
Tres millones.
Cinco millones.
Nueve millones.
El dinero había salido de sociedades relacionadas con el consorcio durante meses.
Destino final desconocido.
Total: setenta y tres millones de pesos.
Diego sintió náuseas.
—Mariana sabía esto.
Aurelio no respondió.
Ese silencio fue suficiente.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Mariana.
Esta vez Diego contestó.
—¿Qué hiciste? —gritó ella inmediatamente.
Diego permaneció tranquilo.
—Estoy en casa.
Al otro lado hubo un silencio.
—¿Entraste al cuarto de mi abuelo?
—Sí.
—Diego, escúchame. No sabes lo que está pasando.
Miró a Aurelio.
El anciano negó lentamente.
—Entonces explícamelo.
—Mauricio nos engañó.
—¿A todos?
—Sí.
—Qué extraño.
Diego observó la grabación pausada donde Mariana aparecía besándolo.
—Parecían bastante unidos.
Silencio.
Después escuchó la respiración de su esposa cambiar.
—¿Qué viste?
—Suficiente.
—Diego…
—¿Cuánto tiempo?
—No hagas esto por teléfono.
—¿Cuánto tiempo llevas acostándote con él?

Mariana guardó silencio.
Diego cerró los ojos.
La respuesta dolió más precisamente porque nunca llegó.
—Regreso mañana —dijo ella finalmente.
—Pensabas quedarte dos semanas.
—Las cosas cambiaron.
—Sí. Cambiaron.
Colgó.
Don Aurelio lo observaba.
—Eso no era lo peor.
Diego sintió miedo de preguntar.
—¿Qué falta?
Aurelio señaló una carpeta marcada con una fecha de hacía seis años.
—Ábrela.
Dentro había fotografías de un automóvil destrozado.
Un informe policial.
Un certificado de defunción.
Diego reconoció inmediatamente el nombre.
Gabriel Salgado.
El único hijo de Aurelio.
El tío de Mariana.
Había muerto en un accidente carretero seis años antes.
—¿Qué tiene que ver esto?
Rivas respondió:
—Gabriel descubrió las primeras irregularidades financieras.
Diego levantó lentamente la cabeza.
—¿Está diciendo que su muerte no fue un accidente?
—No puedo demostrarlo todavía —dijo Aurelio—. Pero tres días antes de morir me envió algo.
Abrió otro archivo.
Era un audio.
La voz de Gabriel llenó la habitación.
“Papá, si estás escuchando esto, significa que no pude detenerlos. Ernesto está moviendo dinero, pero no trabaja solo. Hay alguien dentro de la familia ayudándolo.”
Se escuchó un ruido.
Gabriel bajó la voz.
“Y hay algo más. Mariana no es quien todos creemos.”
Diego dejó de respirar.
La grabación terminó abruptamente.
—¿Qué significa eso?
Aurelio miró hacia la puerta.
En ese preciso instante, las luces de la casa se apagaron.
Todo quedó negro.
El doctor Salazar se levantó.
—¿Qué ocurrió?
Entonces sonó una alarma desde el teléfono oculto de Aurelio.
Una cámara exterior acababa de detectar movimiento.
Rivas abrió la transmisión.
Un vehículo negro había estacionado frente a la propiedad.
Bajaron dos hombres.
Luego una mujer.
Diego acercó la imagen.
Sintió que el corazón se le detenía.
Era Mariana.
Había dicho que regresaría mañana.
Pero ya estaba allí.
Y sostenía en la mano la misma caja de cedro que Diego había encontrado sobre la mesa.
Aurelio palideció.
—No puede ser.
—¿Qué contiene esa caja?
El anciano no respondió.
Afuera, Mariana levantó la mirada directamente hacia la cámara.
Y sonrió.
Entonces Aurelio susurró:
—Diego… si ella consiguió esa caja, significa que Mauricio nunca huyó de ellos. Huyó de nosotros.