La sonrisa de Isabella desapareció.
Sebastián se quedó inmóvil.
—¿Qué deuda? —preguntó.
Cerré la carpeta con calma.
—La que Davenport Holdings lleva seis meses ocultando.
El padre de Sebastián, Richard Davenport, golpeó la mesa.
—¡Cuidado con lo que dices!
Mi padre finalmente levantó la mirada.
—Yo tendría más cuidado con lo que ustedes han firmado, Richard.
Aquello cambió el ambiente.
Sebastián miró a su padre.
—¿De qué están hablando?
Richard no respondió.
Yo sí.
—Davenport Holdings tiene préstamos por ciento ochenta millones de dólares respaldados por proyectos que todavía no generan beneficios.
La mano de Isabella bajó lentamente.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Correcto —dije—. Hasta hace cinco minutos.
Sebastián se levantó.
—Valeria, esto es una negociación privada.
—Era privada mientras existía confianza entre nuestras familias.
Señalé la carpeta.
—Torres Group iba a aportar capital para refinanciar parte de esa deuda después del matrimonio. Sin nuestra participación, dos bancos pueden revisar sus líneas de crédito.
Richard se puso de pie.
—Arturo, controla a tu hija.
Mi padre sonrió.
—Ese fue tu primer error.
Richard frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Pensar que yo controlo Torres Group.
Mi padre apoyó la copa.
—Valeria es la directora ejecutiva. La firma que necesitaban era la suya.
Sebastián me miró como si acabara de descubrir quién estaba sentada frente a él.
Durante meses había supuesto que nuestro matrimonio estaba decidido por nuestros padres.
Que yo simplemente cumpliría.
Quizá por eso se había atrevido a humillarme.
Porque creyó que yo no podía marcharme.
—Podemos hablar en privado —dijo.
—No.
—Valeria.
—Elegiste hacerlo públicamente. Terminaremos públicamente.
Isabella intentó quitarse el anillo.
—Entonces toma esta cosa.
—Te dije que puedes quedártelo.
—No lo quiero.
—Hace diez minutos parecía encantarte.
Sus mejillas se encendieron.
Sebastián dio un paso hacia mí.
—Basta con atacar a Isabella. Ella no tiene culpa.
Solté una pequeña risa.
Incluso entonces la defendió a ella.
—Perfecto.
Me levanté.
—Entonces protégela.
Sebastián parecía confundido.
—¿Qué significa eso?
—Significa que eres libre.
Lo miré directamente.
—Cásate con ella.
Isabella palideció.
Curioso.
Había querido mi silla.
Mi anillo.
Mi prometido.
Pero cuando le ofrecí oficialmente todo el paquete, parecía aterrorizada.
—Sebastián y yo nunca hablamos de matrimonio —dijo rápidamente.
—¿No?
Miré el anillo en su dedo.
—Qué extraño accesorio elegiste entonces.
Algunos invitados tuvieron que esconder sus sonrisas.
Sebastián golpeó la mesa.
—¡Esto no es un juego!
—Finalmente estamos de acuerdo.
Tomé los documentos restantes.
—Clara.
Mi asistente avanzó.
—Cancela la transferencia programada para mañana.
Richard se quedó blanco.
—¿Qué transferencia?
Clara abrió su tableta.
—Cuarenta millones de dólares correspondientes a la primera fase del proyecto Davenport-Torres.
Richard miró a Sebastián.
—¿Qué hiciste?
Por primera vez, Sebastián no tuvo respuesta.
Su madre se levantó apresuradamente.
—Valeria, querida, todos estamos alterados. Isabella puede marcharse y nosotros podemos continuar la cena.
Isabella la miró sorprendida.
—¿Perdón?
La señora Davenport ni siquiera le devolvió la mirada.
Eso debió enseñarle algo.
Para aquella familia, Isabella era importante mientras no costara cuarenta millones de dólares.
—No hay cena —respondí.
—Podemos resolverlo.
—No.
—Piensa en la reputación de ambas familias.
—Estoy pensando precisamente en la mía.
Me dirigí hacia la puerta.
Sebastián me agarró del brazo.
Mi padre se levantó.
Pero levanté una mano para detenerlo.
Miré primero los dedos de Sebastián sobre mi piel.
Después sus ojos.
—Suéltame.
Lo hizo.
—Estás destruyendo años de trabajo por celos.
Aquello consiguió que me detuviera.
Me giré lentamente.
—¿Celos?
—Sabías que nuestro matrimonio era empresarial.
—Exactamente.
Me acerqué lo suficiente para que solo quienes estaban alrededor pudieran escuchar.
—Y si vas a convertir un matrimonio empresarial en una humillación pública, entonces eres demasiado imprudente para ser mi socio.
Sebastián abrió la boca.
—No estoy cancelando esto porque ames a otra mujer. Lo cancelo porque demostraste que no sabes distinguir entre poder y estupidez.
Su rostro se endureció.
Entonces Isabella habló.
—Sebastián, vámonos.
Él no se movió.
Ella volvió a tocarle el brazo.
—Sebastián.
Él apartó la mano.
Fue un gesto pequeño.
Pero Isabella lo sintió.
Todos lo sentimos.
La fantasía acababa de terminar.
Una hora antes, ella había entrado creyendo que había ganado al heredero Davenport.
Ahora empezaba a comprender que quizá había recibido algo muy diferente.
Mi padre caminó conmigo hasta el vestíbulo.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Entonces mañana tendremos guerra.
—Lo sé.
—Los Davenport intentarán culparte.
—También lo sé.
Mi padre sonrió.
—Bien.
Cuando llegué a las escaleras, Clara se acercó rápidamente.
—Valeria.
Su expresión me hizo detenerme.
—¿Qué ocurre?
—Hay algo que deberías ver antes de que se marchen.

Me entregó su tableta.
En pantalla aparecía un informe que nuestro departamento jurídico había recibido aquella tarde.
Leí la primera línea.
Después la segunda.
Y comprendí que el anillo era apenas el principio.
—¿Desde cuándo sabemos esto?
—Lo confirmamos hoy.
Sebastián apareció detrás de nosotros.
—¿Qué estás mirando?
Bloqueé la pantalla.
—Nada que te pertenezca.
—Todavía soy parte del proyecto.
—Ya no.
Richard llegó detrás de él.
—Valeria, necesitamos veinticuatro horas.
—¿Para qué?
No respondió.
Clara sí.
—Para impedir que los bancos descubran que Davenport Holdings incumplió una cláusula de garantía hace cuatro meses.
Richard cerró los ojos.
Sebastián giró hacia él.
—¿Es verdad?
—No aquí.
—¡¿Es verdad?!
Richard permaneció callado.
Vi el instante exacto en que Sebastián comprendió que su propio padre le había ocultado la gravedad de la situación.
Pero todavía faltaba algo.
Clara inclinó la tableta hacia mí.
Había un nombre vinculado a una de las compañías que había recibido dinero de Davenport Holdings.
Isabella Reed.
Miré hacia el comedor.
Ella ya no estaba.
—¿Dónde está Isabella?
Sebastián se giró.
Su silla estaba vacía.
También había desaparecido su bolso.
Pero el anillo permanecía sobre la mesa.
Debajo había una pequeña tarjeta doblada.
Sebastián llegó primero y la abrió.
Su rostro perdió todo el color.
Le arrebaté la tarjeta.
Solo contenía una frase:
“Gracias por conseguirme acceso. Ya tengo lo que necesitaba.”
Clara miró inmediatamente hacia la mesa.
—Valeria…
—¿Qué?
—Tu carpeta.
Miré el lugar donde había dejado los acuerdos confidenciales.
Estaba vacío.
La carpeta había desaparecido.
Sebastián corrió hacia la entrada.
Entonces su teléfono sonó.
Se detuvo al mirar la pantalla.
—Es Isabella.
—Contesta.
Activó el altavoz.
La voz dulce de Isabella llenó el vestíbulo.
—Sebastián, dile a Valeria que revise las noticias.
Clara abrió inmediatamente su teléfono.
Su expresión cambió.
—Demasiado tarde.
Me mostró la pantalla.
Un medio financiero acababa de publicar una alerta.
“DOCUMENTOS FILTRADOS REVELAN NEGOCIACIONES SECRETAS ENTRE TORRES GROUP Y DAVENPORT HOLDINGS.”
Pero debajo había otra línea.
Una mucho peor.
“FUENTES AFIRMAN QUE VALERIA TORRES HABRÍA AUTORIZADO PERSONALMENTE TRANSFERENCIAS IRREGULARES.”
Sentí todas las miradas sobre mí.
Entonces Isabella volvió a hablar.
—Bonita cena, Valeria.
Hizo una pausa.
—Ahora veamos cuánto tarda tu propio consejo de administración en echarte de tu empresa.
Y la llamada terminó.