Parte 2: LA OFERTA QUE NO PODÍA ACEPTAR

A la mañana siguiente, la tarjeta de Alexander Carter seguía sobre mi pequeña mesa de cocina.

La había dejado allí durante toda la noche, junto a una taza de café instantáneo y la factura vencida de electricidad.

ALEXANDER CARTER — CARTER HOLDINGS.

Debajo aparecía un número privado.

Había buscado su nombre antes de dormir y casi se me cayó el teléfono de las manos.

Hoteles. Fábricas. Edificios. Fundaciones.

El hombre que me había observado alimentar a aquella anciana era uno de los empresarios más poderosos de Texas.

Y aquella mujer era su madre.

Durante horas intenté convencerme de que no debía llamar.

Quizá sólo quería agradecerme.

Quizá quería ofrecerme dinero.

Y si era eso, prefería seguir haciendo entregas hasta medianoche antes que aceptar una recompensa por haber tratado a una persona con dignidad.

A las nueve y diecisiete, mi teléfono sonó.

Número desconocido.

—¿Emilia?

Reconocí inmediatamente aquella voz.

—Señor Carter.

—Te pedí que llamaras.

Miré la tarjeta.

—Todavía estaba pensando si hacerlo.

Hubo un silencio.

Después escuché algo inesperado.

Alexander se rio.

—Mi madre dijo que responderías exactamente eso.

—¿Está bien?

Su tono cambió.

—Hoy no ha querido desayunar.

Sentí una presión extraña en el pecho.

—¿Por qué?

—Dice que está esperando a Emilia.

Me quedé inmóvil.

Alexander me pidió que fuera aquella tarde a su casa. Insistió en enviar un automóvil, pero me negué.

Llegué en mi motocicleta de reparto a una mansión donde probablemente hasta el garaje costaba más que todo lo que yo ganaría en veinte años.

La propiedad se encontraba detrás de enormes puertas de hierro, rodeada de robles y jardines impecables.

Un guardia revisó mi nombre dos veces.

Cuando finalmente entré, Alexander me esperaba en las escaleras.

Sin traje parecía diferente.

Más humano.

—Gracias por venir.

—Sólo vine a comprobar que su madre estuviera bien.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras me inquietaron.

Me condujo hasta una terraza acristalada.

La señora Carter estaba junto a una ventana.

Cuando me vio, su rostro se iluminó inmediatamente.

—¡Emilia!

Me abrazó como si nos conociéramos desde hacía años.

Su nombre era Eleanor.

Pasamos casi una hora hablando.

Descubrí que adoraba las novelas antiguas, odiaba que los empleados caminaran detrás de ella constantemente y extrañaba cocinar aunque sus manos ya no se lo permitieran.

Alexander nos observaba desde la puerta.

Hasta que Eleanor dijo:

—Hijo, deja de vigilarnos como un agente del Servicio Secreto.

—Mamá…

—Ve a trabajar.

Alexander negó con la cabeza.

Pero obedeció.

Cuando nos quedamos solas, Eleanor me miró con una expresión diferente.

—Alexander está preocupado por mí.

—Es normal.

—No. Está aterrorizado.

Sus dedos temblaron sobre su regazo.

—Mi enfermedad ha empeorado durante los últimos meses. Él contrata enfermeras, asistentes, especialistas… Todos son excelentes profesionales.

Hizo una pausa.

—Pero algunos dejaron de verme como Eleanor. Sólo ven una paciente.

Comprendí perfectamente lo que quería decir.

Antes de marcharme, Alexander me esperaba en la biblioteca.

Sobre el escritorio había una carpeta.

—Quiero ofrecerte un trabajo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Acompañante personal de mi madre. No enfermera. Ella ya tiene personal médico. Quiero alguien que converse con ella, la acompañe a comer, salga con ella cuando quiera…

Empujó la carpeta hacia mí.

Vi el salario.

Pensé que había leído mal.

Volví a mirarlo.

Era casi cinco veces lo que ganaba trabajando jornadas dobles.

—No puedo aceptar esto.

—¿Por qué?

—Porque no tengo formación profesional.

—No estoy contratando formación profesional.

Sus ojos permanecieron clavados en los míos.

—Estoy contratando lo que hiciste ayer cuando creías que nadie importante estaba mirando.

Aquella frase me dejó sin respuesta.

Acepté una semana de prueba.

Lo que ocurrió después cambió mi rutina completamente.

Cada mañana llegaba a la residencia Carter.

Desayunaba con Eleanor.

Caminábamos por el jardín cuando su cuerpo se lo permitía. Le leía capítulos de sus novelas favoritas. Algunas tardes simplemente nos sentábamos a conversar.

Poco a poco comenzó a contarme historias sobre Alexander.

Su padre había muerto cuando él tenía diecinueve años.

Alexander había convertido una pequeña empresa familiar en un imperio porque, según Eleanor, había aprendido demasiado joven que el dinero podía proteger casi todo excepto a las personas que amabas.

Una tarde encontramos una vieja fotografía.

Alexander tendría unos ocho años.

Estaba cubierto de harina junto a Eleanor.

—Intentábamos hacer un pastel —dijo ella riendo.

—Parece que explotó.

Una voz apareció detrás de nosotras.

—Explotó.

Alexander estaba apoyado contra la puerta.

Eleanor levantó la fotografía.

—Antes sonreías más.

Él me miró.

—Antes tenía ocho años.

Pero durante un instante vi aquella sonrisa nuevamente.

Las semanas pasaron.

Mi vida comenzó a estabilizarse.

Pagué la electricidad.

Dejé los turnos nocturnos.

Por primera vez en años pude comprar comida sin calcular cada dólar.

Sin embargo, algo extraño comenzó a suceder.

Algunos empleados de la mansión dejaron de hablar cuando yo entraba.

Una tarde escuché a dos personas susurrando en el corredor.

—No debería estar aquí.

—¿Alexander lo sabe?

—Todavía no.

Cuando aparecí, ambos se marcharon.

Pensé que hablaban de mí.

Hasta aquella noche.

Eleanor se había quedado dormida temprano.

Yo bajaba las escaleras cuando escuché voces procedentes del despacho de Alexander.

Una mujer hablaba.

—Estás cometiendo un error.

—Mi madre está mejor desde que Emilia llegó.

—No estoy hablando de tu madre.

Me detuve.

La puerta estaba entreabierta.

Dentro había una mujer elegante, quizá de treinta y tantos años, sosteniendo una copa.

—¿Entonces de qué estás hablando, Victoria?

Ella dejó la copa sobre el escritorio.

—De Emilia.

Mi corazón comenzó a golpearme.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué pasa con ella?

Victoria abrió su bolso.

Sacó un sobre.

—Tu investigador encontró algo sobre esa chica.

Alexander no respondió.

—Algo que necesitas ver antes de permitir que vuelva a acercarse a Eleanor.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

¿Investigador?

¿Me habían investigado?

Alexander tomó el sobre.

Yo debería haberme marchado.

Pero entonces Victoria dijo algo que me dejó paralizada.

—Hay una razón por la que Emilia terminó trabajando en ese café.

Alexander levantó lentamente la mirada.

—Explícate.

Victoria respiró profundamente.

—Hace veintitrés años, tu madre estuvo involucrada en algo que tu familia pagó muchísimo dinero para mantener enterrado.

Se hizo un silencio absoluto.

Mis manos comenzaron a temblar.

Alexander abrió el sobre.

Dentro había fotografías y documentos.

Observó la primera página.

Su rostro perdió todo color.

—Esto no puede ser cierto.

Victoria señaló una fotografía.

—Mira el nombre.

Alexander volvió a leer.

Después miró hacia la puerta.

Hacia mí.

Nuestros ojos se encontraron.

Ya sabía que estaba escuchando.

Pero lo que realmente me aterrorizó fue su expresión.

No parecía enfadado.

Parecía horrorizado.

—Emilia —dijo lentamente—, entra.

No pude moverme.

Alexander sostuvo el documento entre sus dedos.

—Necesito preguntarte algo.

Tragué saliva.

—¿Qué?

Sus ojos bajaron otra vez hacia aquella fotografía.

—¿Quién era realmente tu abuela?
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