PARTE 2: ESTA VEZ, ÉL LO PERDIÓ TODO.

Cuando llegué a casa, Marcos ya me había llamado diecisiete veces.

No contesté ninguna.

Entré en la habitación de nuestra hija, abrí el armario y saqué una pequeña maleta.

No pensaba huir.

Pensaba prepararme.

Durante ocho años había organizado cada factura, cada recibo y cada documento de nuestra familia. Marcos siempre se burlaba.

—Guardas demasiado papel.

Aquella noche, esos papeles dejaron de parecer inútiles.

Encontré estados bancarios, documentos de la hipoteca y movimientos de una tarjeta que casi nunca utilizábamos.

Entonces apareció algo extraño.

Transferencias mensuales.

Ocho mil yuanes.

Siempre el mismo día.

Siempre hacia una empresa llamada Lin Consulting.

Lin.

El apellido de Camila.

Seguí revisando.

Había restaurantes, hoteles, joyerías y pagos que jamás había visto.

Mientras yo comparaba precios en el supermercado para ahorrar diez yuanes, Marcos gastaba miles manteniendo una segunda vida.

Mi teléfono vibró.

Era un número desconocido.

Abrí el mensaje.

“Señora Zhou, soy Chen, del departamento financiero. Estuve en la videollamada. Creo que debería ver esto.”

Debajo había varios archivos.

El primero era una captura de la reunión.

No necesitaba verla.

El segundo sí me hizo detenerme.

Era una hoja de gastos corporativos.

El collar de treinta y dos mil yuanes aparecía registrado como:

“Obsequio institucional para cliente estratégico.”

El apartamento de Camila figuraba como:

“Alojamiento temporal para consultoría externa.”

Incluso había viajes de fin de semana cargados como reuniones comerciales.

Me quedé mirando la pantalla.

Ya no se trataba solamente de una infidelidad.

Marcos podía haber utilizado dinero de la empresa para pagar a su amante.

Escuché la puerta principal abrirse.

Guardé los documentos.

Marcos entró furioso.

—¿Con quién has hablado?

Ni siquiera preguntó cómo estaba.

Ni pidió perdón.

Su primera preocupación seguía siendo él mismo.

—Con nadie.

—No me mientas.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

—Recursos Humanos recibió el video.

—Qué rápido.

—Sofía, esto puede destruir mi carrera.

Lo miré.

—Curioso.

—¿Qué?

—Cuando descubrí que llevabas dos años destruyendo nuestro matrimonio, no parecías tan preocupado.

Marcos apretó los dientes.

—Cometí un error.

—Dos años no son un error.

—Camila no significa nada.

Solté una pequeña risa.

—Entonces gastaste muchísimo dinero en alguien que no significa nada.

Su expresión cambió.

—¿Qué sabes?

Aquella pregunta confirmó mis sospechas.

—Más de lo que sabías cuando entraste.

Marcos se acercó.

—Dame tu teléfono.

—No.

—Sofía.

—No vuelvas a darme órdenes.

Por primera vez en años, retrocedió.

Quizá porque finalmente entendió que la mujer que dependía económicamente de él ya no tenía ninguna razón para protegerlo.

Entonces sonó su teléfono.

Contestó.

—¿Sí?

Su rostro perdió color.

—Director Wang, puedo explicarlo.

Silencio.

—No, señor. Los gastos tienen justificación.

Otro silencio.

—¿Auditoría?

Me miró.

Aquella sola palabra cambió todo.

Marcos salió al balcón para continuar la conversación.

Yo escuché fragmentos.

“Malentendido.”

“Gastos autorizados.”

“Relación profesional.”

Las mismas palabras.

Las mismas mentiras.

Cuando regresó, parecía diez años mayor.

—¿Enviaste documentos a la empresa?

—No.

—Entonces alguien lo hizo.

—Quizá alguno de los treinta empleados que te vio con Camila encima.

Marcos golpeó la mesa con la palma.

Nuestra hija comenzó a llorar desde la habitación.

Lo miré.

Él también escuchó.

Pero fui yo quien corrió hacia ella.

Como siempre.

La abracé hasta que volvió a dormirse.

Cuando salí, Marcos estaba sentado en el sofá.

—No quería que terminara así.

—¿Cómo querías que terminara?

No respondió.

—¿Querías seguir engañándome mientras yo cocinaba, cuidaba a nuestra hija y ahorraba para una hipoteca que tú decías que apenas podíamos pagar?

—Yo mantuve esta familia.

Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de mí.

—No, Marcos.

Me acerqué.

—Tú traías dinero.

—Yo mantuve esta familia.

Se quedó callado.

Entonces llamaron a la puerta.

Era Camila.

Llevaba ambos zapatos esta vez, pero ya no tenía el collar.

Sus ojos estaban hinchados.

—Marcos, tenemos un problema.

Él se levantó.

—¿Qué haces aquí?

—Me suspendieron.

Miró hacia mí.

—Y Finanzas está revisando todos mis reembolsos de los últimos dos años.

Marcos palideció.

—Vete.

—¡No!

Camila sacó unos papeles del bolso.

—Dijiste que esos gastos estaban cubiertos.

—Te dije que te fueras.

Entonces comprendí algo.

Marcos no estaba intentando proteger a Camila.

Estaba intentando impedir que hablara delante de mí.

—Déjala —dije.

Ambos me miraron.

—Quiero escucharla.

Camila tragó saliva.

—Señora Zhou, yo sé que me odia.

—No eres el problema principal de mi matrimonio.

Miré a Marcos.

—Continúa.

Camila sostuvo los documentos con manos temblorosas.

—El apartamento no está a mi nombre.

Marcos cerró los ojos.

—Camila.

—Está a nombre de una empresa.

—¡Cállate!

—¿Qué empresa? —pregunté.

Ella respondió.

Reconocí inmediatamente el nombre.

Era la misma sociedad que aparecía en varios documentos de nuestra hipoteca.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Camila miró a Marcos.

—Díselo tú.

Él permaneció en silencio.

Entonces ella me entregó uno de los papeles.

Leí lentamente.

Había una dirección.

La dirección de nuestra casa.

Y debajo aparecía una garantía financiera vinculada a aquella empresa.

—No entiendo.

Camila respiró profundamente.

—Marcos pidió préstamos utilizando propiedades como garantía.

Lo miré.

—¿Nuestra casa?

Silencio.

—Marcos.

—Puedo arreglarlo.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Hipotecaste nuestra casa otra vez?

—Fue una inversión.

—¿Cuánto?

No respondió.

Camila lo hizo.

—Más de tres millones de yuanes.

El aire desapareció de la habitación.

Nuestra hipoteca.

Mis ahorros.

Los años en que había contado cada moneda.

Todo podía estar comprometido.

Pero todavía faltaba lo peor.

Mi teléfono sonó.

Era Chen nuevamente.

“Señora Zhou, encontramos algo durante la revisión. Creo que debe comprobar inmediatamente la cuenta de ahorros destinada a la educación de su hija.”

Corrí hacia la computadora.

Abrí la banca electrónica.

Introduje la contraseña.

Aquella cuenta debía contener casi cuatrocientos mil yuanes.

Dinero que mis padres habían entregado para el futuro de su nieta.

La página cargó.

Saldo disponible:

0,00 yuanes.

Me quedé inmóvil.

Después giré lentamente hacia Marcos.

Él no pudo mirarme.

—¿Dónde está el dinero de nuestra hija?

—Sofía, escúchame…

—¿DÓNDE ESTÁ?

Camila comenzó a llorar.

Y entonces dijo algo que me hizo comprender que el hombre con quien había dormido durante ocho años escondía mucho más que una amante.

—Marcos no gastó ese dinero conmigo.

La miré.

—¿Entonces dónde está?

Camila sacó otro documento del bolso.

Lo dejó frente a mí.

Era una transferencia internacional realizada seis meses atrás.

En el espacio reservado para el beneficiario aparecía el nombre de una mujer.

No era Camila.

Nunca lo había visto.

Debajo figuraba una nota escrita por Marcos.

“Para nuestro hijo.”

Levanté lentamente la mirada.

—Marcos…

Mi voz apenas salió.

—¿Qué hijo?

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