PARTE 2: LA CÁMARA DEL PASILLO

En urgencias, los médicos dejaron de hablar en cuanto vieron a Maya.

La llevaron directamente a valoración mientras una enfermera recibía a Liam.

David caminó detrás de la camilla hasta que un médico le cerró el paso.

—Señor Salazar, espere aquí.

—Soy su esposo.

—Lo sé. Pero necesitamos estabilizarla primero.

David se quedó inmóvil en medio del pasillo, todavía con el abrigo abierto y las manos frías.

A unos metros, Liam lloraba débilmente mientras una enfermera lo envolvía en una manta térmica.

Aquella imagen le destrozó algo por dentro.

Había enviado doscientos cuarenta mil pesos para que su esposa y su hijo estuvieran cuidados.

En cambio, había regresado para encontrarlos pasando frío y hambre.

A las doce con siete minutos comenzó el Año Nuevo.

Desde las ventanas del hospital se veían destellos de fuegos artificiales sobre la ciudad.

David no miró ninguno.

Su teléfono no dejaba de vibrar.

Primero su madre.

Después Claudia.

Después Mauricio.

Los mensajes comenzaron casi inmediatamente después de que canceló las tarjetas.

“David, la tarjeta no pasa.”

“Estamos en el hotel. Resuélvelo.”

“Mamá está muy alterada.”

Finalmente llegó uno de Leonor.

“No sé qué berrinche estás haciendo, pero estamos con gente importante. Reactiva las tarjetas ahora.”

David escribió una sola respuesta.

“¿Dónde están Maya y Liam?”

La respuesta tardó menos de un minuto.

“En casa, donde deben estar. Maya exagera todo. No empieces otra vez a consentirla.”

David apretó el teléfono.

No contestó.

A la una de la madrugada salió el médico.

—Su esposa está estable.

David soltó el aire que llevaba horas conteniendo.

—¿Y mi hijo?

—Está bien, pero necesitaba alimento y calor.

El médico hizo una pausa.

—Quiero preguntarle algo. ¿Su esposa estaba sola desde hace varios días?

—Mi madre debía estar con ella.

La expresión del médico cambió.

—Ella necesita reposo, alimentación adecuada y seguimiento. No debería estar haciendo esfuerzos innecesarios.

David recordó la sopa instantánea.

La silla plegable.

La sangre en la ropa.

—¿Qué esfuerzos?

El médico no respondió directamente.

—Pregúntele cuando despierte.

Eso fue suficiente.

David salió al estacionamiento y llamó a Iván, jefe de seguridad de su empresa.

—Necesito que revises las cámaras del departamento.

—¿Hubo un robo?

—No lo sé.

—¿Qué rango de tiempo?

David miró hacia las luces del hospital.

—Desde el día que Maya salió del hospital.

Iván tardó unos segundos.

—David, las cámaras interiores están desactivadas desde noviembre.

—Las visibles.

Silencio.

Iván entendió.

Durante una serie de robos en el edificio, David había instalado dos dispositivos adicionales que solo él e Iván conocían.

Uno apuntaba a la entrada.

Otro al pasillo que conectaba la cocina con la habitación del bebé.

—Dame una hora —dijo Iván.

Cuarenta minutos después llamó.

Su voz ya no sonaba tranquila.

—Tienes que ver esto.

David abrió el enlace desde su computadora.

La primera grabación mostraba a Maya entrando al departamento once días antes.

Caminaba lentamente.

Leonor iba detrás de ella.

Claudia cargaba a Liam.

Mauricio llevaba bolsas.

Durante los primeros minutos todo parecía normal.

Luego cambió.

Apenas la enfermera que los había acompañado se marchó, Leonor señaló hacia la cocina.

—La comida que te dejaron los doctores es exagerada. Si quieres recuperar tu figura, tienes que comer menos.

Maya respondió algo demasiado bajo para escuchar.

Leonor levantó la voz.

—Mientras vivas del dinero de mi hijo, harás las cosas como yo diga.

David cerró los puños.

Siguió mirando.

Al día siguiente, Claudia apareció con varias cajas.

Las mismas cajas de fórmula especial que David había pagado.

No las llevó a la cocina.

Las cargó hasta la puerta.

Mauricio esperaba afuera.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Maya desde el pasillo.

Claudia sonrió.

—Esta fórmula vale una fortuna. Liam puede tomar la normal.

—El pediatra dijo que necesita esa.

Leonor apareció detrás.

—Los médicos siempre quieren vender cosas caras.

Claudia salió con las cajas.

David detuvo el video.

—¿A dónde fueron? —preguntó.

Iván respondió:

—Todavía no lo sé.

Continuaron.

Dos días después, Mauricio llegó con un hombre desconocido.

Revisaron el departamento mientras Maya dormía.

Abrieron cajones.

Fotografiaron documentos.

Entraron incluso al estudio de David.

—¿Quién es ese hombre?

—Estoy investigándolo.

Entonces llegó la grabación del día anterior.

Leonor estaba en la cocina.

Claudia sostenía a Liam.

Mauricio hablaba por teléfono.

—El viaje ya está pagado —decía—. David ni siquiera revisa sus cuentas cuando está fuera.

Leonor abrió un cajón.

Sacó una carpeta.

David reconoció inmediatamente el color.

Eran los documentos del fideicomiso familiar.

Su madre comenzó a fotografiarlos.

—Mamá —dijo Claudia—, ¿y si Maya llama a David?

Leonor soltó una risa.

—No lo hará.

—¿Cómo sabes?

—Porque cree que si se queja, él pensará que no puede cuidar al niño.

David sintió náuseas.

Pero lo peor todavía no había llegado.

Mauricio terminó la llamada.

—El abogado dice que hace falta demostrar que ella es incapaz.

Leonor cerró la carpeta.

—Para eso estamos trabajando.

David se quedó helado.

—Retrocede —ordenó.

Iván lo hizo.

Escucharon otra vez.

“Hace falta demostrar que ella es incapaz.”

David sintió que el corazón golpeaba violentamente contra su pecho.

—¿Incapaz de qué?

Iván respondió en voz baja.

—Sigue mirando.

La grabación continuó.

Claudia dejó a Liam en el moisés.

—¿Y después?

Leonor respondió:

—Después de unas semanas, tendremos suficientes fotografías.

—¿Fotografías de qué?

—De la casa sucia. De ella agotada. Del niño bajo de peso.

David dejó de respirar.

No estaban descuidando a Maya por indiferencia.

Estaban creando deliberadamente la apariencia de que ella no podía cuidar a su propio hijo.

Mauricio sonrió.

—Y cuando David vuelva…

Leonor terminó la frase:

—Le diremos que Maya necesita tratamiento y que el niño debe quedarse con la familia.

David cerró la computadora de golpe.

Durante varios segundos no pudo hablar.

Iván rompió el silencio.

—Hay más.

—¿Qué?

—La cámara de entrada registró a ese mismo hombre regresando ayer.

—¿El supuesto abogado?

—Sí.

—¿Qué hizo?

Iván envió una captura.

El hombre sostenía una carpeta.

En la portada podía leerse:

SOLICITUD DE CUSTODIA TEMPORAL DE EMERGENCIA.

David sintió un frío absoluto.

—¿A nombre de quién?

Iván amplió la imagen.

Solicitante:

Leonor Salazar.

Pero debajo había una segunda línea.

David acercó la pantalla.

Padre que autoriza: David Salazar.

Su propia firma aparecía al final.

Perfectamente reproducida.

Solo había un problema.

David jamás había firmado aquel documento.

En ese instante, una enfermera salió al pasillo.

—Señor Salazar, su esposa despertó.

David cerró la computadora y corrió hacia la habitación.

Maya estaba pálida, pero consciente.

Cuando lo vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—David…

Él tomó su mano.

—Ya sé lo que hicieron.

El miedo apareció inmediatamente en el rostro de Maya.

—No.

—Vi las cámaras.

Ella comenzó a temblar.

—Entonces también sabes…

David frunció el ceño.

—¿Sé qué?

Maya miró hacia la puerta.

Luego apretó sus dedos.

—Tu mamá no quería solamente quedarse con Liam.

David sintió que algo se hundía dentro de él.

—¿Qué más quería?

Maya tragó saliva.

—Encontró algo en tus documentos. Algo sobre quién heredaría tus empresas si te pasaba algo en Alemania.

Antes de que David pudiera preguntar, su teléfono vibró.

Mensaje de Iván.

“Encontré al hombre de las grabaciones.”

Debajo apareció su nombre.

Y David dejó de respirar.

Porque no era ningún abogado desconocido.

Era el notario que había preparado su testamento tres años antes.

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