—Nadie apaga esa transmisión.
La voz de Susan Parker atravesó el estudio con tanta fuerza que incluso Daniel dejó de gritar.
Las luces seguían encendidas.
La cámara principal continuaba transmitiendo.
Y el contador de espectadores acababa de superar los 9,4 millones.
Susan caminó hasta la sala de control, dejó el contrato de Belleza Couture sobre la consola y miró a Daniel.
—¿Quién autorizó despedir a Emily durante una transmisión pagada por nosotros?
Daniel abrió la boca.
—Susan, esto es un asunto interno.
—No mientras mi marca esté poniendo treinta millones de dólares sobre esta mesa.
Richard Hale apareció detrás de ella.
El vicepresidente intentó recuperar el control.
—La decisión ya estaba tomada. Emily conocía los riesgos de una reestructuración.
Susan levantó una ceja.
—Qué curioso.
Abrió el contrato.
—Porque aquí hay una cláusula que ustedes parecen haber olvidado.
Pasó varias páginas.
Luego señaló una línea.
“Belleza Couture podrá rescindir inmediatamente el acuerdo si Stellar Media modifica sin autorización previa al presentador principal asignado a la campaña.”
El silencio fue absoluto.
Daniel miró a Richard.
Richard miró a Laura.
Laura bajó la vista.
Susan continuó:
—Emily Carter aparece nombrada específicamente.
Daniel intentó sonreír.
—Pero Emily ya realizó la transmisión.
—No.
Susan señaló las cámaras.
—La campaña dura seis meses.
Después me miró.
—Y nosotros contratamos seis meses con ella.
Por primera vez aquella noche sentí que Daniel realmente tenía miedo.
Se acercó rápidamente a mí.
—Emily, podemos hablar.
No respondí.
En la pantalla, los comentarios explotaban.
“NO CORTEN EL LIVE.”
“QUEREMOS SABER QUÉ PASÓ.”
“EMILY NO SE VA.”
“¿LA DESPIDIERON DESPUÉS DE VENDER 12 MILLONES?”
Entonces apareció otro número.
El contador de ventas.
Las compras se habían detenido casi por completo.
Las devoluciones, en cambio, empezaban a subir.
12,4 millones.
12,1.
11,8.
Daniel palideció.
—Tenemos que estabilizar esto.
Richard agarró un auricular.
—Madison, entra al estudio.
La puerta lateral se abrió.
Madison Blake apareció perfectamente maquillada.
Sonreía.
Pero cuando vio a Susan, perdió parte de aquella seguridad.
Richard hizo una señal al equipo.
—Cambiamos de presentadora.
Susan golpeó el contrato contra la mesa.
—Inténtelo.
Richard se quedó quieto.
—No puede controlar nuestras decisiones internas.
—Correcto.
Susan tomó el teléfono.
—Pero puedo retirar mi marca.
Marcó un número.
Daniel reaccionó.
—Susan, espere.
Ella ni siquiera lo miró.
—Cancelen inmediatamente todos los códigos promocionales de Stellar Media.
Daniel corrió hacia ella.
—¡No haga eso!
Susan apartó el teléfono.
—¿Ahora quiere hablar?
El contador de audiencia llegó a 10 millones.
Yo seguía frente a la cámara.
No había vuelto a decir una palabra.
Finalmente Susan se acercó.
—Emily.
—Sí.
—¿Quieres continuar?
La pregunta me sorprendió.
Daniel respondió por mí.
—Claro que continuará.
Susan lo miró.
—No le pregunté a usted.
Volvió hacia mí.
—¿Quieres seguir trabajando esta noche?
Miré la mesa.
Los productos.
Las luces.
El estudio que prácticamente había construido desde cero.
Después observé a Madison.
Tenía mis guiones impresos en la mano.
Mis frases.
Mis marcas.
Mis estrategias.
Todo preparado para reemplazarme segundos después de que saliera por la puerta.
—No.
Daniel cerró los ojos.
—Emily, piensa bien.
Lo miré.
—Eso estoy haciendo.
Me quité la identificación de Stellar Media.
La dejé sobre la mesa.
—Estoy despedida. Así que ya no vendo para ustedes.
El chat volvió a explotar.
Susan sonrió apenas.
—Perfecto.
Cerró el contrato.
—Entonces Belleza Couture tampoco.
Richard perdió la paciencia.
—Esto es absurdo. Tenemos un contrato firmado.
Susan levantó la carpeta.
—Que ustedes acaban de incumplir.
Después pidió a su equipo legal que entrara.
Dos abogados aparecieron desde el pasillo.
Uno entregó una notificación formal a Daniel.
Suspensión inmediata de la campaña.
Daniel dejó de fingir calma.
—Emily, ¿esto lo planeaste?
Lo miré incrédula.
—Me despediste hace diez minutos.
—No me vengas con eso. Susan no habría reaccionado así si tú no hubieras hablado con ella antes.
Susan intervino.
—La señora Carter no sabía que yo venía.
—Entonces ¿por qué apareció justamente hoy?
Susan guardó silencio.
Y esa pausa cambió el ambiente.
La miré.
—¿Por qué viniste?
Susan respiró hondo.
—Porque recibí un correo esta mañana.
Richard frunció el ceño.
—¿De quién?
Susan abrió su teléfono.
—De alguien dentro de Stellar.
Mostró la pantalla.
El mensaje decía:
“Después de la transmisión de esta noche, Emily Carter será despedida y reemplazada por Madison Blake. Si Belleza Couture depende de Emily, prepárense.”
Me quedé helada.
—Yo no envié eso.
—Lo sé.
Susan amplió el mensaje.
—Llegó desde una cuenta interna.
Richard se volvió hacia los empleados de sistemas.
—Averigüen quién.
Laura, de Recursos Humanos, empezó a retroceder.
Lo noté.
Susan también.
—Laura.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—¿Sabías que Emily iba a ser despedida hoy?
Laura tragó saliva.
—Recibí instrucciones.

—¿De quién?
Miró a Richard.
Después a Daniel.
Nadie habló.
—Laura —dijo Susan—, hay diez millones de personas mirando.
La mujer cerró los ojos.
Y entonces dijo:
—El despido no fue por reestructuración.
Daniel se puso de pie.
—Cállate.
Demasiado tarde.
Laura continuó.
—Richard ordenó despedirla hace tres semanas.
Madison palideció.
—Eso no es verdad.
Laura la miró directamente.
—Sí lo es.
Sacó una carpeta del escritorio.
—También ordenó transferir todos los contactos comerciales de Emily a Madison antes de notificarle la salida.
Richard avanzó.
—Esa documentación es confidencial.
—Y yo ya no voy a cargar con esto.
Laura colocó varias hojas frente a Susan.
Había correos.
Memorandos.
Órdenes internas.
En uno aparecía una frase escrita por Richard:
“Necesitamos que Emily cierre primero Belleza Couture. Después Madison puede quedarse con la cuenta.”
Susan leyó lentamente.
Daniel parecía incapaz de moverse.
Yo sentí algo mucho más frío que rabia.
Habían planeado exprimir hasta mi último minuto.
Entonces el teléfono de Susan vibró.
Lo miró.
Su expresión cambió.
—Tenemos otro problema.
—¿Cuál? —preguntó Daniel.
Susan giró el teléfono hacia nosotros.
Era una publicación que ya se estaba haciendo viral.
Un antiguo empleado de Stellar Media había subido documentos que mostraban cifras de campañas anteriores.
Ventas infladas.
Audiencias compradas.
Informes alterados.
Y nombres de marcas a las que Stellar había cobrado por resultados que nunca existieron.
Richard perdió el color del rostro.
—Eso es falso.
Susan siguió deslizando.
—No parece falso.
Entonces llegó otra publicación.
Esta vez incluía correos internos.
Uno de ellos mencionaba a Madison.
Otro a Richard.
Y uno llevaba mi nombre.
Pero yo jamás lo había visto.
Supuestamente, yo autorizaba manipular informes.
—Ese correo no es mío —dije.
Laura se acercó a la pantalla.
—Emily tiene razón.
—¿Cómo lo sabes?
Laura levantó lentamente la mirada.
—Porque yo vi quién lo fabricó.
Richard caminó hacia la puerta.
Susan dio una orden.
—Que nadie salga.
Dos miembros de seguridad bloquearon el paso.
Richard se volvió furioso.
—No puede retenerme.
—Yo no.
Susan señaló hacia el pasillo.
—Pero ellos sí pueden querer hablar con usted.
Se escucharon pasos.
Entraron tres personas con identificaciones corporativas.
Auditoría externa.
El hombre que iba al frente abrió una carpeta.
—Stellar Media recibió esta tarde una denuncia formal por manipulación de datos comerciales y falsificación de comunicaciones internas.
Daniel miró a Richard.
Madison empezó a llorar.
Y yo seguía frente a una cámara que todavía transmitía para millones.
Entonces el auditor me miró.
—Señora Carter.
—¿Sí?
—Necesitamos hacerle una pregunta.
—Adelante.
Sacó una copia de un documento.
Era mi contrato laboral.
Pero había una página añadida que yo nunca había firmado.
Una cláusula que supuestamente les cedía a Stellar Media todos mis contactos, estrategias y cuentas futuras durante cinco años.
Al pie aparecía mi firma.
Perfectamente imitada.
El auditor levantó la vista.
—¿Reconoce esta firma?
Negué lentamente.
—No es mía.
Nadie respiró.
Entonces Laura señaló a Madison.
—Yo vi a Madison practicarla durante semanas.