PARTE 2: LOS CONTRATOS OCULTOS

Valeria no entró a aquella casa.

No gritó el nombre de Arturo.

No confrontó a Mariana.

Ni siquiera permitió que Ximena bajara del automóvil.

Simplemente sacó el teléfono, tomó tres fotografías y condujo de regreso a Metepec.

Durante el trayecto, Ximena permaneció en silencio.

—¿Está bien? —preguntó finalmente.

Valeria miró la carretera.

—No.

Fue la única respuesta.

Porque si hablaba más, podía romperse.

Veinte años.

Veinte aniversarios.

Veinte Navidades.

Veinte años escuchando a Arturo decir que no quería hijos porque su matrimonio ya era suficiente.

Y ahora existía Mateo.

Un niño de siete años que esperaba cada sábado a un padre que dormía todas las noches junto a ella.

Pero algo molestaba a Valeria incluso más que la traición.

Mariana había sido contadora de Mercado del Sol.

Había renunciado exactamente ocho años antes.

Y el niño parecía tener siete.

Aquello podía ser coincidencia.

Valeria llevaba media vida dirigiendo una empresa.

Había aprendido que las coincidencias costosas casi nunca eran coincidencias.

Cuando llegaron a casa, Arturo todavía no había regresado.

Valeria llevó a Ximena hasta la habitación de invitados.

—No le digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Si Arturo pregunta, nunca fuimos al pueblo.

Ximena asintió.

Valeria entró en su despacho y cerró la puerta.

Después llamó a Héctor Luján, abogado corporativo de la familia desde hacía doce años.

—Necesito revisar contratos.

—¿Cuáles?

—Todos los firmados con proveedores de San Lorenzo del Monte durante los últimos ocho años.

Hubo una pausa.

—Eso son cientos de documentos.

—Entonces empieza por los que Arturo autorizó personalmente.

La voz de Héctor cambió.

—¿Qué estamos buscando?

Valeria observó una fotografía de su boda sobre el escritorio.

—Todavía no lo sé.

A la mañana siguiente, Arturo desayunó como si nada hubiera ocurrido.

—¿Cómo durmió nuestra huésped improvisada?

—Bien.

—¿Y tú?

Valeria untó mermelada en una tostada.

—Perfectamente.

Arturo la besó en la frente antes de salir.

El contacto le produjo náuseas.

Una hora después, Héctor llamó.

—Encontré algo raro.

Valeria cerró la puerta de su oficina.

—Habla.

—Hace ocho años comenzaron contratos pequeños con productores de esa zona. Nada extraordinario. Quesos, miel, vegetales.

—¿Y?

—Los precios son demasiado altos.

Valeria frunció el ceño.

—¿Cuánto?

—Entre un treinta y un sesenta por ciento por encima del mercado.

Su pecho se tensó.

—¿Quién los aprobó?

—Arturo.

Silencio.

—Sigue.

Héctor pasó páginas.

—Los proveedores cambiaban de nombre cada cierto tiempo, pero las cuentas receptoras terminan vinculadas a tres sociedades.

—¿De quién?

—Estoy verificándolo.

Valeria miró hacia el jardín.

Ximena estaba ayudando a descargar cajas de verduras.

—Hazlo rápido.

Dos horas después, Héctor apareció personalmente.

Traía una carpeta gruesa.

Eso bastó para que Valeria comprendiera que la situación había empeorado.

La cerradura del despacho sonó detrás de él.

—Hay aproximadamente once millones de pesos que no puedo justificar.

Valeria no reaccionó.

—Explícate.

—Pagos inflados. Adelantos por mercancía nunca recibida. Penalizaciones inventadas. Servicios logísticos duplicados.

—¿Firmados por Arturo?

—La mayoría.

Héctor abrió un documento.

—Pero mira esto.

En la parte inferior aparecía una firma que Valeria reconoció inmediatamente.

Mariana Robles.

—Renunció hace ocho años.

—Oficialmente.

Héctor colocó otro documento encima.

—Pero continuó figurando como asesora externa mediante una empresa llamada MR Gestión Rural.

—MR.

—Mariana Robles.

Valeria sintió un frío lento recorrerle la espalda.

La amante de Arturo no solamente había tenido un hijo con él.

Había seguido cobrando dinero de su empresa durante ocho años.

—¿Arturo creó esa sociedad?

—No directamente.

—¿Quién?

Héctor deslizó un acta constitutiva.

Valeria leyó el nombre.

Y dejó de respirar.

Mateo Arturo Salgado Robles.

—El niño.

—La sociedad está constituida mediante un fideicomiso a favor de un menor.

—¿Mi dinero está financiando la herencia de su hijo?

Héctor permaneció callado.

Valeria comprendió que la respuesta era sí.

Pero todavía faltaba algo.

—Dijiste once millones.

—Eso es lo que he encontrado en las primeras cuentas.

—¿Primeras?

—Hay una estructura mayor.

Héctor abrió su computadora.

—Mercado del Sol compró, durante seis años, mercancía a empresas relacionadas entre sí. Después, parte del dinero terminó comprando terrenos.

Apareció un mapa.

Parcelas enormes rodeaban San Lorenzo del Monte.

—¿Cuántas hectáreas?

—Casi trescientas.

—¿A nombre de quién?

—Varias sociedades.

Valeria lo miró.

—Héctor.

Él suspiró.

—Todas terminan conectadas con Arturo.

Valeria sintió que la infidelidad dejaba de importar durante un segundo.

Aquello ya no era solamente un esposo que mantenía otra familia.

Era un socio drenando dinero de la compañía que ella había levantado desde los veintiséis años.

—Quiero auditoría completa.

—Si Arturo descubre que estamos revisando…

—Que no lo descubra.

Esa noche, durante la cena, Arturo estaba especialmente cariñoso.

—Pensaba que podríamos irnos unos días —dijo—. Valle de Bravo. Solo nosotros.

Valeria levantó la mirada.

—¿Por qué ahora?

—Porque trabajas demasiado.

Ximena dejó caer una cuchara.

Arturo la miró.

—¿Todo bien?

—Sí, señor.

Valeria observó a su marido.

Algo había cambiado.

Él sospechaba.

Después de cenar, Arturo subió temprano.

Valeria esperó.

A las once, abrió silenciosamente su despacho.

Buscó durante veinte minutos.

Nada.

Entonces recordó la vieja caja fuerte dentro del armario.

Durante años Arturo había guardado allí documentos personales.

Probó la fecha de aniversario.

Incorrecta.

Su cumpleaños.

Incorrecto.

Luego pensó en Mateo.

No sabía cuándo había nacido.

Pero sí conocía un número.

El año en que Mariana había renunciado.

Introdujo cuatro cifras.

La caja fuerte se abrió.

Valeria sintió que el corazón se detenía.

Dentro había dinero, pasaportes y dos teléfonos.

Pero lo peor era una carpeta negra.

La abrió.

En la primera página aparecía el logotipo de Mercado del Sol.

En la segunda, una lista de propiedades.

En la tercera, su nombre.

VALERIA MENDOZA — PARTICIPACIÓN ACCIONARIA: 62%.

Debajo había una anotación manuscrita de Arturo.

“Transferir antes del cierre.”

Valeria siguió leyendo.

Había borradores legales.

Poderes notariales.

Firmas.

Algunas parecían suyas.

Pero ella jamás había firmado aquellos documentos.

Sacó fotografías rápidamente.

Entonces escuchó un ruido detrás.

La puerta del despacho estaba abierta.

Arturo estaba allí.

Descalzo.

Mirándola.

Ya no sonreía.

—¿Qué estás haciendo?

Valeria cerró lentamente la carpeta.

—Podría preguntarte lo mismo.

Arturo vio el documento en sus manos.

Su expresión se endureció.

—No entiendes lo que estás leyendo.

—Entiendo perfectamente que alguien falsificó mi firma.

Él cerró la puerta.

Y giró la llave.

Valeria sintió un escalofrío.

—Abre.

Arturo no se movió.

—¿Quién te habló?

Silencio.

—¿Fue Héctor?

Valeria sostuvo su mirada.

Entonces Arturo formuló la pregunta que confirmó que aquello era mucho peor de lo que ella había imaginado.

¿O fue la muchacha del pueblo?

Valeria dejó de respirar.

Arturo sonrió lentamente.

—Porque si Ximena te contó algo… tenemos un problema mucho más grande.

Desde el pasillo llegó un pequeño crujido.

Los dos miraron hacia la puerta.

Arturo palideció.

Porque al otro lado, sin saber que él conocía su nombre, Ximena estaba escuchándolo todo.

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