Zhanzhan guardó silencio unos segundos al otro lado del teléfono.
Luego su voz cambió.
—Bihan… ¿qué pasó?
Miré la taza de té frente a mí.
El vapor seguía elevándose lentamente, como si aquella mañana fuera completamente normal.
—Nada.
—No me mientas.
Cerré los ojos.
—Solo quiero saber si estoy bien.
No le conté lo que había escuchado la noche anterior.
No le dije que Zhou Ziyan había abrazado a otra mujer.
Ni que aquella chica llevaba años a su lado.
Ni que mi esposo, el hombre que decía querer protegerme del dolor, se había reído mientras aseguraba que yo dependía completamente de él.
Zhanzhan suspiró.
—Ven al hospital. Hablaré con el director del departamento.
Dos horas después estaba sentada frente a ella.
Mi mejor amiga me conocía desde la universidad y trabajaba como médica en uno de los hospitales privados más prestigiosos de la ciudad.
Apenas me vio, frunció el ceño.
—Has perdido peso.
—He estado durmiendo mal.
—¿Desde cuándo?
—Unos meses.
Me tomó la muñeca.
—¿Y esos mareos que mencionaste la semana pasada?
Asentí.
—Siguen.
Zhanzhan me miró fijamente.
—Bihan, necesito que me cuentes todo.
Sonreí débilmente.
—Primero los análisis.
Durante toda la mañana pasé de una sala a otra.
Sangre.
Ecografía.
Tomografía.
Pruebas hepáticas.
Exámenes que ni siquiera sabía pronunciar.
Al mediodía estaba agotada.
Mientras esperaba los últimos resultados, recibí un mensaje.
Era Zhou Ziyan.
“La reunión se complicó. Probablemente comeré fuera. No me esperes.”
Lo leí una sola vez.
Entonces apareció otro mensaje.
Esta vez de un número desconocido.
Era una fotografía.
Zhou Ziyan estaba sentado en un restaurante.
Frente a él estaba Lin Yue.
Ella llevaba el abrigo de él sobre los hombros.
Sobre la mesa había un pastel pequeño con una vela.
Debajo de la fotografía solo decía:
“Hoy cumple veintitrés.”
Sentí un dolor sordo.
Pero no respondí.
Bloqueé el número.
Luego eliminé la conversación.
Ya no necesitaba pruebas.
Cuando una persona ha decidido marcharse, conocer cada detalle de la traición solo sirve para prolongar el sufrimiento.
La puerta se abrió.
Zhanzhan entró con una carpeta.
Su rostro estaba serio.
Demasiado serio.
Me enderecé.
—¿Qué ocurre?
Ella cerró la puerta.
—Bihan, ¿has estado tomando algún medicamento últimamente?
Saqué del bolso el frasco que había comprado para el hígado.
—Esto.
Lo tomó.
Leyó la etiqueta.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Quién te lo recetó?
—El médico privado de Ziyan.
—¿Desde cuándo lo tomas?
—Casi cinco meses.
Zhanzhan dejó el frasco sobre la mesa.
—Deja de tomarlo desde hoy.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
Ella se sentó frente a mí.
—Tus enzimas hepáticas están muy alteradas.
Me quedé inmóvil.
—¿Es grave?
—Todavía necesitamos confirmar la causa.
—¿Puede ser por este medicamento?
Zhanzhan no respondió inmediatamente.
Y aquel silencio me dio más miedo que cualquier diagnóstico.
—Bihan —dijo finalmente—, esto no parece un suplemento común.
Tomó el teléfono.
—Voy a enviarlo al laboratorio.
—¿Qué crees que contiene?
—No quiero decir nada hasta tener resultados.
La miré.
—Zhanzhan.
Ella bajó la voz.
—Algunos componentes de esta fórmula no deberían administrarse durante meses sin controles constantes.
Mis dedos se enfriaron.
Recordé cómo había empezado todo.
Cinco meses atrás, Zhou Ziyan me llevó personalmente a una consulta después de que me desmayara durante una cena.
El médico dijo que mi hígado estaba débil.
Ziyan se mostró preocupado.
Me compraba las medicinas.
Me recordaba cada noche que debía tomarlas.
Incluso las colocaba junto al vaso de agua antes de dormir.
En aquel entonces pensé que era amor.
Ahora no sabía qué pensar.
—¿El médico te entregó informes? —preguntó Zhanzhan.
—Ziyan siempre se encargó de todo.
Su mirada se endureció.
—Consíguelos.
Salí del hospital a las cuatro.
En vez de regresar a casa, fui directamente a la clínica privada donde me habían tratado.
La recepcionista buscó mi nombre.
Luego frunció el ceño.
—Señora Lin, no aparece ningún expediente.
—He venido aquí varias veces.
—¿Con qué médico?
Dije su nombre.
La mujer tardó demasiado en responder.
—Ese doctor dejó de trabajar con nosotros hace casi tres meses.
Sentí un escalofrío.
—Necesito mis análisis anteriores.
La recepcionista volvió a revisar.
Nada.
No existía ningún registro de mis consultas.
Cuando regresé a casa, Zhou Ziyan todavía no había vuelto.
Subí a su estudio.
Nunca entraba allí sin permiso.
Antes no tenía razones.
Ahora tenía demasiadas.
Abrí archivadores.
Cajones.
Carpetas.
Facturas.
Hasta que encontré un sobre escondido detrás de varios contratos.
Dentro había informes médicos.
Los míos.
Pero no eran los informes que yo recordaba.
La primera analítica, realizada cinco meses atrás, mostraba valores prácticamente normales.
La segunda también.
La tercera comenzaba a mostrar alteraciones.
Y junto a ella había una anotación manuscrita:
“Continuar dosis. No suspender.”
Sentí que las piernas me fallaban.
Abajo escuché abrirse la puerta principal.
Zhou Ziyan había regresado.
Guardé los documentos dentro del bolso.
Estaba cerrando el cajón cuando escuché sus pasos subir.
Entró al estudio.
Se detuvo.
—Bihan.
Sonreí.
—Has vuelto temprano.
Su mirada pasó de mi rostro al escritorio.

—¿Qué haces aquí?
—Buscaba unos documentos.
Durante un instante no dijo nada.
Luego sonrió.
—Podías haberme llamado.
Se acercó.
Olía ligeramente a perfume femenino.
—Te prometí cenar contigo.
—Pensé que estabas ocupado.
—Cancelé todo.
Me abrazó.
Su voz volvió a ser cálida.
—Últimamente siento que estás distante.
Apoyé la cabeza contra su pecho.
Escuché aquel corazón que durante tantos años había creído conocer.
—Ziyan.
—¿Sí?
—Si un día descubrieras que ya no soy la mujer que necesitas… ¿me dejarías marchar?
Su cuerpo se tensó.
Solo un segundo.
Luego me abrazó más fuerte.
—¿Qué tonterías dices?
—Solo pregunto.
Zhou Ziyan apartó mi cabello.
—Nunca voy a dejarte.
Levanté los ojos.
—¿Aunque quieras a otra persona?
La sonrisa desapareció de su rostro.
Pero antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró dentro del bolso.
Un mensaje de Zhanzhan.
“Bihan, recibimos el análisis preliminar del medicamento.”
Debajo había otra línea.
“No tomes ninguna dosis más y no le digas todavía a Zhou Ziyan que lo sabemos.”
Sentí que se me helaba la sangre.
Entonces llegó el último mensaje.
“Hay una sustancia que no aparece en la etiqueta.”
Zhou Ziyan miró mi bolso.
—¿Quién te escribe?
Apreté lentamente la correa entre mis dedos.
Y antes de que pudiera contestar, él extendió la mano.
—Dame el teléfono.