Parte 2 – EL APELLIDO QUE ESCONDIÓ

A las ocho de la noche, Spencer llegó a la Gala Grand Pinnacle convencido de que había ganado.

Cassandra caminaba de su brazo.

Patricia los seguía cubierta de diamantes.

Ninguno llevaba a Hazel.

Después de lo ocurrido, Gwen había llevado primero a su hija a recibir atención médica y había dejado documentadas sus lesiones.

Ahora Hazel estaba segura, acompañada por personas de absoluta confianza.

Gwen tenía otro asunto pendiente.

Cuando Spencer llegó al acceso VIP, entregó su invitación.

El empleado la escaneó.

La pantalla se puso roja.

—Lo siento, señor Albright. Necesito que espere.

Spencer frunció el ceño.

—Soy vicepresidente de Albright Enterprises.

—Lo sé.

—Entonces abra.

El empleado miró discretamente hacia seguridad.

—Su acceso está suspendido.

Cassandra soltó una carcajada.

—Debe ser un error.

—No lo es.

Entonces varios vehículos negros se detuvieron frente a la alfombra.

Los fotógrafos giraron.

Primero bajó Thomas.

Después apareció un hombre de cabello blanco que Spencer reconoció inmediatamente.

William Crawford.

Presidente de Crawford Capital.

El inversionista que durante años había respaldado silenciosamente varios de los proyectos más importantes de Albright Enterprises.

Spencer enderezó la espalda.

—Señor Crawford.

William pasó junto a él sin detenerse.

Entonces se abrió la puerta del segundo automóvil.

Gwen bajó.

Spencer dejó de sonreír.

No llevaba el vestido sencillo que él había esperado.

Tampoco parecía la mujer a la que había ordenado abandonar su casa unas horas antes.

William extendió una mano hacia ella.

—Gwendolyn.

Los fotógrafos comenzaron a disparar.

Cassandra miró a Spencer.

—¿Por qué Crawford conoce a tu esposa?

Thomas respondió por él.

—Porque es su hija.

El rostro de Patricia quedó vacío.

—¿Su… hija?

William finalmente miró a Spencer.

—Mi única hija.

Gwen se había apartado de los Crawford seis años antes después de una pelea con su padre por su matrimonio.

Había rechazado cargos, propiedades y acceso a su fortuna porque quería demostrar que podía construir una familia sin depender de su apellido.

Spencer había confundido aquella decisión con pobreza.

—Esto es ridículo —dijo.

Gwen lo miró.

—¿Todavía crees que no tengo nada?

Thomas le entregó una carpeta.

—Las primeras auditorías terminaron hace una hora.

Spencer palideció.

—¿Qué auditorías?

—Las de tu empresa.

—No puedes auditar Albright Enterprises.

William habló:

—Podemos auditar cualquier compañía que dependa de nuestras garantías financieras.

Thomas abrió la carpeta.

—Tres líneas de crédito han sido suspendidas. Dos bancos solicitaron revisión inmediata y nuestros abogados entregaron documentación sobre operaciones sospechosas a las autoridades correspondientes.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—¡No puedes hacernos esto!

Gwen se volvió hacia ella.

—Ustedes mismos lo hicieron.

Cassandra comenzó a alejarse.

Gwen la vio.

—Tú quédate.

—No tengo nada que ver con sus negocios.

—Quizá no.

Gwen sostuvo su mirada.

—Pero sí tienes que responder por lo que hiciste con Hazel.

La seguridad se acercó.

La arrogancia desapareció del rostro de Cassandra.

—Fue un accidente.

—No.

—Ella tiró vino sobre mi vestido.

—Tiene cinco años.

—Yo perdí el control.

—Y ahora habrá consecuencias.

Spencer se interpuso.

—No vas a destruirnos por una bofetada.

Gwen lo miró durante varios segundos.

—Eso es exactamente lo que todavía no entiendes.

Sacó el teléfono negro.

—No activé todo esto únicamente por Hazel.

Spencer frunció el ceño.

—¿Entonces por qué?

Thomas colocó otra carpeta delante de William.

—Porque mientras revisábamos las cuentas encontramos algo que la señora Crawford llevaba años intentando demostrar.

Gwen abrió el documento.

—Durante seis meses dijiste que nuestra empresa estaba perdiendo dinero por culpa del mercado.

Pasó una página.

—Mentiste.

Otra.

—Creaste proveedores falsos.

Otra.

—Desviaste fondos.

Spencer comenzó a mirar alrededor.

—Necesito a mi abogado.

—Sí —respondió Gwen—. Lo necesitas.

Pero Patricia parecía más asustada que su hijo.

Gwen lo notó.

—¿Por qué estás tan nerviosa, Patricia?

—No lo estoy.

—Entonces explícame Bellmont Holdings.

Patricia perdió el color.

Spencer giró hacia ella.

—¿Qué tiene que ver Bellmont?

Thomas respondió:

—Es la empresa que recibió gran parte del dinero desviado.

—Eso es imposible. Bellmont pertenece a inversionistas extranjeros.

—No.

Thomas sacó un documento corporativo.

—Su beneficiaria real es Patricia Albright.

Spencer miró a su madre.

—¿Mamá?

Ella retrocedió.

—Puedo explicarlo.

Gwen casi sonrió.

Aquella frase parecía perseguir a esa familia.

Entonces Thomas añadió:

—Hay otro problema.

Le entregó a Gwen una copia de varias transferencias.

Todas habían sido autorizadas con credenciales de Spencer.

—Yo nunca hice esto —dijo él.

—Lo sé —respondió Gwen.

Spencer quedó desconcertado.

—¿Qué?

—Alguien quería que pareciera que tú estabas robando.

Miró lentamente hacia Patricia.

Su madre negó con la cabeza.

—Spencer, no.

—¿Usaste mis cuentas?

—¡Lo hice por la familia!

Cassandra dio otro paso atrás.

Pero esta vez Patricia la señaló.

—¡Ella también estaba involucrada!

—¡Cállate! —gritó Cassandra.

Demasiado tarde.

Gwen las observó.

—Continúen.

Patricia estaba desesperada.

—Cassandra se acercó a Spencer porque yo se lo pedí.

El rostro de él se transformó.

—¿Qué acabas de decir?

—Necesitaba mantenerte distraído.

—¿Mi relación con ella…?

Cassandra bajó la mirada.

Spencer comprendió.

—¿Todo fue preparado?

—Al principio —admitió Patricia.

Ahora fue Gwen quien sintió sorpresa.

Había descubierto el fraude.

No aquello.

—¿Por qué? —preguntó Spencer.

Patricia comenzó a llorar.

—Porque tu padre dejó instrucciones antes de morir.

William frunció el ceño.

—¿Qué instrucciones?

Patricia guardó silencio.

Thomas recibió entonces un mensaje.

Lo leyó.

—Señora Crawford, encontraron la caja de seguridad.

Gwen giró.

—¿Qué caja?

—La que estaba registrada a nombre del difunto Richard Albright.

Patricia se abalanzó hacia él.

—¡No tienen derecho!

Seguridad la detuvo.

Gwen entendió inmediatamente.

—¿Qué había dentro?

Thomas le mostró una fotografía enviada por los abogados.

Documentos.

Un testamento.

Y una carta.

—El testamento original de Richard Albright.

Spencer parecía confundido.

—Mi padre no dejó testamento.

—Sí lo hizo.

Thomas amplió la imagen.

—Y contiene una cláusula bastante particular.

—¿Cuál?

Thomas miró primero a Gwen.

Después a Spencer.

—Richard ordenó que, cuando su hijo cumpliera treinta y cinco años, el control mayoritario de Albright Enterprises pasara a manos de su único descendiente biológico reconocido.

Spencer soltó aire.

—Entonces es mío.

Nadie respondió.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

Patricia comenzó a llorar.

—Mamá —dijo Spencer—. ¿Qué estás ocultando?

Thomas abrió la fotografía de la carta.

—Richard también dejó una prueba de ADN.

El salón pareció quedar en silencio alrededor de ellos.

Spencer miró a Patricia.

—¿Prueba de quién?

Ella negó con la cabeza.

—No hagas esto aquí.

—¿DE QUIÉN?

Gwen observó la última página.

Y comprendió por qué Patricia había pasado tantos años moviendo dinero antes de que Spencer cumpliera treinta y cinco.

Porque Richard Albright había descubierto la verdad antes de morir.

Spencer no era su hijo biológico.

Pero había un descendiente suyo que sí podía reclamar legalmente el patrimonio.

Thomas levantó los ojos.

—La prueba corresponde a una niña.

Gwen sintió un escalofrío.

—¿Qué niña?

Patricia cerró los ojos.

Thomas pronunció el nombre.

—Hazel.

Spencer se quedó completamente inmóvil.

Gwen miró a su exmarido.

Después a Patricia.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá —respondió Thomas— cuando lea la segunda carta.

Le entregó el documento.

En la parte superior aparecía una frase escrita por Richard Albright antes de morir:

“Gwendolyn Crawford merece saber quién es realmente el padre de su hija.”

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