A la mañana siguiente, el auditorio estaba lleno.
Padres con teléfonos preparados, profesores corriendo entre las filas y niños intentando mantener impecables sus uniformes durante cinco minutos más.
Su Nian estaba sentado con sus compañeros en primera fila.
Yo elegí un asiento discreto.
Llevaba mi cámara entre las manos.
Durante diez años había fotografiado bodas, familias, empresarios y celebridades.
Pero aquella mañana sólo quería fotografiar a mi hijo.
La ceremonia comenzó con normalidad.
Hasta que, veinte minutos después, las puertas del auditorio se abrieron.
Un murmullo recorrió las filas.
—Es Zhou Yichen.
Sentí que mis dedos se detenían sobre la cámara.
No necesitaba mirar.
Conocía ese nombre demasiado bien.
Pero miré.
Y después de diez años, volví a verlo.
Zhou Yichen caminaba por el pasillo acompañado por el director y varios ejecutivos.
El tiempo había sido generoso con él.
Su rostro parecía más maduro, su presencia más fría y aquella seguridad arrogante que recordaba se había convertido en autoridad.
El director subió al escenario.
—Es un honor recibir al presidente del Grupo Zhou, señor Zhou Yichen.
Los aplausos llenaron el auditorio.
Yo permanecí inmóvil.
Entonces Zhou Yichen tomó el micrófono.
—La educación es la mejor inversión que podemos hacer en el futuro.
Su voz seguía siendo exactamente igual.
—Por eso, el Grupo Zhou donará cinco millones de yuanes para ampliar el programa de becas de esta escuela.
El auditorio estalló en aplausos.
Yo observé a Su Nian.
Mi hijo aplaudía también.
No tenía idea de que estaba celebrando a su propio padre.
El director sonrió.
—Precisamente hoy queremos reconocer a uno de nuestros estudiantes más destacados. Y sería un honor que el señor Zhou entregara personalmente el premio.
Sentí que el corazón me daba un golpe.
—Invitamos al escenario a…
El director abrió el sobre.
—¡Su Nian!
Los aplausos volvieron a estallar.
Mi hijo se levantó.
Caminó hacia el escenario con aquel traje blanco que yo había arreglado tantas veces la noche anterior.
Zhou Yichen esperaba junto al atril.
Entonces Su Nian subió el último escalón.
Y Zhou Yichen lo vio.
Su sonrisa desapareció.
El auditorio seguía aplaudiendo.
Pero él ya no parecía escuchar nada.
Miraba al niño frente a él como si hubiera visto un fantasma.
La misma forma de los ojos.
La misma nariz.
Incluso aquella pequeña inclinación de cabeza cuando estaba confundido.
Era como contemplar una fotografía de Zhou Yichen a los diez años.
Su Nian extendió educadamente ambas manos para recibir el certificado.
—Gracias, señor Zhou.
Zhou Yichen no reaccionó.
El director carraspeó.
—Señor Zhou…
Finalmente entregó el diploma.
Sus dedos rozaron los de Su Nian.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Su Nian.
El apellido pareció golpearlo.
—¿Su?
—Sí.
Entonces sus ojos comenzaron a recorrer el auditorio.
Yo sabía exactamente a quién buscaba.
No me escondí.
Bajé lentamente la cámara.
Nuestras miradas se encontraron después de diez años.
El rostro de Zhou Yichen perdió el color.
Durante varios segundos nadie se movió.
Después levanté nuevamente la cámara.
Clic.
Tomé la fotografía.
El gran Zhou Yichen, petrificado junto al hijo cuya existencia jamás se había molestado en descubrir.
La ceremonia terminó una hora después.
Yo estaba guardando mi cámara cuando escuché pasos rápidos detrás de mí.
—Su Qing.
Me detuve.
Su voz había cambiado.
Ya no había indiferencia.
Había incredulidad.
Me giré.
—Señor Zhou.
Sus cejas se contrajeron.
—¿Señor Zhou?
—Hace diez años que estamos divorciados. ¿Cómo debería llamarte?
Miró hacia el pasillo por donde Su Nian había salido con sus compañeros.
—Ese niño…
—Mi hijo.
—¿Cuántos años tiene?
Sonreí ligeramente.
—Acabas de asistir a su graduación de primaria. Puedes calcularlo.
Su respiración se volvió pesada.
—Te pregunté cuántos años tiene.
—Diez.
El silencio fue inmediato.
Vi cómo hacía las cuentas.
Divorcio.
Tres meses.
Nacimiento.
Diez años.
Sus ojos volvieron hacia mí.
—¿Es mío?
Aquella pregunta consiguió despertar algo que creía muerto.
No dolor.
No amor.
Rabia.
—Qué curioso.
Me colgué la cámara al hombro.
—Hace diez años tenías tanta prisa por alcanzar tu vuelo que ni siquiera terminaste de leer el convenio.
—Su Qing.
—Allí decía que no teníamos hijos.
—Porque no sabía que estabas embarazada.
—Exactamente.
Intenté marcharme.
Me sujetó del brazo.
Me detuve y miré su mano.
La soltó inmediatamente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Me reí.
—¿Cuándo? ¿Mientras hablabas con Xu Wei frente a mí? ¿Cuando me arrojaste una tarjeta bancaria como limosna? ¿O cuando dijiste que dejara de aferrarme a ti?
Su rostro se endureció.
—Era mi hijo.
—Era mi embarazo.
—Tenía derecho a saberlo.
Lo miré directamente.
—Y yo tenía derecho a terminar un matrimonio sin tener que suplicar atención al hombre que ya estaba planeando casarse con otra.
Antes de que pudiera responder, una voz infantil apareció detrás de nosotros.
—Mamá.
Su Nian.
Zhou Yichen se volvió.
Mi hijo nos observó con curiosidad.
—El profesor quiere una fotografía con los padres.
Luego miró a Zhou Yichen.
—¿Usted conoce a mi mamá?
Vi cómo Zhou Yichen abría la boca.

Me adelanté.
—Nos conocimos hace mucho tiempo.
Su Nian asintió.
—Entiendo.
Después tomó mi mano.
Zhou Yichen observó nuestros dedos entrelazados.
Algo cambió en su expresión.
—Su Nian.
Mi hijo se volvió.
—¿Sí?
Zhou Yichen tardó unos segundos en hablar.
—¿Tu padre no vino hoy?
Sentí que el aire se congelaba.
Su Nian respondió con naturalidad:
—No tengo padre.
Las palabras golpearon a Zhou Yichen con más fuerza de la que esperaba.
—¿Nunca lo conociste?
—No.
Mi hijo sonrió.
—Pero mamá dice que no pasa nada. Ella puede hacer el trabajo de dos personas.
Tiró suavemente de mi mano.
—Vamos, mamá.
Nos marchamos.
No miré atrás.
Esa noche estaba editando las fotografías cuando sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Lo ignoré.
Volvió a sonar.
Después llegó un mensaje.
“Necesitamos hablar sobre Su Nian.”
Zhou Yichen.
Bloqueé el número.
Cinco minutos después recibí otro mensaje desde otro teléfono.
“Mañana iré a verte.”
Apagué la pantalla.
Entonces sonó el timbre del apartamento.
Miré el reloj.
22:16.
Su Nian dormía.
Me acerqué silenciosamente a la puerta y observé por la cámara.
No era Zhou Yichen.
Era una mujer.
Elegante.
Delgada.
Perfectamente arreglada.
Aunque habían pasado diez años, la reconocí inmediatamente.
Xu Wei.
Abrí sólo unos centímetros.
—¿Qué quieres?
Ella sonrió.
—Así que realmente eres tú.
—Si has venido a recordar viejos tiempos, llegas diez años tarde.
—He venido por tu hijo.
Mi mano se tensó sobre la puerta.
—No vuelvas a mencionar a Su Nian.
Su sonrisa desapareció.
—Yichen llegó a casa preguntando por las fechas de vuestro divorcio.
No respondí.
Xu Wei sacó un sobre de su bolso.
—Hay algo que deberías saber antes de permitir que investigue demasiado.
—¿Qué?
Me entregó el sobre.
Dentro había una copia amarillenta de un documento médico.
Reconocí inmediatamente la fecha.
Era del año de mi embarazo.
Pero yo nunca había visto aquel documento.
En la parte inferior aparecía una firma.
Zhou Yichen.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Xu Wei me observó fijamente.
—Significa que quizás te equivocaste durante diez años.
Sentí un escalofrío.
—Habla claro.
Ella señaló la firma.
—Yichen sabía que estabas embarazada antes de firmar el divorcio.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es imposible.
—No.
Xu Wei retrocedió hacia el ascensor.
—Lo imposible es que todavía no sepas quién se aseguró de que él creyera que ese bebé no era suyo.
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.
Di un paso adelante.
—¡Xu Wei!
Ella sostuvo mi mirada desde el interior.
Y justo antes de desaparecer, dijo:
—Pregúntale a tu madre.