PARTE 2: LOS TRES HIJOS QUE ALEXANDER NUNCA SUPO QUE TENÍA.

Alexander permaneció inmóvil frente al ascensor.

Su mirada pasó de Lily a Ethan.

Después a Noah.

Finalmente llegó hasta mí.

—Serena.

No respondí.

Lily volvió a tirar de mi manga.

—Mamá, ¿sí es él?

Alexander palideció.

Nathaniel cerró los ojos como si quisiera estar en cualquier otro lugar.

—Lily, entra con tus hermanos.

—Pero mi pastel…

Nathaniel le entregó la caja.

—Es tuyo, princesa.

—Gracias.

Ethan tomó a su hermana de la mano.

Antes de entrar, miró a Alexander de arriba abajo.

—¿Tú eres Alexander Sterling?

Alexander tardó un segundo en responder.

—Sí.

—Entiendo.

Ethan entró en la suite.

Noah lo siguió.

—Se parece más a Lily que a nosotros.

La puerta se cerró detrás de los tres.

Alexander me miró.

—¿Qué edad tienen?

—Cinco años.

Su respiración cambió.

Era suficientemente inteligente para hacer la cuenta.

—¿Cuándo cumplen seis?

—No es asunto tuyo.

—Serena.

—No levantes la voz frente a mis hijos.

Mis hijos.

Aquellas dos palabras parecieron golpearlo.

—¿Son míos?

No respondí.

Alexander avanzó.

Nathaniel se interpuso.

—No aquí.

—Quítate.

—Alexander.

—¡Te dije que te quitaras!

Abrí la puerta.

—Si haces otro escándalo, llamaré a seguridad.

Alexander me miró incrédulo.

—¿Me ocultaste tres hijos durante cinco años y estás amenazándome con seguridad?

Me reí.

—Tú me diste cien millones para desaparecer.

—¡No sabía que estabas embarazada!

—Exactamente.

El silencio cayó sobre el pasillo.

Alexander se quedó completamente quieto.

—Estabas embarazada cuando firmaste.

—Sí.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Cerró los ojos.

—Dios mío.

Por primera vez vi algo diferente en aquel hombre.

No arrogancia.

No desprecio.

Dolor.

Pero ya no era mi responsabilidad aliviarlo.

—Vete.

—Quiero una prueba de ADN.

—No.

Abrió los ojos.

—Tengo derecho.

—Tendrás que discutir tus derechos con mis abogados.

Intenté cerrar la puerta.

—Serena.

Me detuve.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré fijamente.

—Porque mientras yo llevaba a tus tres hijos dentro, tú estabas pagando para reemplazarme por Vivian.

Cerré la puerta.

A la mañana siguiente, el nombre Sterling apareció en todos mis correos.

Abogados.

Asistentes.

Solicitudes de reunión.

Las rechacé todas.

Yo no había regresado para Alexander.

Había regresado por NIA.

La inauguración de nuestra tienda insignia era en tres días y más de doscientas personas estaban invitadas.

Pero Alexander Sterling no estaba acostumbrado a escuchar la palabra no.

Apareció aquella misma tarde en mi oficina.

—Cinco minutos.

—Tienes dos.

Colocó una carpeta sobre mi escritorio.

—No quiero quitarte a los niños.

—Qué tranquilizador.

—Quiero conocerlos.

—Ellos no te conocen.

—Porque tú lo decidiste.

Lo miré.

—Y tú decidiste divorciarte.

Alexander apretó la mandíbula.

—Vivian no tuvo nada que ver con nuestra separación.

Solté una carcajada.

—Pronunciaste su nombre mientras me entregabas los papeles.

—Creía que seguía enamorado de ella.

—Ese problema ya no me pertenece.

Se acercó.

—Cancelaré la boda.

—No.

Aquello lo desconcertó.

—¿Qué?

—Cásate.

—Serena…

—No regresé para recuperar un marido.

Me levanté.

—Regresé para abrir una empresa.

—Y cuando termine, mis hijos y yo volveremos a Nueva York.

Alexander perdió el color.

—No puedes llevártelos.

—Observa cómo lo hago.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Vivian entró.

Alta.

Elegante.

Perfecta.

La mujer por la que mi matrimonio había terminado.

Me miró.

Después observó a Alexander.

—Así que era verdad.

Él se tensó.

—Vivian, ahora no.

—Tu madre me llamó.

Sonrió hacia mí.

—Me dijo que Serena había regresado con tres niños.

—Sal.

—¿Son tuyos?

Alexander guardó silencio.

Vivian comprendió.

Su expresión se endureció.

—Nuestra boda es en dos semanas.

—Ya no habrá boda.

Ella palideció.

Yo tomé mi bolso.

—Pueden resolverlo sin mí.

Vivian me bloqueó el paso.

—Todo esto ocurre porque regresaste.

La miré.

—Tu prometido tomó sus decisiones mucho antes de verme en ese pasillo.

—Lo abandonaste.

Aquello consiguió hacerme sonreír.

—¿Eso te contó?

Vivian miró a Alexander.

Saqué mi teléfono.

Busqué una fotografía que había conservado durante cinco años.

El convenio de divorcio.

Su firma.

La transferencia.

Cien millones.

Se lo mostré.

—Me pagó para irme porque tú habías regresado.

Vivian dejó de sonreír.

—Alexander…

Él no respondió.

—Me dijiste que ella había elegido el dinero.

—Es complicado.

—No parece complicado.

Por primera vez comprendí algo.

Vivian tampoco conocía toda la historia.

Me fui.

Dos días después, Nathaniel apareció en la inauguración de NIA.

Esta vez estaba solo.

—No vengo de parte de Alexander.

—Eso dicen todos los Sterling antes de hablar de Alexander.

Sonrió.

—Entonces hablaré de otra cosa.

Miró hacia los niños.

Ethan estaba explicándole a Noah cómo funcionaba una cámara.

Lily comía un pequeño pastel.

—Hay algo extraño.

—¿Qué?

—Alexander se hizo una prueba médica hace cuatro años.

Sentí una incomodidad inmediata.

—¿Qué clase de prueba?

Nathaniel bajó la voz.

—Fertilidad.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Vivian quería tener hijos.

El mundo pareció ralentizarse.

—¿Y?

Nathaniel sacó un sobre.

—El resultado decía que Alexander tenía una condición que hacía extremadamente improbable que pudiera concebir naturalmente.

Me reí.

—Pues tuvo tres de una vez.

—Eso pensé.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada.

Su expresión se volvió seria.

—Pero hay otra cosa.

Me entregó el documento.

—La fecha.

Miré.

El análisis había sido realizado once meses después de nuestro divorcio.

—¿Qué tiene?

—Alexander nunca vio el informe original.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo encontré ayer en los archivos médicos privados de mi padre.

Levanté la mirada.

Nathaniel continuó.

—El documento entregado a Alexander decía “infertilidad severa”.

Señaló el que yo sostenía.

—Este dice algo completamente distinto.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué dice?

—Que era fértil.

Sentí frío.

—Entonces alguien modificó el resultado.

—Sí.

—¿Quién?

Nathaniel guardó silencio.

Detrás de nosotros se escuchó una voz.

—Yo también quiero saberlo.

Alexander.

Estaba a pocos metros.

Había escuchado todo.

Nathaniel lo miró.

—No deberías estar aquí.

—Son mis hijos.

—Todavía no lo has demostrado.

Alexander sacó tres sobres.

—Precisamente por eso vine.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué hiciste?

—Nada sin tu autorización.

Dejó los sobres sobre la mesa.

—Pero mi madre sí hizo algo.

—¿Qué?

Alexander parecía destruido.

—Cuando se enteró de los niños, ordenó comparar fotografías antiguas y registros familiares.

Nathaniel frunció el ceño.

—Alexander…

—Y encontró esto.

Abrió una carpeta.

Había una fotografía tomada décadas atrás.

Tres niños pequeños.

Idénticos.

Sentí que dejaba de respirar.

Uno era Nathaniel.

Otro era el padre de Alexander.

Y el tercero llevaba escrito detrás un nombre que jamás había escuchado.

Daniel Sterling.

—¿Quién es Daniel?

Nathaniel perdió el color.

Alexander respondió:

—Mi padre siempre dijo que Daniel murió al nacer.

Miré nuevamente la fotografía.

Los tres tendrían unos cinco años.

—Entonces mintió.

—Sí.

Alexander señaló al tercer niño.

—Y ayer descubrimos que sigue vivo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Alexander me entregó el último documento.

Era el registro de la clínica donde me había realizado el tratamiento hormonal antes de quedar embarazada.

Yo había acudido allí porque Alexander y yo llevábamos meses intentando tener hijos.

Nunca pensé que aquel detalle importara.

Hasta que vi una firma.

Doctor Daniel Sterling.

Nathaniel retrocedió.

—Eso es imposible.

Alexander levantó los ojos hacia mí.

—Serena, antes de discutir si Ethan, Noah y Lily son mis hijos, necesitamos descubrir algo mucho peor.

—¿Qué?

Su voz se quebró.

—Por qué mi tío desaparecido estuvo involucrado en tu tratamiento justo antes de que quedaras embarazada de trillizos.

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