Ethan regresó al hospital a las seis y cuarenta de la tarde.
Esta vez estaba solo.
Entró en mi consultorio sin llamar y encontró mi escritorio prácticamente vacío. Ya había entregado los expedientes de mis pacientes, guardado mis libros y enviado mis instrumentos personales al almacén.
Sobre la mesa quedaban únicamente mi bata y una caja pequeña.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Seguí doblando la bata.
—Terminando.
—Amanda me llamó.
Mis manos se detuvieron.
—¿Para qué?
—Para preguntarme si tenía algún problema en la cabeza.
No pude evitar sonreír.
Eso sonaba exactamente como Amanda.
Ethan cerró la puerta.
—Me dijo que cancelaste la boda.
—Sí.
—¿Sin hablar conmigo?
Lo miré.
—Tú cancelaste nuestro registro para cuidar a Clara.
—¡Por una noche!
—No, Ethan.
Dejé la bata dentro de la caja.
—Llevas años eligiéndola. Yo solo tardé demasiado en aceptarlo.
Su expresión cambió.
—Estás exagerando.
—Claro.
—Sofía, Clara tiene problemas emocionales. Depende mucho de mí.
—Entonces quédate con ella.
—No quiero casarme con Clara.
—Ese ya no es mi problema.
Ethan avanzó.
—¿Qué significa eso?
Antes de responder, mi jefe de departamento apareció en la puerta.
—Doctora Miller, el traslado fue aprobado.
Ethan se volvió.
—¿Qué traslado?
Mi jefe me entregó una carpeta.
—El equipo sale mañana a las cinco.
—Perfecto.
Ethan me arrebató la mirada.
—¿Sales hacia dónde?
Guardé la carpeta.
—No importa.
—Soy tu prometido.
—Ya no.
El silencio fue inmediato.
Por primera vez desde que lo conocía, Ethan pareció no saber qué decir.
—¿Estás terminando conmigo?
—No queda nada que terminar.
—¡Solo pospusimos una fecha!
—Para ti era una fecha.
Me acerqué.
—Para mí era la mañana en que íbamos a convertirnos en familia. Y la noche anterior elegiste dormir junto a otra mujer.
—¡Porque estaba enferma!
—Hoy estaba perfectamente estable.
—Tú no sabes cómo se pone cuando está sola.
—Y tú nunca supiste cómo me sentía yo cuando me dejabas sola por ella.
Ethan abrió la boca.
La cerró.
Finalmente había encontrado una pregunta para la que no tenía excusa.
Tomé mi caja.
Él bloqueó la puerta.
—No puedes desaparecer así.
—Mírame.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—No lo sé.
—¿Una semana?
No respondí.
—¿Un mes?
Silencio.
Su rostro perdió lentamente el color.
—Sofía… ¿qué hiciste?
—Elegirme.
Aparté suavemente su brazo y salí.
Aquella noche dormí en casa de mis padres.
A las cuatro de la mañana mi madre me preparó café sin decir demasiado. Había llorado, pero comprendía que intentar detenerme sería devolverme a una vida que yo misma acababa de abandonar.
Mi padre cargó mi maleta hasta el vehículo del hospital.
Antes de subir, me abrazó.
—No necesitas demostrarle nada a nadie.
—No voy por él.
—Entonces ve.
Besé a ambos.
A las cinco y doce, el vehículo salió de la ciudad.
Apagué mi teléfono.
Y por primera vez en ocho años, Ethan no sabía dónde encontrarme.
Cuando él llegó a nuestro apartamento esa mañana, descubrió que faltaba mi ropa.
Mis libros.
Mis fotografías.
La taza azul que siempre utilizaba.
Incluso la pequeña planta que había sobrevivido tres mudanzas.
Sobre la mesa encontró sus boletos para Arizona.
Sin usar.
Debajo había una sola cosa.
Mi anillo.
Me llamó diecisiete veces.
No respondí ninguna.
Al mediodía fue a casa de mis padres.
Mi padre abrió la puerta.
—¿Dónde está Sofía?
—Trabajando.
—¿Dónde?
—Lejos de ti.
—Necesito hablar con ella.
—Debiste hacerlo antes de pasar la noche con otra mujer.
Ethan apretó la mandíbula.
—Esto es entre Sofía y yo.
—Ya no.
La puerta se cerró.
Ethan fue entonces al hospital.
Amanda estaba allí.
—¿A dónde la enviaron?
—No puedo darte esa información.
—Soy su prometido.
Amanda lo miró con desprecio.
—¿Todavía no entendiste?
Ethan bajó la voz.
—Solo necesito saber que está segura.

—Qué interesante.
Amanda cruzó los brazos.
—Cuando ella necesitaba saber que tú la elegirías, estabas pelándole camarones a Clara.
Ethan se marchó sin responder.
Pero Clara sí tenía algo que decir.
Aquella noche apareció en su apartamento con comida.
—Pensé que necesitarías compañía.
Ethan la dejó entrar.
Clara recorrió el lugar y vio inmediatamente el anillo sobre la mesa.
—¿Se fue?
Él no contestó.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Clara.
Ethan la vio.
Y algo dentro de él cambió.
—¿Estás contenta?
—¿Qué?
—Sofía se fue. ¿Eso querías?
—Ethan, yo nunca—
—Cada vez que teníamos algo importante, te ocurría una emergencia.
Clara palideció.
—No puedes culparme porque ella sea insegura.
—Nuestra cena de aniversario.
—Estaba enferma.
—Mi cumpleaños.
—Tuve un ataque de ansiedad.
—La noche antes de nuestro registro.
Clara comenzó a llorar.
Normalmente aquellas lágrimas bastaban.
Aquella vez Ethan simplemente la observó.
—¿Qué te pasaba realmente?
—Ya te lo dije.
—Hoy Sofía ordenó estudios.
Clara apartó la mirada.
—No pienso hablar de esa mujer.
Entonces el teléfono de Clara vibró sobre la mesa.
La pantalla se iluminó.
Ethan vio un mensaje.
“¿Funcionó? ¿Cancelaron definitivamente la boda?”
Clara agarró el teléfono.
Demasiado tarde.
—¿Quién es? —preguntó Ethan.
—Nadie.
—Enséñamelo.
—No tienes derecho.
Ethan se quedó mirándola.
Por primera vez empezó a preguntarse cuántas de aquellas crisis habían sido reales.
Clara tomó su bolso.
—Cuando dejes de tratarme como una criminal, llámame.
Se marchó.
Pero aquella pregunta ya no abandonó a Ethan.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros, yo llegaba al centro médico donde pasaría los siguientes meses.
Las instalaciones eran pequeñas.
Faltaba personal.
La primera noche participé en dos cirugías de emergencia.
No tuve tiempo de pensar en bodas.
Ni en Clara.
Ni en Ethan.
Y aquello fue exactamente lo que necesitaba.
Pasaron tres semanas.
Luego cuatro.
Empecé a dormir mejor.
Volví a reír.
Recordé quién había sido antes de acostumbrarme a ocupar siempre el segundo lugar.
Hasta que una tarde, mientras terminaba una intervención, una enfermera se acercó.
—Doctora Miller, alguien pregunta por usted.
—¿Un paciente?
—No.
Me quité los guantes.
—¿Quién?
La enfermera vaciló.
—Un hombre que dice venir de su ciudad.
Mi corazón dio un golpe.
Salí al corredor.
Pero no era Ethan.
Era un abogado.
Llevaba un maletín negro y una expresión seria.
—Doctora Sofía Miller.
—Sí.
—Necesito hablar con usted sobre Ethan.
Sentí que mi tranquilidad se quebraba.
—¿Qué ocurrió?
El hombre abrió el maletín.
—Hace dos días sufrió un accidente.
Me quedé inmóvil.
—¿Está vivo?
—Sí.
Respiré.
Pero el abogado no había terminado.
Sacó un sobre.
—Antes de entrar a cirugía pidió que, si algo salía mal, esto llegara únicamente a sus manos.
No quise tomarlo.
—Ya no somos pareja.
—Lo sé.
Eso me sorprendió.
—Entonces ¿por qué vino?
El hombre me entregó el sobre.
—Porque lo que contiene no tiene que ver con su relación.
Miré mi nombre escrito por Ethan.
—¿Entonces con qué?
El abogado respiró profundamente.
—Con Clara.
Abrí el sobre.
Dentro había fotografías, capturas de mensajes y una copia de una transferencia bancaria.
En la primera página aparecía el mismo número que había escrito a Clara aquella noche.
Pero el nombre asociado a ese número hizo que se me helaran las manos.
Yo conocía a esa persona.
Y de pronto comprendí que Clara quizá no había intentado destruir nuestra boda únicamente porque quisiera quedarse con Ethan.
Alguien más llevaba meses ayudándola a separarnos.