Durante varios segundos no dije nada.
Ethan Cole sostenía mi boceto entre los dedos como si acabara de encontrar una pieza perdida.
—Creo que se equivoca —respondí.
Él sonrió.
—No.
Giró la hoja.
En la esquina inferior estaba mi firma.
Pequeña.
Casi invisible.
Luna White.
Chloe, que fingía ordenar carpetas a pocos metros, dejó caer tres al suelo.
—¿Luna White? —susurró.
La ignoré.
—Ese dibujo no debía estar fuera de mi computadora.
Ethan apoyó el boceto sobre mi escritorio.
—Lo encontré mezclado con las propuestas de campaña.
—Entonces fue un error.
—El mejor error que ha cometido este estudio.
Lo miré.
—¿Qué quiere de mí?
Su sonrisa desapareció.
—Contratarte.
—Ya trabajo aquí.
—No como diseñadora de envases.
Se inclinó ligeramente.
—Quiero a Luna White para la campaña internacional de Cole Technologies.
Sentí que varias personas dejaban de fingir que trabajaban.
—No mezclo mis proyectos personales con mi empleo.
—Entonces te contrato directamente.
—No.
Ethan parpadeó.
Parecía poco acostumbrado a escuchar esa palabra.
—Ni siquiera preguntaste cuánto.
—Porque no necesito saberlo.
Chloe hizo un ruido ahogado.
Ethan volvió a sonreír.
—Ahora entiendo por qué nadie ha conseguido ficharte.
Tomé el boceto.
—Y ahora entiende por qué quiero que esto siga siendo confidencial.
Su expresión cambió.
—De acuerdo.
Extendió la mano.
—Tu secreto está seguro conmigo.
No se la estreché.
—Eso espero.
Dos semanas después, Ethan seguía apareciendo por North Point.
Siempre tenía una excusa.
Una reunión.
Una revisión.
Una campaña.
Pero Chloe no se tragaba ninguna.
—Ese hombre no viene a revisar presupuestos.
—Es inversor.
—Sofía, ayer estuvo cuarenta minutos preguntándote qué tipo de café tomas.
—Investigación de mercado.
Chloe me lanzó una goma de borrar.
Por primera vez en meses, mi vida empezaba a sentirse ligera.
Hasta que llegó una invitación.
North Point había sido seleccionado para diseñar la identidad visual de una conferencia empresarial en Nueva York.
Miré la ciudad escrita en el correo.
Mi estómago se cerró.
Chloe apareció detrás de mí.
—No pongas esa cara. Nos vamos cinco días.
—No quiero ir.
—¿Por qué?
No respondí.
Ethan sí lo hizo.
Estaba junto a la puerta.
—Porque hay alguien allí a quien no quiere ver.
Lo miré.
—Escuchar conversaciones ajenas sigue siendo una mala costumbre.
—Solo cuando dejan de ser interesantes.
Acepté finalmente el viaje.
No por Daniel.
Por mí.
Había pasado demasiado tiempo evitando una ciudad que también había sido mía.
La conferencia se celebraba en un hotel de Manhattan.
El primer día transcurrió sin problemas.
Hasta la recepción de apertura.
Yo llevaba un vestido negro sencillo.
Ethan apareció a mi lado con dos copas.
—No pareces alguien que lleva toda la noche buscando una salida.
—Siempre localizo las salidas.
—¿Ansiedad?
—Supervivencia.
Entonces escuché una voz que conocía demasiado bien.
—Sofía.
Me quedé inmóvil.
Daniel estaba detrás de nosotros.
A su lado estaba Laura.
Llevaba un anillo de diamantes.
Así que la boda sí había ocurrido.
Daniel me miró como si hubiera visto un fantasma.
—Así que estabas en Miami.
—Parece que sí.
Sus ojos pasaron hacia Ethan.
—¿Y él?
Ethan extendió una mano.
—Ethan Cole.
Daniel tardó demasiado en estrechársela.
Conocía el apellido.
Todo el mundo empresarial lo conocía.
Laura sonrió.
—Daniel me habló mucho de ti.
—Qué raro.
Tomé una copa.
—Él casi nunca hablaba de mí cuando estábamos juntos.
Daniel tensó la mandíbula.
Laura fingió no escuchar.
—Nos casamos hace tres semanas.
—Felicidades.
Ella pareció decepcionada por mi indiferencia.
—¿No te sorprende?
—Daniel ya me había avisado.
Daniel intervino.
—Sofía, podemos hablar a solas.
—No.
—Son cinco minutos.
—Cuatro años fueron suficientes.
Ethan bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Daniel lo vio.

Y algo en su rostro cambió.
—¿Estás con él?
Lo miré sorprendida.
—Ya no tienes derecho a preguntarme eso.
Laura sujetó su brazo.
—Daniel.
Pero él seguía mirándome.
—Desapareciste sin decir dónde estabas.
—Me dejaste la noche antes de casarnos.
—¡Porque fui sincero contigo!
No pude evitar reír.
Varias personas comenzaron a mirar.
—¿Quieres una medalla por confesar una infidelidad emocional doce horas antes de nuestra boda?
Su rostro se endureció.
—No te engañé.
—Te enamoraste de otra mujer mientras elegías conmigo dónde íbamos a casarnos.
Di un paso hacia él.
—Ponle el nombre que quieras.
Daniel guardó silencio.
Ethan habló entonces.
—Sofía, el director de marketing te está buscando.
Daniel frunció el ceño.
—¿A ella?
Ethan respondió con absoluta naturalidad.
—Sí.
—¿Para qué?
Miré a Ethan.
Pero él ya había decidido.
—Porque mañana presentamos oficialmente a Luna White como directora creativa de la campaña global.
Daniel soltó una pequeña risa.
—¿Luna White?
Me observó.
Después miró a Ethan.
—Sofía no es Luna White.
Silencio.
—Claro que sí —respondió Ethan.
La expresión de Daniel cambió.
—Eso es imposible.
Laura lo miró confundida.
—¿Quién es Luna White?
Daniel no apartaba los ojos de mí.
Él conocía perfectamente el nombre.
Años atrás había intentado conseguir una colaboración con Luna White para una campaña de su empresa.
La agencia había rechazado su presupuesto.
Durante semanas se quejó de que aquella artista cobraba cantidades absurdas.
Yo lo escuchaba desde el sofá mientras dibujaba en mi tableta.
—Tú…
Su voz perdió fuerza.
—¿Tú eres ella?
—Sí.
Daniel parecía incapaz de procesarlo.
—Pero dibujabas como pasatiempo.
—Eso decías tú.
—Me dijiste que trabajabas como diseñadora.
—También.
—¿Cuánto ganas con Luna White?
Sonreí.
—Lo suficiente para no necesitar preguntarle a nadie cuánto gano.
Laura soltó lentamente el brazo de Daniel.
Ethan me ofreció su copa.
—¿Nos vamos?
Asentí.
Pero antes de alejarnos, Daniel habló.
—Sofía.
Me detuve.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Lo miré por encima del hombro.
—Porque cada vez que me veías dibujar decías que no era un trabajo de verdad.
Su rostro se quedó vacío.
—No tenía sentido contarle mis sueños a alguien que se reía de ellos.
Me marché.
Pensé que aquello sería el final.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente, minutos antes de presentar la campaña, Chloe entró corriendo al camerino.
—Tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
Me mostró su teléfono.
Una noticia estaba circulando en redes.
“LUNA WHITE ACUSADA DE ROBAR ILUSTRACIONES A SU ANTIGUA EMPRESA.”
Sentí frío.
—¿Qué?
Abrí el artículo.
Había capturas.
Correos.
Archivos antiguos.
Y una declaración firmada.
Por Daniel.
Según él, varias de mis primeras ilustraciones habían sido realizadas utilizando recursos pertenecientes a la empresa donde ambos trabajábamos años atrás.
Era mentira.
Pero estaba cuidadosamente construida.
Ethan entró.
Su rostro era serio.
—El consejo quiere cancelar la presentación.
—Daniel hizo esto.
—Probablemente.
Miré el reloj.
Faltaban doce minutos.
—Entonces no cancelaremos nada.
Ethan me observó.
—¿Qué vas a hacer?
Abrí mi computadora.
—Daniel cometió un error.
—¿Cuál?
Sonreí.
—Creyó que nunca guardé los archivos originales.
Subí al escenario doce minutos después.
Más de cuatrocientas personas esperaban.
Periodistas.
Directivos.
Diseñadores.
Daniel estaba al fondo.
Laura permanecía junto a él.
Tomé el micrófono.
—Antes de presentar la campaña, quiero aclarar una acusación publicada esta mañana.
Daniel dejó de sonreír.
La pantalla gigante se encendió.
Mostré archivos con fechas verificables.
Bocetos originales.
Contratos de licencia.
Registros de propiedad intelectual.
Todos anteriores a mi relación laboral con la empresa de Daniel.
Los murmullos comenzaron.
Después proyecté un último correo.
Daniel lo había enviado cuatro años antes.
Decía:
“Sofía, deja esos dibujitos y termina el informe. Nadie va a pagarte por eso.”
El público quedó en silencio.
Miré directamente hacia él.
—Tenías razón en una cosa, Daniel.
Hice una pausa.
—Tú jamás ibas a pagarme.
Algunas personas comenzaron a reír.
Pero yo todavía no había terminado.
—Por eso resulta especialmente extraño que anoche, menos de una hora después de descubrir mi identidad, alguien accediera ilegalmente a archivos antiguos intentando fabricar una acusación.
El rostro de Daniel perdió el color.
Ethan apareció al costado del escenario acompañado por dos representantes legales.
—Ese acceso quedó registrado —continué—. Dirección IP, usuario y dispositivo.
Laura miró a Daniel.
—¿Fuiste tú?
Él negó inmediatamente.
—No.
Entonces Ethan subió al escenario.
Me entregó una hoja.
La leí.
Y mi expresión cambió.
La cuenta utilizada no pertenecía a Daniel.
Pertenecía a Laura.
Ella retrocedió.
Daniel la miró.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Pero Ethan ya estaba observando otro documento.
—Eso no es todo.
Me lo entregó.
Era un registro corporativo.
Laura no había aparecido en la vida de Daniel tres meses antes de nuestra separación.
Llevaba casi dos años recibiendo pagos secretos de una empresa rival antes de convertirse en su directora administrativa.
Daniel palideció.
—¿Qué significa eso?
Ethan levantó la vista.
—Que quizá Laura nunca se enamoró de ti.
Laura dejó de respirar.
Yo observé a la mujer por la que Daniel había destruido nuestra boda.
Y entonces Ethan pronunció la frase que terminó de cambiarlo todo.
—Parece que alguien la contrató para acercarse a tu empresa… y Sofía no era el objetivo que debía desaparecer. Eras tú.