PARTE 2: LA NIÑA QUE LO SABÍA TODO

La pregunta de Zoe me dejó inmóvil.

—¿Por qué preguntas eso?

La niña bajó la mirada hacia su hoja.

—Porque cuando mi mamá se fue, yo también dejé de dibujar.

Su voz no tembló.

Eso fue lo que más me dolió.

Me senté frente a ella.

—¿Cuánto tiempo llevas sin pintar?

—Ciento veintitrés días.

Había contado cada uno.

Tomé un lápiz y lo puse entre nosotras.

—Entonces hoy no pintaremos.

Zoe levantó la cabeza.

—¿No?

—Hoy solo dibujaremos una línea.

—Eso es demasiado fácil.

—Exactamente.

Dibujé una línea torcida.

Ella la observó.

Luego añadió otra.

Veinte minutos después, aquellas dos líneas se habían convertido en una casa junto a un lago.

Por primera vez, Zoe sonrió.

Entonces escuchamos una voz desde la puerta.

—Así que eras tú.

Se me heló la espalda.

Julian Hawthorne estaba apoyado contra el marco.

Traje oscuro.

Corbata aflojada.

La misma mirada arrogante que recordaba.

—Señor Hawthorne.

—Maestra Claire.

Miró el dibujo.

—Zoe no tocaba un lápiz desde hacía cuatro meses.

—Hoy quiso hacerlo.

—No —dijo Zoe—. Ella hizo una línea horrible y tuve que arreglarla.

Julian soltó una carcajada.

Yo casi sonreí.

Casi.

Recogí mis cosas.

—La clase terminó.

Cuando pasé junto a Julian, habló en voz baja.

—Escuché que finalmente dejaste a Prescott.

Me detuve.

—Mi vida personal no es asunto tuyo.

—Tienes razón.

Por primera vez, no había burla en su voz.

—Solo quería decir que tardaste demasiado.

Lo miré.

—Sigues siendo insoportable.

—Eso tampoco ha cambiado.

Me marché.


Durante las semanas siguientes, mi vida se hizo pequeña.

Y sorprendentemente tranquila.

Trabajaba.

Pintaba por las noches.

Compraba flores baratas los viernes.

Dormía sin esperar escuchar el automóvil de Adrian entrando de madrugada.

Zoe empezó a buscarme todos los días.

Dibujaba árboles.

Casas.

Animales.

Nunca personas.

Hasta que una tarde pintó tres figuras.

Una niña.

Una mujer.

Y un hombre muy alto.

—¿Quiénes son?

Señaló a la niña.

—Yo.

Luego a la figura masculina.

—Tío Julian.

Finalmente tocó a la mujer.

—Tú.

Mi mano se detuvo.

—Zoe, no deberías—

—Quiero que seas mi mamá.

Sentí un golpe en el pecho.

—No puedes elegir una mamá así.

—¿Por qué no?

No supe responder.

Entonces una voz apareció detrás de mí.

—Zoe.

Julian.

La niña guardó rápidamente el dibujo.

Él fingió no haber escuchado.

Pero sus ojos me dijeron que sí.


Mientras mi vida empezaba a reconstruirse, algo diferente ocurría en la casa Prescott.

Serena se había mudado apenas diez días después de mi partida.

Al principio Elliot estaba encantado.

Hasta que descubrió que querer el título de “mamá” era muy diferente de querer ser madre.

Serena no quería despertarse temprano.

No soportaba que Elliot entrara en su habitación.

No asistía a reuniones escolares.

Y cuando el niño enfermó una noche, llamó a una niñera.

—¿Por qué no te quedas conmigo? —preguntó Elliot.

—Porque mañana tengo una sesión de fotos.

—Mamá siempre se quedaba.

Serena endureció la expresión.

—Entonces llama a tu mamá.

Elliot guardó silencio.

Él mismo me había pedido que no regresara.

Adrian escuchó aquella conversación desde el pasillo.

Por primera vez empezó a notar todas las cosas que antes ocurrían sin que él preguntara quién las hacía.

Los medicamentos de Elliot.

Sus uniformes.

Las citas médicas.

Las comidas que podía comer cuando le dolía el estómago.

Las historias antes de dormir.

Todo había sido yo.

Una noche encontró a Elliot sentado frente a mi antigua habitación.

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿Extrañas a Claire?

Elliot apretó los labios.

—Ella prometió no volver.

Adrian sintió una incomodidad inesperada.

—Estaba enfadada.

—Claire cumple sus promesas.

El niño levantó la mirada.

—Papá, ¿dónde vive?

Adrian no respondió.

Porque no lo sabía.


Un mes después, el centro organizó una exposición infantil.

Zoe insistió en presentar su dibujo.

Yo estaba colocando cuadros cuando escuché una voz que conocía demasiado bien.

—Claire.

Me giré.

Adrian estaba a pocos metros.

Elliot estaba junto a él.

Mi hijo me miró como si hubiera visto un fantasma.

—Mamá…

El salón quedó en silencio para mí.

Elliot corrió dos pasos.

Después se detuvo.

Tal vez recordó su propia petición.

Yo tampoco avancé.

—Hola, Elliot.

Su rostro se arrugó.

—¿Por qué no volviste?

La pregunta me atravesó.

—Porque te lo prometí.

—Pero yo…

Miró hacia Adrian.

—Pensé que volverías de todas formas.

Respiré profundamente.

—Las palabras tienen consecuencias, cariño.

Elliot empezó a llorar.

Adrian se acercó.

—Claire, necesitamos hablar.

—No.

—Es sobre Elliot.

—Entonces puedes comunicarte por los canales legales correspondientes.

Su expresión cambió.

—¿Canales legales?

Saqué una carpeta del escritorio.

—Solicité formalmente la renuncia de mis derechos de custodia provisional mientras se revisa nuestra situación familiar.

Adrian palideció.

—¿Estás loca?

—No vuelvas a hablarme así.

—¡Es tu hijo!

Aquellas palabras casi me hicieron reír.

—Curioso. Cuando vivía contigo, apenas recordabas eso.

Entonces Julian apareció.

—¿Hay algún problema?

Adrian lo miró.

Después me miró a mí.

Y entendió.

—¿Trabajas para Hawthorne?

—Trabajo para el centro.

—¿Y él qué hace aquí?

Zoe salió corriendo.

—¡Tío Julian!

Se abrazó a su cintura.

Elliot miró a Zoe.

Luego a Julian.

Después a mí.

—¿Ella es tu hija nueva?

—No.

Pero Zoe respondió al mismo tiempo:

—Todavía no.

Julian cerró los ojos.

—Zoe.

La situación habría sido casi graciosa si Elliot no estuviera llorando.

Me arrodillé frente a él.

—Escúchame. Nunca fuiste reemplazado.

—Entonces vuelve.

Aquellas dos palabras eran exactamente las que había esperado escuchar durante semanas.

Y, sin embargo, ya no podían devolverme a la mujer que había sido.

—No puedo volver a esa casa.

—¿Por Serena?

—No.

Miré a Adrian.

—Por mí.

Elliot bajó la cabeza.

Entonces sacó algo del bolsillo.

Tres monedas.

Las mismas que me había entregado el día que me marché.

—Guardé otras.

Las puso en mi palma.

—¿Ahora puedo pedirte que vuelvas?

Tuve que apartar la mirada.

Adrian también parecía afectado.

Pero antes de que pudiera responder, una mujer entró apresuradamente.

Era la directora del centro.

—Señorita Claire, necesitamos hablar.

—¿Qué ocurre?

Miró a Adrian.

Luego a Julian.

—Acabamos de recibir una denuncia formal contra usted.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Alguien afirma que utilizó su trabajo aquí para acercarse deliberadamente a la familia Hawthorne.

Julian endureció la mirada.

—¿Quién presentó la denuncia?

La directora me entregó una copia.

Leí el nombre.

Serena Vale.

Pero debajo aparecía un documento adjunto.

Una fotografía antigua.

En ella estaba yo, varios años más joven.

A mi lado aparecía Julian.

Y entre nosotros había una mujer que reconocí inmediatamente.

Mi madre.

Me quedé sin aire.

Julian tomó la fotografía.

Por primera vez desde que lo conocía, perdió completamente su expresión burlona.

—¿De dónde sacaron esto?

Lo miré.

—¿Conocías a mi madre?

Julian no respondió.

Adrian observó la fotografía.

—Claire… ¿qué significa esto?

Julian levantó finalmente los ojos hacia mí.

—Significa que te mentí.

—¿Sobre qué?

Su mandíbula se tensó.

Sobre la verdadera razón por la que llevo años intentando alejarte de Adrian Prescott.

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