—Rodrigo era un niño tan alegre.
La voz de Inés atravesó el comedor.
Rodrigo permaneció inmóvil detrás de la pared.
—Siempre estaba corriendo —continuó ella—. Su padre decía que algún día iba a romper todas las ventanas de la casa.
Lucía sonrió.
—Seguro que todavía hace travesuras.
La sonrisa de Inés desapareció.
—No.
Bajó la mirada hacia la pizza.
—Ahora está triste.
Rodrigo sintió un nudo en el pecho.
—¿Por qué dice eso?
Inés apretó la mano de Lucía.
—Porque cree que si controla todo, nadie volverá a irse.
El silencio cayó sobre la habitación.
Rodrigo cerró los ojos.
Su madre quizá olvidaba qué día era.
A veces no reconocía su propia habitación.
Pero acababa de describirlo mejor que cualquier persona durante los últimos veinte años.
—Después de que tú moriste…
Inés miró a Lucía creyendo todavía que era Mariana.
—Rodrigo cambió.
Lucía no la corrigió.
—¿Cómo cambió?
—Dejó de reír.
La anciana señaló alrededor.
—Compró esta casa enorme. Contrató médicos. Puso cámaras.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Y convirtió mi vida en una sala de espera.
Rodrigo bajó la cabeza.
Él creía haber construido el lugar más seguro del mundo para su madre.
Ella lo veía como una prisión.
Entonces Lucía habló con suavidad.
—Rodrigo la quiere mucho.
—Lo sé.
Inés sonrió tristemente.
—Por eso me duele.
En ese momento Rodrigo salió de detrás de la pared.
Lucía se puso de pie de golpe.
—Señor Valdés.
Inés apenas reaccionó.
Rodrigo miró la pizza.
Después miró a Lucía.
—Se suponía que estaba prohibida.
—Sí.
—También tenías órdenes de corregirla cuando confundiera a alguien con Mariana.
Lucía tragó saliva.
—Sí.
—Y no lo hiciste.
—No.
Rodrigo avanzó.
—¿Por qué?
Lucía lo miró directamente.
—Porque cada vez que le dicen que su hija murió, ella vuelve a perderla.
Rodrigo quedó inmóvil.
—Los médicos dicen que debe permanecer orientada.
—¿Orientada para quién?
Aquella pregunta lo golpeó.
Lucía señaló a Inés.
—Hace cinco minutos estaba riendo.
—Eso no significa que puedas ignorar las indicaciones.
—No las ignoro.
Lucía respiró hondo.
—Pero tampoco creo que cuidar a una persona signifique recordarle sus tragedias veinte veces al día.
Rodrigo quiso responder.
No pudo.
Inés tomó otra porción pequeña de pizza.
—Está deliciosa.
Lucía sonrió.
—Solo un poquito más.
Rodrigo observó a su madre.
Por primera vez en años no parecía una paciente.
Parecía Inés.
Su madre.
—¿Y la pastilla azul? —preguntó.
Lucía dejó de sonreír.
—¿Qué pasa con ella?
—He encontrado vasos donde falta.
—Porque a veces la señora Inés se queda demasiado dormida después de tomarla.
Rodrigo endureció la mirada.
—¿Has suspendido medicamentos?
—Nunca.
—Entonces explícate.
Lucía caminó hacia un cajón y sacó una libreta.
Había fechas.
Horarios.
Presión arterial.
Comidas.
Medicamentos.
Todo registrado.
—Cada vez que la pastilla azul desapareció del vaso fue porque una enfermera dijo que ya se la había administrado.
Rodrigo tomó la libreta.
—¿Qué enfermera?
Lucía señaló varios nombres.

Pero uno se repetía.
Patricia Lozano.
La enfermera privada que llevaba cuatro años trabajando para la familia.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
Lucía sostuvo su mirada.
—Solo le digo lo que vi.
Rodrigo llamó inmediatamente al médico de su madre.
Una hora después, el doctor llegó.
Revisó la libreta.
Después pidió ver los medicamentos.
Tomó uno de los frascos.
Lo abrió.
Su expresión cambió.
—¿Quién prepara estas pastillas?
—La farmacia privada que usted autorizó —respondió Rodrigo.
El médico sacó una tableta azul.
—Esta no es la presentación que receté.
Rodrigo sintió frío.
—¿Qué significa?
—Necesito analizarla.
Aquella noche el laboratorio llamó.
Rodrigo contestó en su despacho.
Escuchó durante casi un minuto sin decir una palabra.
Después colgó.
Lucía esperaba junto a la puerta.
—¿Qué dijeron?
Rodrigo miró el frasco.
—No era el medicamento original.
Su voz salió apenas audible.
—Era un sedante diferente.
Lucía palideció.
—¿Peligroso?
—En esas dosis puede causar somnolencia intensa, confusión y empeorar ciertos síntomas.
Rodrigo sintió que las piernas perdían fuerza.
Durante años había atribuido cada deterioro a la enfermedad.
Cada día en que Inés apenas podía hablar.
Cada tarde en que no conseguía mantenerse despierta.
Cada noche en que parecía completamente desconectada.
¿Cuánto pertenecía realmente al Alzheimer y cuánto a aquellas pastillas?
—¿Dónde está Patricia? —preguntó.
El jefe de seguridad revisó sus registros.
—No vino hoy.
—Llámala.
—Su teléfono está apagado.
Rodrigo levantó la vista.
—Encuéntrenla.
Dos días después, el cambio en Inés fue imposible de ignorar.
Seguía confundida.
Seguía olvidando.
Pero estaba más despierta.
Pidió escuchar música.
Reconoció una fotografía de Roberto.
Incluso recordó durante algunos minutos que Rodrigo era su hijo.
Él se arrodilló junto a su silla.
—Mamá.
Inés le acarició el rostro.
—Estás viejo.
Rodrigo soltó una carcajada que terminó convirtiéndose en llanto.
—Tú también.
—No llores.
Ella secó una lágrima con el pulgar.
—Mariana odiaba verte llorar.
Rodrigo cerró los ojos.
Esta vez no la corrigió.
Aquella tarde buscó a Lucía.
—Te debo una disculpa.
Ella dejó el plumero.
—No me debe nada.
—Te acusé de ponerla en peligro.
—Estaba preocupado.
—No.
Negó.
—Estaba convencido de que el dinero me hacía saber más que todos.
Lucía guardó silencio.
—También quiero pagarte una bonificación.
Ella frunció el ceño.
—No.
Rodrigo casi sonrió.
—Eres la primera empleada que rechaza dinero.
—Necesito mi salario, señor Valdés.
Lucía señaló hacia el jardín, donde Inés escuchaba un bolero.
—Pero eso no lo hice por una bonificación.
Antes de que Rodrigo pudiera responder, el jefe de seguridad apareció.
—Señor.
Su expresión era grave.
—Encontramos a Patricia.
Rodrigo se tensó.
—¿Dónde?
—Intentaba salir de Guadalajara.
—Tráiganla.
—Hay algo más.
El hombre colocó una carpeta sobre la mesa.
—Revisamos sus movimientos bancarios.
Rodrigo la abrió.
Durante cuatro años, Patricia había recibido depósitos mensuales de una empresa desconocida.
—¿Quién controla esta sociedad?
—Eso es lo extraño.
El jefe de seguridad pasó una página.
—Está vinculada a alguien de su familia.
Rodrigo levantó la mirada.
—¿Quién?
El hombre no respondió.
Solo señaló el último documento.
Rodrigo leyó el nombre.
Y sintió que el aire desaparecía.
MARIANA VALDÉS.
Su hermana.
Muerta hacía veintidós años.
—Esto es imposible.
—También encontramos algo entre las pertenencias de Patricia.
El jefe de seguridad sacó un sobre viejo.
Dentro había una fotografía.
Dos mujeres aparecían frente a una clínica.
Una era Patricia, mucho más joven.
La otra tenía el rostro de Mariana.
En la parte posterior alguien había escrito una fecha.
Tres años después de la supuesta muerte de Mariana.
Rodrigo sintió que el mundo se inclinaba.
Desde el jardín, Inés comenzó a gritar.
—¡Mariana!
Los tres corrieron.
La anciana estaba de pie junto al ventanal, señalando hacia la entrada principal.
Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la casa.
Una mujer descendió lentamente.
Tendría poco más de cuarenta años.
Rodrigo dejó de respirar.
Porque, aunque habían pasado veintidós años, reconoció inmediatamente aquellos ojos.
Inés comenzó a llorar.
—Te dije que mi hija iba a volver.
La desconocida levantó la mirada hacia Rodrigo.
Y pronunció una sola frase.
—Hermano, tenemos que hablar de quién decidió que nuestra madre debía olvidar que yo seguía viva.