Damian tardó diecisiete minutos en llegar a la bodega.
Diecisiete minutos durante los cuales todavía creyó que podía arreglarlo todo.
Cuando el Bentley frenó frente al edificio abandonado, bajó antes de que sus hombres abrieran la puerta.
—¡Isabella!
Su voz retumbó entre las paredes.
Nadie respondió.
Damian entró con el arma levantada mientras sus hombres revisaban cada habitación.
Encontraron cuerdas cortadas.
Un teléfono destruido.
Una silla volcada.
Y manchas oscuras sobre el suelo.
Entonces Damian dejó de respirar.
Elena apareció detrás de él.
—Damian…
Él levantó una mano.
—No las mires.
Pero ya era demasiado tarde.
Uno de sus hombres regresó corriendo.
—Jefe, encontramos huellas de neumáticos. Salieron hace menos de una hora.
Damian se volvió.
—Cierren todas las carreteras. Estaciones. Aeropuertos. Hospitales.
—Sí, señor.
—Quiero a Isabella antes del anochecer.
El hombre dudó.
—Hay otra cosa.
Damian lo miró.
—Habla.
—Por la cantidad de sangre…
No terminó.
No necesitaba hacerlo.
La mano de Damian cayó lentamente sobre el vientre vacío del aire frente a él, como si todavía pudiera recordar dónde había acariciado a su hijo la última noche que durmió junto a mí.
—No —susurró.
Elena se acercó.
—Quizá el bebé…
—¡Cállate!
Fue la primera vez que Damian le gritó.
Ella retrocedió, pálida.
Él sacó el teléfono y llamó a todos los hospitales privados de la región.
Nada.
Hasta que recibió una llamada.
—Señor Moretti, encontramos la camioneta.
Damian llegó veinte minutos después.
El vehículo estaba abandonado junto a una carretera secundaria.
La puerta trasera permanecía abierta.
En el asiento encontró mi abrigo.
Y debajo, el pequeño gorro gris que había comprado para nuestro hijo.
Damian lo reconoció inmediatamente.
Yo se lo había mostrado una semana antes.
—Mira —le dije entonces, sonriendo—. Será lo primero que use cuando nazca.
Él había besado mi vientre.
—Nuestro hijo tendrá todo.
Ahora Damian sostuvo aquel gorro entre las manos.
Y por primera vez comprendió que poseer media ciudad no significaba poder recuperar aquello que había decidido no proteger.
—¿Dónde está mi esposa?
Nadie respondió.
Entonces uno de sus hombres encontró una cámara de tráfico.
Las imágenes mostraban la camioneta deteniéndose frente a una pequeña clínica.
Dos desconocidos me bajaban inconsciente.
Minutos después, una ambulancia salía del lugar.
Damian exigió conocer el destino.
El médico de guardia tardó en responder.
—La paciente llegó en estado crítico.
—¿Y el bebé?
El silencio fue suficiente.
Damian cerró los ojos.
—Pregunté por mi hijo.
—No pudimos salvar el embarazo.
Algo se quebró detrás de sus ojos.
—¿Dónde está Isabella?
El médico revisó el expediente.
Su expresión cambió.
—Eso es extraño.
—¿Qué?
—Fue trasladada.
—¿Adónde?
—Aquí no aparece.
Damian levantó lentamente la mirada.
—Encuéntrelo.
—Señor, yo…
—Encuentre a mi esposa.
Durante las siguientes horas, la ciudad se convirtió en una jaula.
Sus hombres revisaron carreteras, clínicas y aeropuertos.
Nada.
Yo había desaparecido.
Al amanecer, Damian regresó a la villa.
Elena estaba esperándolo.
Sobre la mesa había colocado una taza de café.
—Debes descansar.
Damian miró aquella taza durante varios segundos.
Después observó la iglesia visible en una fotografía que Elena conservaba.
El terreno por el que había ignorado mi súplica.
—¿Valió la pena?
Elena palideció.
—¿Qué?
—La iglesia.
—Damian…
—Te pregunté si valió la pena.
Ella bajó la mirada.
—No sabíamos que Isabella estaba realmente secuestrada.

Damian soltó una risa vacía.
—Ella me lo dijo.
—Pensaste que mentía.
—Porque quería pensarlo.
Elena permaneció en silencio.
Entonces Damian recordó nuestra boda.
Mi barbilla apoyada sobre su hombro.
Mi voz riendo.
“Si algún día me traicionas, te devolveré el golpe con tanta fuerza que pasarás el resto de tu vida sin poder encontrarme.”
En aquel momento había pensado que era una broma.
Ahora aquellas palabras parecían una sentencia.
Su teléfono vibró.
Era su abogado.
—Señor Moretti, tenemos un problema.
—¿Encontraron a Isabella?
—No.
Damian apretó los dientes.
—Entonces no me llames.
—Debe escuchar esto.
Hubo un silencio.
—Su esposa presentó documentos hace tres meses.
Damian se quedó inmóvil.
—¿Qué documentos?
—Una autorización para transferir sus participaciones personales fuera de las empresas compartidas en caso de emergencia.
—Eso no significa nada.
—Hay más.
El abogado respiró profundamente.
—También modificó su testamento y dejó instrucciones para desaparecer legalmente de cualquier propiedad vinculada al apellido Moretti.
Damian sintió frío.
Tres meses.
Yo llevaba tres meses preparándome.
Mucho antes del secuestro.
Mucho antes de aquella llamada.
—¿Por qué haría eso?
El abogado tardó demasiado en responder.
—Quizá porque ya sabía lo de Elena.
Damian giró lentamente hacia ella.
La joven estaba junto a la ventana.
De repente, aquel mundo secreto bajo tierra dejó de parecer una aventura separada de su matrimonio.
Era una traición.
Y yo lo había descubierto.
El teléfono vibró nuevamente.
Esta vez era un número desconocido.
Damian contestó inmediatamente.
—¿Isabella?
No hubo respuesta.
Solo una grabación.
Mi voz.
Débil.
Pero perfectamente reconocible.
—Damian, si estás escuchando esto, significa que finalmente decidiste buscarme.
Él se levantó de golpe.
—¡Isabella!
La grabación continuó.
—No intentes rastrear este número.
Damian hizo una señal desesperada a sus hombres.
—Localícenla.
—Durante años me dijiste que yo era la única mujer capaz de hacerte sentir miedo.
Mi voz tembló.
—Supongo que por fin descubrirás si era verdad.
Después llegó un silencio.
Y finalmente pronuncié las palabras que hicieron que Damian Moretti, el hombre al que toda la ciudad temía, se quedara completamente paralizado.
—Nuestro hijo murió mientras tú protegías el futuro de Elena. Así que ahora voy a proteger el mío de ti.
La llamada terminó.
Damian lanzó el teléfono contra la pared.
—¡ENCUÉNTRENLA!
Nadie se movió.
Porque en ese mismo instante otro teléfono comenzó a sonar.
El de Elena.
Ella miró la pantalla.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Quién es? —preguntó Damian.
Elena escondió el teléfono detrás de su espalda.
Demasiado tarde.
Damian había visto el nombre.
No decía Isabella.
Era peor.
Era el nombre del hombre que había dirigido mi secuestro.
Damian levantó lentamente los ojos hacia Elena.
—¿Por qué demonios te está llamando a ti?
Elena retrocedió.
—Puedo explicarlo.
Damian avanzó un paso.
El teléfono continuó sonando entre sus manos.
Una vez.
Dos.
Tres.
Finalmente, Damian se lo arrancó y contestó.
Del otro lado, una voz masculina habló sin saber quién escuchaba.
—Elena, tenemos un problema.
Hizo una pausa.
—Isabella escapó antes de que pudiéramos terminar el trabajo… y se llevó la prueba que puede destruirlos a los dos.
Damian no dijo una palabra.
Solo levantó lentamente la mirada hacia Elena.
Y por primera vez comprendió que quizá nunca había sabido quién era realmente la mujer por la que acababa de perder a su esposa.