A la mañana siguiente, Paola llegó al despacho del notario vestida de blanco.
Tacones altos.
Bolso de diseñador.
Cabello perfectamente acomodado.
Parecía una mujer que iba a cerrar un negocio importante.
Rodrigo llegó cinco minutos después acompañado de su madre.
Doña Elvira llevaba un vestido azul sencillo y caminaba despacio, apoyándose en el brazo de su hijo.
Paola sonrió al verla.
—¿También la trajiste?
Rodrigo no respondió.
El notario los hizo pasar.
Sobre la mesa ya estaban preparados los documentos.
Poder amplio.
Administración de la empresa.
Facultades para gestionar cuentas.
Autorizaciones sobre la casa.
Todo lo que Paola había exigido.
Ella tomó una pluma.
—Bueno, Rodrigo. Acabemos rápido.
Él se sentó.
—Antes quiero hacerte una pregunta.
Paola suspiró.
—¿Ahora qué?
—Si firmo, ¿qué vas a hacer con mi mamá?
Doña Elvira lo miró sorprendida.
Paola sonrió.
—Buscarle un lugar adecuado.
—¿Adecuado?
—Un centro donde puedan atenderla.
—¿Y si ella no quiere?
La sonrisa desapareció.
—Ya hablamos de esto.
—Quiero escucharlo aquí.
Paola miró al notario.
Después a Rodrigo.
—Si sigue interfiriendo en nuestro matrimonio, no puede quedarse en la casa.
—¿Y si yo quiero que se quede?
Paola dejó la pluma.
—Rodrigo, deja de hacer teatro.
Él sacó el teléfono.
—Eso pensé.
Marcó un número.
La puerta se abrió.
Entraron dos mujeres.
Una era Mariana López, la abogada de Rodrigo.
La otra llevaba una carpeta gruesa y una identificación oficial.
Paola frunció el ceño.
—¿Quiénes son?
Mariana se sentó frente a ella.
—Represento al señor Rodrigo Salazar y a la señora Elvira Salazar.
La expresión de Paola cambió.
—¿Representarlos para qué?
Rodrigo apoyó las manos sobre la mesa.
—Para asegurarme de no volver a cometer el error de confiar en ti.
Paola soltó una carcajada.
—Ah, por favor.
Mariana abrió la carpeta.
—Señora Paola Méndez, tenemos registros de amenazas, coacción patrimonial y posibles intentos de obtener facultades mediante presión sobre una adulta mayor.
Paola se quedó inmóvil.
—Eso es ridículo.
—¿Sí?
Mariana sacó una tableta.
La pantalla mostró el patio de servicio.
Fecha.
Hora.
Paola apareció sujetando el cabello de doña Elvira.
Su voz se escuchó perfectamente:
“Si tu hijo no firma mañana, la llevo a un asilo y nadie vuelve a verla.”
El rostro de Paola perdió color.
—¿Me grabaste?
Rodrigo no respondió.
El video siguió.
Otra noche.
Paola hablando por teléfono en la cocina:
“Cuando tenga el poder, muevo las cuentas y después vemos cómo sacamos a la vieja.”
Otra grabación.
“Rodrigo cree que la empresa vale doce millones. No sabe que con los contratos nuevos vale casi el doble.”
Rodrigo levantó lentamente la mirada.
Eso sí era nuevo para él.
—¿Con quién hablabas?
Paola apretó los labios.
Mariana pausó el video.
—Tenemos tres semanas.
Paola se levantó.
—Esto es ilegal.
—La procedencia y admisibilidad la determinarán las autoridades correspondientes —respondió Mariana con calma—. Pero hoy nadie va a obligar a Rodrigo a firmar estos documentos.
Paola señaló a doña Elvira.
—¡Ella está manipulándolo!
Doña Elvira bajó los ojos.
Rodrigo se puso de pie.
—No vuelvas a hablarle así.
—¡Ella arruinó nuestro matrimonio!
—No.
La miró directamente.
—Tú lo hiciste.
Paola agarró su bolso.
—Perfecto. Entonces me divorcio.
—Ya está presentado.
Silencio.
—¿Qué?
Mariana deslizó otro documento.
Solicitud de divorcio.
Medidas provisionales.
Protección de bienes.
Paola leyó las primeras líneas.
Su respiración se volvió rápida.
—No puedes congelar las cuentas.
—Las empresariales ya están bajo revisión —dijo Rodrigo.
—¡Yo también tengo derechos!
—Sobre lo que legalmente corresponda.
Paola lo miró con odio.
—Te vas a arrepentir.
—Quizá.
Rodrigo tomó la mano de su madre.
—Pero mi mamá ya no va a arrodillarse para que tú te sientas poderosa.
Salieron.
Parecía el final.
No lo era.
Esa misma tarde Mariana llamó a Rodrigo.
—Necesito que vengas.
—¿Qué pasó?
—Encontramos movimientos extraños en la empresa.
Rodrigo llegó al despacho una hora después.
Sobre la mesa había estados de cuenta.
—Paola hizo transferencias.
—¿Cuánto?
—No directamente desde la cuenta principal.
Mariana señaló varias empresas proveedoras.
—Infló facturas.
Servicios de transporte.
Consultoría.
Materiales.
—¿Y el dinero?
—Terminó en una sociedad llamada PM Capital.
Rodrigo sintió frío.
P.
M.
Paola Méndez.
—¿Cuánto?
Mariana respiró hondo.
—Aproximadamente 4.7 millones de pesos en dieciocho meses.
Rodrigo se dejó caer en la silla.
—¿Cómo no lo vi?
—Porque muchas operaciones estaban por debajo de los límites que requerían autorización conjunta.
Pasó otra página.
—Pero hay algo peor.
—¿Qué?
—PM Capital tiene otro socio.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Quién?
Mariana giró la pantalla.
Mauricio Beltrán.
Rodrigo reconoció el nombre.
Era el contador externo que llevaba diez años trabajando con la empresa.
El mismo hombre que había ido al funeral de su padre.

El mismo que llamaba “doña Elvirita” a su madre.
—No.
—Sí.
Rodrigo cerró los ojos.
Entonces recordó una de las grabaciones.
“Cuando tenga el poder, muevo las cuentas.”
No hablaba sola.
Tenía ayuda.
—Quiero revisar todo.
Y lo hicieron.
Las siguientes cuarenta y ocho horas revelaron una estructura mucho más grande.
Facturas falsas.
Proveedores ficticios.
Contratos duplicados.
Pagos desviados.
Y, enterrado entre cientos de documentos, un préstamo empresarial por seis millones de pesos que Rodrigo nunca había autorizado.
La firma parecía suya.
Pero no lo era.
—La falsificaron.
Mariana asintió.
—Eso parece.
—¿Para qué era el préstamo?
—La mayor parte terminó en una propiedad.
Rodrigo sintió que se le cerraba el pecho.
—¿Qué propiedad?
La dirección apareció en pantalla.
Una residencia en Puerta de Hierro.
—No conozco esa casa.
—Paola sí.
Había fotografías.
Paola entrando.
Mauricio también.
Rodrigo miró la fecha.
Tres meses atrás.
No dijo nada.
Mariana bajó la voz.
—Podría haber algo personal entre ellos.
Rodrigo negó lentamente.
—Ya no me importa.
Y era verdad.
La traición sentimental dolía.
Pero lo que habían hecho con su madre y con la empresa era otra cosa.
Esa noche regresó a casa de doña Elvira.
Ella estaba preparando café.
—Mijo, ¿qué pasó?
Rodrigo se sentó.
—Paola llevaba meses sacando dinero.
Su madre cerró los ojos.
No pareció sorprendida.
Rodrigo la observó.
—Mamá.
Doña Elvira dejó la taza.
—¿Qué?
—Tú sabías algo.
Silencio.
—¿Qué viste?
Ella se sentó frente a él.
—Hace unos meses encontré papeles en su bolso.
—¿Qué papeles?
—Un contrato de compraventa.
—¿De la casa de Puerta de Hierro?
Doña Elvira negó.
—De esta casa.
Rodrigo dejó de respirar.
—¿Nuestra casa?
—Sí.
—No puede venderla.
—Eso pensé.
Doña Elvira fue hasta un cajón.
Sacó una bolsa de plástico.
Dentro había una copia arrugada.
Rodrigo la leyó.
Era una promesa de compraventa.
Vendedor:
Rodrigo Salazar.
Comprador:
PM Capital.
Su firma aparecía abajo.
Falsa.
Y había una cláusula que le revolvió el estómago.
La operación debía completarse apenas Paola obtuviera un poder amplio sobre sus bienes.
—Por eso necesitaba que firmara.
Doña Elvira asintió.
—La escuché decirle a alguien que, cuando tú firmaras, venderían primero la casa y después la empresa.
Rodrigo apretó el documento.
—¿Por qué no me dijiste?
Su madre bajó la mirada.
—Porque me amenazó contigo.
—¿Conmigo?
—Dijo que tenía pruebas para acusarte de desviar dinero de la empresa.
Rodrigo se quedó inmóvil.
Entonces comprendió.
No solo habían robado.
También estaban preparando a quién culpar cuando todo saliera mal.
Llamó a Mariana.
La abogada llegó en menos de una hora.
Revisó el contrato.
Después pidió otra vez las grabaciones.
Buscaron por fecha.
Encontraron una conversación de Paola con Mauricio.
La voz de él se escuchaba desde el teléfono:
“Cuando Rodrigo firme, sacamos la casa. Después dejamos que la auditoría encuentre los movimientos a su nombre.”
Paola respondió:
“¿Y su madre?”
Mauricio soltó una risa.
“Si insiste demasiado, declaramos que está confundida. Ya tienes al médico.”
Doña Elvira se cubrió la boca.
Rodrigo sintió que el enojo se transformaba en algo helado.
—¿Qué médico?
Mariana siguió revisando los documentos.
Entonces encontró un nombre.
Dr. Esteban Cruz.
Rodrigo lo conocía.
Era el médico privado que Paola había insistido en contratar para su madre seis meses antes.
—No.
Mariana abrió otro archivo.
Había un informe preliminar.
Decía que doña Elvira mostraba “deterioro cognitivo progresivo” y recomendaba evaluar su capacidad para administrar bienes.
Doña Elvira empezó a llorar.
—Yo no estoy loca.
Rodrigo le tomó las manos.
—Lo sé.
Mariana siguió leyendo.
Y entonces se quedó completamente quieta.
—Rodrigo.
—¿Qué?
—Este informe no solo habla de tu madre.
Giró la hoja.
Había un segundo nombre preparado para una evaluación futura.
Rodrigo Salazar.
Debajo, una nota escrita por Paola:
“Si se niega a firmar, usar opción B.”
Rodrigo levantó la mirada.
Tres semanas de cámaras habían empezado como una manera de proteger a su madre.
Ahora acababan de revelar que Paola nunca había planeado simplemente divorciarse de él.
Había preparado documentos para quitarle legalmente el control de su propia vida.