—¿Ahora pretendes incriminarme?
Aquellas palabras terminaron de destruir lo poco que quedaba dentro de mí.
Me apoyé contra el suelo, respirando con dificultad. El dolor en el abdomen era intenso, pero más insoportable resultaba contemplar a Huo Zheng sosteniendo a Wan Ning como si fuera algo precioso.
—General Huo… —murmuré—. Puedes estar tranquilo. Ya no necesito incriminarte para abandonarte.
Él frunció el ceño.
Wan Ning se aferró a su uniforme.
—Zheng, llévame al hospital. Tengo miedo…
Huo Zheng dejó de mirarme inmediatamente.
—Preparad el coche.
Los soldados corrieron.
Yo permanecí de rodillas.
Ni siquiera preguntó si necesitaba ayuda.
Mi padre, que había llegado detrás de los guardias, corrió hacia mí.
—¡Chi!
Cuando vio mi rostro sin color, comenzó a temblar.
—¿Qué te pasa?
—Papá…
Intenté levantarme.
No pude.
Fue entonces cuando uno de los guardias vio una mancha oscura extendiéndose sobre mi ropa.
—¡Señorita Shen necesita un médico!
Huo Zheng se detuvo.
Giró la cabeza.
Durante un instante vi desconcierto en sus ojos.
Pero Wan Ning gimió entre sus brazos.
Y él volvió a elegir.
—Primero llevamos a Wan Ning.
Sonreí.
Incluso en ese momento todavía había esperado algo.
Qué ridícula había sido.
Mi padre me cargó con ayuda de los guardias y me llevó al hospital.
Horas después desperté bajo una luz blanca.
El médico estaba junto a mi cama.
—Su cuerpo todavía no se había recuperado de la pérdida del embarazo. El esfuerzo físico y el estrés provocaron la hemorragia. Necesita descansar.
Mi padre se quedó inmóvil.
—¿Pérdida del embarazo?
Cerré los ojos.
No se lo había contado.
Él sabía del accidente, pero yo había ocultado lo ocurrido con el bebé porque el aniversario de la muerte de mamá estaba cerca y no quería añadirle otro dolor.
—Papá…
Mi padre se sentó lentamente.
—¿Huo Zheng lo sabía?
Recordé cómo había intentado decírselo.
Recordé su mirada.
Recordé sus palabras sobre compensar a Wan Ning con otro hijo.
—Intenté decírselo.
Mi padre comprendió.
No preguntó nada más.
Solo me sostuvo la mano.
Y aquel hombre que nunca había llorado delante de mí dejó caer una lágrima sobre nuestros dedos entrelazados.
Esa misma noche llamé al hombre cuyo número había rescatado después de tantos años.
Contestó al primer tono.
—Shen Chi.
—Lu Chen, necesito un favor.
Su voz cambió inmediatamente.
—Dime dónde estás.
Veinte minutos después apareció en el hospital.
Llevaba uniforme.
Era alto, sereno, y las insignias sobre sus hombros hicieron que varios soldados del pasillo se cuadraran al verlo.
No lo veía desde hacía seis años.
Lu Chen había sido amigo de mi hermano antes de que este muriera. También había sido el hombre que una vez me confesó que podía esperarme toda la vida.
Se detuvo frente a mi cama.
Al verme, su expresión se endureció.
—¿Quién hizo esto?
—Un accidente.
Me miró durante varios segundos.
Sabía que no era toda la verdad.
Pero no insistió.
—¿Qué necesitas?
Saqué una carpeta.
—Dentro de veintiocho días tengo que completar mi divorcio.
—Lo sé.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo?
—Tu abogado habló con el departamento correspondiente esta mañana.
Guardó silencio antes de añadir:
—Solo necesito saber una cosa. ¿Esta vez realmente vas a marcharte?
—Sí.
Lu Chen asintió.
—Entonces nadie te obligará a regresar.
Mientras tanto, Huo Zheng estaba en otro piso del mismo hospital.
Wan Ning no tenía ninguna lesión grave.
El médico militar terminó de examinarla.
—Solo fue una caída. No hay complicaciones.
Huo Zheng respiró aliviado.
—Gracias.
Wan Ning tomó su mano.
—Zheng… la hermana Shen Chi debe odiarme.
Él retiró lentamente la mano.
—Descansa.
Fue entonces cuando su ayudante entró.
—General.
—¿Qué ocurre?
El hombre parecía incómodo.
—La señora Shen también fue ingresada.
Huo Zheng levantó la cabeza.
—¿Por la caída?
—No exactamente.
—Entonces habla.
El ayudante tragó saliva.
—El médico dijo que sufrió una hemorragia relacionada con… un aborto reciente.
La habitación quedó completamente en silencio.
Huo Zheng no se movió.
—¿Qué dijiste?
—La señora Shen perdió un embarazo hace poco.
Wan Ning palideció.
Huo Zheng se levantó tan rápido que la silla cayó al suelo.
Y entonces recordó.
El accidente.
Los días en los que Shen Chi había caminado lentamente.
Su rostro pálido.
La manera en que aquella noche había gritado:
“¿Por qué tenía que morir mi hijo mientras el suyo sigue vivo?”
En aquel momento él había creído que hablaba por celos.
Pero si ese hijo…
—¿Cuándo?
El ayudante respondió:
—Según el expediente, el día del accidente automovilístico.
Huo Zheng sintió que algo se hundía dentro de su pecho.
—¿Por qué nadie me informó?
El ayudante guardó silencio.
—¡Te hice una pregunta!
—General… aquel día intentaron comunicarse con usted.
Huo Zheng se quedó inmóvil.
—¿Cuántas veces?
El hombre bajó la mirada.
—Muchas.
Huo Zheng sacó su teléfono.
Buscó el historial.
Había mensajes de Shen Chi.
Decenas.
Después encontró una llamada de emergencia realizada el día del accidente.
Y debajo, otras.
Todas ignoradas.
Porque aquella tarde había estado hablando con Wan Ning.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Salió de la habitación.
—¿Dónde está Shen Chi?
Cuando Huo Zheng llegó a mi habitación, la cama estaba vacía.
Solo quedaba una enfermera cambiando las sábanas.
—¿Dónde está la paciente?
—Pidió el alta.
—¿Quién se la llevó?
—Su padre y un oficial.
Huo Zheng se tensó.
—¿Qué oficial?
La enfermera dudó.
—Creo que lo llamaban general Lu.
La expresión de Huo Zheng cambió.
Conocía perfectamente ese apellido.
Salió del hospital y llamó a mi teléfono.
Una vez.

Dos.
Cinco.
Diecisiete.
Yo estaba dentro del automóvil de Lu Chen observando cómo su nombre aparecía una y otra vez.
Era extraño.
Durante cinco años yo había esperado aquella llamada.
Ahora no sentía absolutamente nada.
Bloqueé el número.
Lu Chen lo vio.
—¿Segura?
—Completamente.
Entonces recibí un mensaje de mi abogado.
“Los documentos han sido aceptados. Si ninguna de las partes se retracta, el divorcio podrá formalizarse en veintiocho días.”
Apagué el teléfono.
—Lu Chen.
—¿Sí?
—Aquella promesa que hiciste hace años…
Sus manos se tensaron ligeramente sobre el volante.
—La recuerdo.
—No quiero casarme contigo.
Él permaneció callado.
—Todavía no —añadí—. Primero quiero aprender a vivir para mí.
Lu Chen sonrió.
—Eso me parece mejor.
Por primera vez en mucho tiempo respiré sin sentir que esperaba algo de alguien.
Pero esa tranquilidad duró apenas tres días.
A la mañana siguiente, un convoy militar se detuvo frente a la casa de mi padre.
Huo Zheng bajó del primer vehículo.
No llevaba su habitual expresión fría.
Parecía no haber dormido.
Mi padre salió al patio.
—Aquí no eres bienvenido.
—He venido por Shen Chi.
—Mi hija no quiere verte.
Huo Zheng apretó la mandíbula.
—Necesito hablar con ella sobre nuestro hijo.
Desde la ventana escuché aquellas palabras.
Nuestro hijo.
Qué tarde había aprendido a pronunciarlas.
Bajé las escaleras.
Cuando me vio, dio un paso hacia mí.
—Chi…
—No me llames así.
Se detuvo.
—No sabía lo del bebé.
—Lo intenté.
—Lo sé.
—Te llamé.
Su rostro se tensó.
—Lo sé.
—Te envié mensajes.
—Lo sé.
Sonreí.
—Entonces ya no tenemos nada que hablar.
Me di la vuelta.
—¡Espera!
Su voz resonó por todo el patio.
—No aceptaré el divorcio.
Me detuve.
—Ya firmaste.
—Puedo retirar mi consentimiento.
Antes de que pudiera responder, otro vehículo militar apareció detrás del convoy.
Lu Chen bajó lentamente.
Huo Zheng lo reconoció al instante.
Sus ojos se volvieron helados.
—Así que era él.
Lu Chen caminó hasta colocarse a mi lado.
—General Huo.
—Esto es un asunto entre mi esposa y yo.
—Pronto será su exesposa.
Huo Zheng cerró los puños.
Entonces su ayudante corrió desde uno de los vehículos.
—¡General!
Llevaba una carpeta sellada.
—Acaba de llegar el informe que ordenó sobre el accidente de la señora Shen.
Huo Zheng la tomó.
—¿Qué encontraron?
El ayudante miró hacia mí antes de responder.
—El accidente no fue provocado únicamente por una falla mecánica.
Mi padre palideció.
Lu Chen dio un paso adelante.
—Explíquese.
—Los frenos habían sido manipulados.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Huo Zheng abrió la carpeta.
Dentro había fotografías, informes y una imagen captada por una cámara de seguridad.
Su expresión cambió completamente.
—¿Quién es esa persona?
El ayudante respiró hondo.
—Alguien entró al estacionamiento dos horas antes del accidente y estuvo junto al vehículo de la señora Shen durante once minutos.
—¿Identificación?
—Estamos verificándola.
Huo Zheng pasó a la siguiente fotografía.
De repente dejó de respirar.
Yo me acerqué.
—Déjame verla.
Él cerró la carpeta.
—No.
—Huo Zheng.
—Vuelve dentro.
Aquella reacción me hizo comprender algo.
Él reconocía a la persona de la fotografía.
Lu Chen le arrancó la carpeta de las manos.
Huo Zheng intentó detenerlo, pero ya era tarde.
Lu Chen abrió la página.
Miró la imagen.
Después levantó lentamente los ojos.
—Shen Chi…
Le quité la fotografía.
La cámara mostraba una figura entrando al estacionamiento con gorra y mascarilla.
El rostro apenas podía distinguirse.
Pero en la muñeca llevaba una pulsera.
Una pulsera de jade blanco con una pequeña pieza dorada en forma de golondrina.
La había visto antes.
Solo una vez.
Tres días atrás.
En la muñeca de Bai Wan Ning.
Levanté la cabeza.
Huo Zheng estaba completamente pálido.
Y antes de que cualquiera pudiera hablar, su teléfono sonó.
Era su ayudante en el hospital.
Huo Zheng activó el altavoz.
—General, encontramos algo más.
—Habla.
—Revisamos los antecedentes de Bai Wan Ning como ordenó.
El hombre hizo una pausa.
—Su identidad es falsa.
El patio entero quedó en silencio.
—¿Qué significa eso?
—Bai Wan Ning no existe antes de hace seis años.
Otra pausa.
Y entonces llegaron las palabras que hicieron que Huo Zheng dejara caer la carpeta.
—General… encontramos una coincidencia genética en los archivos militares.
—¿Con quién?
La voz del ayudante tembló.
—Con Zhou Yan.