PARTE 2: EL SECRETO DEL MEDALLÓN.

Víctor no esperó a que yo reaccionara.

—¡Muévete, Mariana!

Me empujó hacia el pasillo mientras dos guardias cerraban las puertas blindadas de la sala.

Lucía lloró débilmente contra mi pecho.

Su cuerpo seguía ardiendo.

—¡Mi hija necesita al médico!

—El médico viene con nosotros.

Otra detonación sacudió la mansión.

Las luces se apagaron durante un segundo antes de que entrara el sistema de emergencia.

Víctor abrió una puerta oculta detrás de la biblioteca.

—Abajo.

Descendimos por una escalera estrecha hasta una habitación subterránea llena de monitores.

Rosa llegó detrás de nosotros junto con el doctor.

—Señor —dijo uno de los guardias—, atravesaron el primer portón.

Víctor miró las cámaras.

Tres camionetas negras bloqueaban la entrada.

Hombres encapuchados avanzaban por el jardín.

—¿Quiénes son? —pregunté.

Víctor no respondió.

Sus ojos permanecieron clavados en el medallón de Lucía.

El doctor volvió a examinarla.

—Necesito bajarle la fiebre inmediatamente.

Yo sentí que las lágrimas finalmente me vencían.

—Por favor, haga lo que tenga que hacer.

Víctor se acercó.

—Lucía estará bien.

Lo miré con rabia.

—¿Cómo puede saberlo?

No respondió.

Entonces le arranqué la verdad que llevaba evitando desde que pronunció el nombre de mi madre.

—¿Quién era Elena para usted?

Víctor cerró los ojos.

—La mujer que me salvó la vida.

El ruido de los disparos continuaba arriba.

Víctor tomó una silla y se sentó frente a mí.

—Hace veintiocho años yo no tenía esta casa. Ni empresas. Ni guardaespaldas. Solo era un muchacho que trabajaba para hombres mucho más peligrosos que yo.

—¿Y mi madre?

—Elena trabajaba en una clínica.

Su mirada se perdió.

—Una noche llegué herido. Ella pudo entregarme. En cambio, me escondió y me ayudó.

Apreté a Lucía contra mí.

—¿Y por qué dijo que murió por su culpa?

Víctor tardó en responder.

—Porque mis enemigos descubrieron que Elena me había ayudado.

Sentí frío.

—Mi mamá siempre dijo que mi padre había muerto antes de que yo naciera.

Víctor levantó lentamente la mirada.

—Elena te mintió para protegerte.

Mi respiración se detuvo.

—¿Protegerme de quién?

Antes de responder, uno de los monitores emitió una alarma.

Un guardia amplió una imagen.

Uno de los atacantes había levantado algo frente a una cámara.

Era una fotografía.

Mi fotografía.

—Dios mío.

Víctor se puso de pie.

—Te encontraron.

—¿A mí?

—A ti primero. A Lucía después.

Retrocedí.

—¡No entiendo nada!

Víctor señaló el medallón.

—Esa insignia no es una joya familiar.

Sacó una cadena de debajo de su camisa.

Colgaba otro medallón.

La misma estrella.

Las mismas tres ramas.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—¿Por qué tiene uno igual?

—Porque pertenecían a seis personas.

—¿Qué personas?

Víctor observó las cámaras antes de responder.

—Los fundadores de una sociedad que controlaba propiedades, cuentas y empresas mediante identidades ocultas. Cuando todo se derrumbó, cinco medallones desaparecieron.

Miró a Lucía.

—El sexto lo tenía Elena.

—¿Está diciendo que mi madre pertenecía a eso?

—Estoy diciendo que Elena guardaba algo que muchos llevan décadas buscando.

De pronto comprendí.

—¿Por eso vienen por Lucía?

Víctor negó.

—No exactamente.

Se acercó al medallón.

—¿Alguna vez lo abriste?

—No se abre.

Víctor tomó cuidadosamente la pieza.

Presionó la estrella y giró el borde.

Escuché un clic.

El medallón se abrió.

Dentro había una diminuta llave metálica.

Me quedé sin palabras.

Víctor también parecía sorprendido.

—Elena nunca me dijo que todavía la tenía.

—¿Qué abre?

—Eso es lo peligroso.

Antes de que pudiera explicar más, el doctor nos interrumpió.

—La temperatura está bajando.

Corrí hacia Lucía.

Sus mejillas seguían calientes, pero respiraba con mayor tranquilidad.

Besé su frente una y otra vez.

Por unos segundos olvidé los disparos.

Solo existíamos mi hija y yo.

Entonces Víctor recibió una llamada interna.

—Habla.

Escuchó.

Su rostro cambió.

—Repítelo.

Otro silencio.

—No permitan que salga.

Colgó.

—¿Qué pasó?

Víctor miró a Rosa.

—Los atacantes conocían el código del portón secundario.

Rosa palideció.

—Eso solo lo conocen empleados de confianza.

—Exactamente.

Comprendí inmediatamente.

Alguien dentro de la mansión los había dejado entrar.

Un estruendo sonó sobre nuestras cabezas.

Los guardias levantaron sus armas.

Víctor abrió un gabinete y sacó una carpeta amarillenta.

La colocó delante de mí.

—Si salimos de aquí, necesitas conocer la verdad.

Dentro había fotografías de mi madre cuando era joven.

En una aparecía junto a Víctor.

En otra sostenía el mismo medallón.

Pero la última fotografía me dejó inmóvil.

Elena estaba embarazada.

Junto a ella había un hombre cuyo rostro había sido arrancado de la fotografía.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Si nace una niña, todo pasará a ella.”

—¿Todo qué?

Víctor no contestó.

Un guardia apareció en la entrada.

—Señor, capturamos a uno.

—Tráiganlo.

Dos hombres arrastraron al atacante hasta la habitación.

Tenía el rostro cubierto.

Víctor le quitó la máscara.

Yo no reconocí al hombre.

Pero él sí me reconoció a mí.

Sonrió.

—Mariana Morales.

—Me apellido Ríos.

El hombre soltó una carcajada.

—Eso es lo que Elena quería que creyeras.

Víctor lo sujetó por el cuello de la chaqueta.

—¿Quién te mandó?

El desconocido miró hacia Lucía.

Víctor se interpuso inmediatamente.

—Mírala otra vez y será la última cosa que hagas.

El hombre sonrió.

—Llegaron demasiado tarde.

Víctor endureció el rostro.

—¿Para qué?

—La niña cumplirá nueve meses en tres semanas.

Yo no entendía nada.

—¿Qué tiene que ver su edad?

El hombre volvió a mirarme.

—Pregunta quién era realmente tu padre.

Sentí que me faltaba el aire.

Víctor se quedó completamente inmóvil.

Él sabía la respuesta.

—Dímelo —exigí.

—Mariana…

—¡DÍGAME QUIÉN ERA MI PADRE!

Antes de que pudiera responder, las luces del refugio se apagaron.

La puerta blindada comenzó a abrirse desde afuera.

Imposible.

Solo podía desbloquearse con autorización interna.

Los guardias apuntaron hacia la oscuridad.

Entonces escuchamos una voz femenina al otro lado.

—Víctor, baja el arma.

Rosa dejó escapar un suspiro de horror.

Víctor palideció.

Yo apreté a Lucía contra mi pecho.

La mujer entró lentamente.

Víctor la observaba como si acabara de ver regresar a alguien de entre los muertos.

—No puede ser…

Ella sonrió y fijó los ojos en el medallón abierto.

—Veintiocho años escondiéndola, Víctor. Y al final Mariana trajo la llave directamente hasta nosotros.

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