No dormí aquella noche.
Permanecí sentado junto a Lily, escuchando el ritmo constante del monitor mientras la lluvia golpeaba las ventanas del hospital.
Cada cierto tiempo abría los ojos.
Yo le apretaba la mano.
—Estoy aquí, cariño.
Ella no podía responder.
Pero poco después de las dos de la madrugada ocurrió algo que cambió mi miedo por una certeza mucho peor.
La puerta se abrió.
Entró una mujer de unos cincuenta años con un traje oscuro y una identificación de la Universidad Bradley.
—Señor Mercer, soy la doctora Rebecca Collins, decana adjunta de asuntos estudiantiles.
Me levanté.
—¿Cómo supo que estábamos aquí?
Su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo.
—Seguridad del campus nos informó.
Miró hacia Lily.
—Lamento muchísimo lo sucedido.
Había algo extraño en su forma de hablar.
Demasiado preparada.
—¿Qué sucedió exactamente?
Rebecca cruzó las manos.
—Creemos que Lily pudo haber sufrido un altercado después de abandonar el edificio de ciencias.
—¿Un altercado?
Sentí cómo se endurecía mi mandíbula.
—Mi hija tiene seis fracturas. Eso no es un altercado.
—Naturalmente. Sólo intento evitar conclusiones antes de que termine la investigación.
Entonces dijo algo que me hizo observarla con mucha más atención.
—También sería conveniente que usted evitara hablar con periodistas o publicar acusaciones en redes sociales.
—Mi hija lleva horas hospitalizada y usted ya está preocupada por la prensa.
Rebecca palideció.
—Estoy preocupada por Lily.
—No parece.
La puerta volvió a abrirse.
Esta vez entró un hombre con una placa.
Detective Marcus Hale.
La decana se marchó pocos minutos después.
Marcus esperó hasta que la puerta se cerró.
Entonces me miró.
—¿La conocía?
—No.
—¿Y su hija?
—Que yo sepa, tampoco.
Marcus anotó algo.
—Señor Mercer, necesito preguntarle si Lily tenía problemas con alguien.
Negué con la cabeza.
—Nunca mencionó nada.
—¿Novio?
—No actualmente.
—¿Algún estudiante que la estuviera molestando?
La pregunta quedó suspendida.
Pensé en nuestras últimas conversaciones.
Lily siempre me contaba demasiado poco cuando algo le preocupaba.
Decía que yo convertía cualquier problema en una operación militar.
Quizá tenía razón.
Entonces recordé algo.
Tres noches antes me había llamado.
Parecía nerviosa.
—Papá, ¿qué harías si supieras algo malo sobre alguien importante?
Yo había pensado que hablaba de algún drama universitario.
Le dije que documentara todo y buscara a alguien de confianza.
Ahora aquella conversación tenía un significado completamente diferente.
—Detective.
Marcus levantó la vista.
—Creo que Lily sabía algo.
Le conté la conversación.
Su expresión cambió.
—¿Dijo sobre quién?
—No.
Marcus miró a mi hija.
—Entonces tendremos que descubrirlo.
A las cuatro y media, una enfermera entró para revisar sus medicamentos.
Cuando terminó, Lily abrió lentamente el ojo que podía mover.
—Cariño —susurré—. No intentes hablar.
Sus dedos buscaron mi mano.
Después comenzaron a moverse.
Al principio no entendí.
Estaba dibujando letras sobre mi palma.
Una.
Luego otra.
N-O-A-H.
Me incliné.
—¿Noah?
Sus dedos apretaron los míos.
Sí.
Marcus se acercó.
—¿Quién es Noah?
Yo tampoco lo sabía.
Saqué mi teléfono y busqué entre las fotografías que Lily me había enviado durante el semestre.
Fiestas.
Clases.
Amigas.
Un partido de baloncesto.
Entonces encontré una fotografía tomada frente a un laboratorio.
Lily estaba junto a tres estudiantes.
En la descripción había escrito:
“Sobrevivimos al proyecto del profesor Keller. Noah casi incendia el laboratorio”.
Le mostré la imagen.
Marcus fotografió la pantalla.
—Noah Bennett —dijo después de consultar su teléfono.
Su rostro se tensó.
—¿Qué ocurre?
—Su padre es Richard Bennett.
El nombre me resultaba familiar.
—¿Quién?
Marcus dudó.
—Presidente del consejo de administración de la universidad.
Todo comenzó a encajar demasiado rápido.
La decana.
La preocupación por los medios.
El extraño silencio.
—¿Dónde está Noah?
—Voy a averiguarlo.
Marcus salió.
Una hora después regresó.
Su expresión era distinta.
—Noah Bennett abandonó el campus ayer a las diez y doce.
—¿Antes del ataque?
—Eso dice el registro electrónico.
—¿Y las cámaras?
Marcus cerró la puerta.
—Tenemos un problema.
Sacó una pequeña libreta.
—Las cámaras del edificio de ciencias funcionaban normalmente hasta las diez y nueve.
—¿Después?
—Durante cuarenta y siete minutos dejaron de grabar.
Sentí un frío inmediato.
—¿Una falla?
—Eso afirma seguridad.
—¿Usted les cree?
Marcus no respondió.
No necesitaba hacerlo.
A las siete de la mañana llevaron a Lily para realizar más estudios antes de la primera cirugía.
Mientras esperaba, llamé a su compañera de habitación, Sophie.
Respondió después del quinto tono.
—¿Señor Mercer?
Estaba llorando.
—Sophie, necesito saber qué estaba pasando con Lily.
Silencio.
—No sé nada.
—Mi hija escribió el nombre Noah.
La respiración de Sophie cambió.

—No debería hablar conmigo.
—¿Por qué?
—Porque ellos saben quiénes somos.
Me puse de pie.
—¿Quiénes?
—Lily encontró algo.
—¿Qué encontró?
Sophie comenzó a llorar con más fuerza.
—Hace dos semanas estaba trabajando hasta tarde en el laboratorio y encontró una memoria USB detrás de uno de los equipos. Pensó que pertenecía a un profesor.
Mi corazón aceleró.
—¿Qué había dentro?
—Documentos. Fotografías. Pagos.
—¿Pagos de qué?
—No me lo contó todo. Sólo dijo que demostraban que alguien estaba falsificando resultados y desviando dinero de un proyecto financiado por el gobierno.
Aquello ya no parecía una pelea entre estudiantes.
—¿Noah estaba involucrado?
Sophie tardó demasiado en contestar.
—Noah descubrió que Lily tenía la memoria.
Cerré los ojos.
—¿Dónde está ahora?
—No sé.
Entonces escuché un ruido detrás de Sophie.
Una puerta.
Ella dejó de hablar.
—¿Sophie?
Nada.
—Sophie, ¿sigues ahí?
Su voz regresó convertida en un susurro.
—Señor Mercer… alguien está intentando entrar en mi habitación.
La llamada terminó.
Marqué inmediatamente otra vez.
No respondió.
Fui a buscar a Marcus.
Pero cuando llegué al pasillo principal, lo vi hablando con dos hombres trajeados.
Uno era la decana Collins.
El otro apareció en la pantalla del televisor del vestíbulo exactamente en ese momento.
Un reportaje financiero mostraba su fotografía.
RICHARD BENNETT.
Padre de Noah.
Presidente del consejo universitario.
Y uno de los mayores donantes del hospital donde estaba mi hija.
Richard me vio.
Sonrió.
Después caminó directamente hacia mí.
—Daniel Mercer.
No le ofrecí la mano.
—¿Dónde está su hijo?
Su sonrisa desapareció.
—Creo que usted y yo necesitamos conversar en privado.
—No tengo nada que hablar con usted.
Richard se acercó un poco más.
—Creo que sí.
Entonces sacó su teléfono.
En la pantalla había una fotografía.
Lily.
Había sido tomada varios días antes.
Alguien la había seguido hasta su residencia universitaria.
—¿De dónde sacó eso?
Richard guardó el teléfono.
—Su hija tomó algo que no le pertenecía.
Sentí que toda la habitación desaparecía a nuestro alrededor.
—¿La memoria?
Sus ojos confirmaron que Sophie había dicho la verdad.
—Entréguemela —murmuró— y podremos impedir que esta situación empeore.
Di un paso hacia él.
—Mi hija casi muere.
—Precisamente por eso debería pensar cuidadosamente en lo que hará después.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era un mensaje enviado desde el número de Sophie.
Abrí la imagen adjunta.
Era una fotografía de una pequeña memoria USB escondida dentro de un objeto que reconocí inmediatamente.
La vieja caja de herramientas que Lily guardaba en mi garaje.
Debajo sólo había cuatro palabras:
“Lily sabía que vendrían.”
Levanté la mirada.
Richard Bennett seguía observándome.
Pero detrás de él, Marcus negó discretamente con la cabeza, advirtiéndome que no dijera nada.
Entonces llegó un segundo mensaje.
Esta vez no era de Sophie.
Número desconocido.
“Tenemos a la chica. Trae la memoria solo.”