Elena siguió mirando la fotografía dentro del medallón.
La mujer sonreía frente a una bugambilia, con el cabello recogido de manera descuidada y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
Elena conocía esa cicatriz.
La había visto en otras fotografías.
—¿Cómo se llamaba tu mamá? —preguntó.
Renata apretó el medallón.
—Gabriela Alcázar.
Elena sintió que se le secaba la boca.
—¿Gabriela Mendoza?
Renata levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo sabes su apellido de soltera?
Elena no respondió.
Sacó el teléfono y llamó a su madre.
Teresa contestó después del tercer timbrazo.
—¿Mija? ¿Todo bien?
—Mamá… necesito preguntarte algo.
—¿Qué pasó?
Elena miró a Renata.
—¿Conociste a una mujer llamada Gabriela Mendoza?
Del otro lado de la línea no hubo respuesta.
—Mamá.
Finalmente Teresa habló.
Pero su voz había cambiado.
—¿Dónde escuchaste ese nombre?
—Estoy con su hija.
Se oyó una respiración abrupta.
—¿Renata?
Los ojos de Renata se abrieron.
Elena sintió un escalofrío.
Su madre no había preguntado “¿qué hija?”. Había dicho su nombre.
—¿Cómo sabes que es Renata?
Teresa comenzó a llorar.
—Regresa a casa.
—Mamá…
—Ahora, Elena.
—Hay cartas debajo de tu cama, ¿verdad?
Silencio.
Renata se inclinó hacia el teléfono.
—¿Cartas para mí?
Teresa dejó escapar un sollozo.
—Dios mío.
La llamada terminó.
Veinticinco minutos después, Elena y Renata estaban frente a la pequeña casa de Teresa.
Renata observó la fachada sencilla.
—¿Tu mamá vive aquí?
Elena asintió.
—Desde antes de que yo naciera.
Entraron.
Teresa estaba sentada en la sala con una caja de madera sobre las rodillas.
Se veía más pequeña de lo habitual.
Más cansada.
Cuando vio a Renata, se cubrió la boca.
—Tienes sus ojos.
Renata permaneció junto a la puerta.
—¿Conoció a mi madre?
Teresa asintió.
—Era mi hermana.
El silencio pareció romper la habitación.
Renata retrocedió.
—No.
—Gabriela Mendoza era mi hermana mayor.
—Eso es imposible.
—Tu abuelo la echó de casa cuando decidió casarse con Ernesto Alcázar.
Renata miró a Elena.
Después otra vez a Teresa.
—Entonces…
Su voz desapareció.
Elena terminó la frase.
—Somos primas.
Renata se sentó lentamente.
Por primera vez, toda aquella arrogancia que usaba como armadura desapareció.
—Mi padre dijo que mamá no tenía familia.
Teresa soltó una risa amarga.
—Tu padre dijo muchas cosas.
Abrió la caja.
Dentro había fotografías.
Gabriela y Teresa de niñas.
Gabriela sosteniendo a una bebé.
Renata.
Y tres sobres amarillentos.
En cada uno estaba escrito el mismo nombre.
RENATA.
—Tu mamá me los entregó poco antes de morir —explicó Teresa—. Me pidió que te los diera cuando fueras mayor.
—¿Por qué no lo hiciste?
Teresa bajó la mirada.
—Porque tu padre vino a buscarme.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Ernesto?
—Dos días después del funeral.
Renata palideció.
—¿Qué hizo?
—Me dijo que Gabriela había sufrido mucho y que él quería evitar que tú crecieras rodeada de recuerdos dolorosos.
Teresa negó con tristeza.
—Después puso dinero sobre mi mesa.
—¿Lo aceptaste?
—No.
—Entonces ¿por qué guardaste silencio?
Teresa levantó lentamente la manga.
En su antebrazo había una cicatriz antigua.
—Porque después del dinero vinieron las amenazas.
Elena sintió rabia.
—Nunca me contaste esto.
—Eras una niña.
—Ahora tengo veinticuatro.
—Y sigo intentando protegerte.
Renata tomó el primer sobre.
Le temblaban los dedos.
—¿Puedo?
Teresa asintió.
Renata rompió el sello.
La letra de Gabriela llenaba tres páginas.
Leyó en silencio.
A mitad de la segunda, comenzó a llorar.
—¿Qué dice? —preguntó Elena.
Renata tardó en responder.
—Dice que… no debía creer que ella me había abandonado.
Teresa cerró los ojos.
Renata siguió leyendo.
—Dice que si algún día papá me decía que ella estaba enferma de la cabeza…
Su voz se quebró.
—…era mentira.
Elena miró a Teresa.
—¿Ernesto dijo eso?
—Después de su muerte afirmó que Gabriela llevaba años emocionalmente inestable.
Renata levantó la mirada.
—A mí me dijo que mamá había querido irse.
Teresa apretó los labios.
—Gabriela jamás habría dejado a su hija.
Renata abrió la segunda carta.
Esta era más corta.
Su expresión cambió después de la primera página.
—Habla de documentos.
—¿Qué documentos? —preguntó Elena.
—Acciones de Alcázar Salud.
Teresa se puso rígida.

—Sigue leyendo.
Renata obedeció.
—“Renata, si estás leyendo esto, significa que no pude proteger lo que tu abuelo dejó para ti.”
Levantó la cabeza.
—¿Qué me dejó mi abuelo?
Teresa respondió:
—Hospitales.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu abuelo materno fundó una pequeña red de clínicas privadas. Cuando Gabriela se casó con Ernesto, él aportó esas clínicas a lo que después se convirtió en Alcázar Salud.
Renata negó.
—Mi padre fundó Alcázar Salud.
—Eso cuenta él.
Teresa sacó un documento de la caja.
—Pero legalmente, las acciones originales pertenecían a tu madre.
Renata leyó.
Su rostro perdió el color.
—Cuarenta y nueve por ciento.
—Sí.
—¿Dónde están ahora?
Teresa la miró.
—Eso fue lo que Gabriela intentaba descubrir antes de morir.
Nadie habló.
Entonces Elena recordó algo.
—Mamá… tu tratamiento.
Teresa bajó inmediatamente la mirada.
—¿Qué pasa con él?
—Alcázar Salud rechazó tu ingreso al programa privado de trasplantes hace seis meses.
Renata giró hacia Teresa.
—¿Qué hospital?
—San Jerónimo.
Renata se levantó.
—Ese hospital pertenece a mi familia.
—Lo sé.
—¿Por qué te rechazaron?
Teresa no respondió.
Elena sí.
—Dijeron que no cumplía los criterios financieros.
Renata soltó una risa incrédula.
—Yo presido la fundación que paga tratamientos para pacientes sin recursos.
Sacó el teléfono.
—Voy a averiguar qué pasó.
Teresa se levantó.
—No.
Renata la miró.
—¿Por qué?
—Porque si Ernesto descubre que estamos hablando, va a saber que conservé las cartas.
—Ya no tengo doce años.
—No le tienes miedo porque no sabes de lo que es capaz.
En ese instante, alguien golpeó la puerta.
Tres veces.
Lento.
Fuerte.
Teresa perdió todo el color.
Elena se acercó a la ventana.
Afuera había un automóvil negro.
Del asiento trasero bajó Ernesto Alcázar.
Renata quedó inmóvil.
—¿Cómo supo que estaba aquí?
Teresa empezó a guardar desesperadamente los documentos.
—No tenemos tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Teresa abrió la tercera carta.
No se la entregó a Renata.
Se la dio a Elena.
—Si algo pasa, llévala a la fiscalía.
Elena miró el sobre.
—¿Qué contiene?
Otro golpe sacudió la puerta.
La voz de Ernesto llegó desde afuera.
—Renata. Sé que estás ahí.
Teresa respiró profundamente.
—La prueba de que Gabriela no murió como él dijo.
Renata dejó de respirar.
—Mi mamá murió en un accidente.
Teresa negó.
—Eso apareció en los periódicos.
—¿Entonces cómo murió?
Antes de responder, Ernesto golpeó nuevamente.
—¡Renata, abre!
Teresa miró directamente a su sobrina.
—Tu madre descubrió que Ernesto había transferido sus acciones utilizando firmas falsas.
El rostro de Renata se descompuso.
—¿Y?
—La noche antes de morir me llamó. Me dijo que tenía pruebas y que iba a denunciarlo.
Elena apretó la tercera carta.
—¿Qué ocurrió después?
Teresa señaló el sobre.
—Gabriela dejó ahí el nombre de la última persona que vio antes de morir.
Renata lo abrió.
Leyó una sola línea.
Y se quedó completamente inmóvil.
Porque el nombre escrito por su madre no era Ernesto Alcázar.
Era otro.
Un hombre que aquella misma noche estaba sentado tranquilamente en Casa Bernardina.
El hombre que había permitido que Elena fuera despedida sin decir una palabra.
El propietario del restaurante.
Y debajo del nombre, Gabriela había escrito:
“Si me ocurre algo, él sabe por qué Ernesto necesitaba que yo desapareciera.”