Parte 2: EL CÓDIGO QUE NO DEBÍA EXISTIR

A las 2:13 de la madrugada, Lena volvió a llamarme.

—Mason, encontré algo peor.

Me alejé de Harper y salí al pasillo del hospital.

—Dime.

—El código maestro no se ejecutó desde fuera de tu red. Se activó desde un dispositivo que ya había sido autorizado dentro de tu casa.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué dispositivo?

—Todavía estoy rastreándolo.

Miré hacia la sala de espera.

Harper seguía sentada con el rostro entre las manos.

El detective Grant hablaba por teléfono cerca de las máquinas expendedoras.

Al verme, apartó la mirada.

—Lena, no compartas nada con nadie todavía.

—¿Ni con la policía?

Observé a Grant.

—Con nadie.

La cirugía terminó cuarenta minutos después.

El médico nos explicó que Violet seguía en estado crítico, pero estable.

Harper se derrumbó contra mi pecho.

Yo la abracé.

Entonces Grant se acercó.

—Necesito el teléfono de Violet.

—Está en casa.

—No lo encontramos.

Lo miré.

—¿Cómo que no?

—No estaba entre sus pertenencias.

Aquello no tenía sentido.

Violet prácticamente vivía pegada a ese teléfono.

—Entonces quien estuvo allí se lo llevó.

Grant anotó algo.

—Probablemente los ladrones.

—Los mismos ladrones que no tocaron el televisor, las computadoras ni las joyas de Harper.

Su mandíbula se tensó.

—Déjeme hacer mi trabajo.

—Hágalo.

A las cinco de la mañana recibí un mensaje de Lena.

“Encontré el dispositivo.”

Debajo aparecía un identificador.

Lo reconocí.

Era nuestra vieja tableta familiar.

La habíamos comprado seis años antes.

Todos la utilizábamos.

Después desapareció.

Harper aseguraba que probablemente Violet la había perdido.

Pero alguien la había usado aquella tarde para acceder al sistema de seguridad.

—¿Qué pasa? —preguntó Harper.

Apagué la pantalla.

—Nada.

Mentirle me hizo sentir miserable.

Pero ya no sabía qué creer.

A las siete regresé a Maple Drive acompañado por un agente.

La casa seguía acordonada.

Entré en la sala.

La limonada continuaba allí, dentro de una bolsa de evidencia.

Observé el escritorio.

Algo me molestaba.

El cuaderno de matemáticas de Violet estaba abierto.

Mi hija odiaba matemáticas.

Siempre estudiaba escuchando música.

Sus audífonos estaban sobre la mesa.

Pero su computadora portátil había desaparecido.

—También falta su laptop —dije.

El agente revisó la lista.

—No está registrada como robada.

—Pues debería.

Subí a su habitación.

Todo parecía normal.

Hasta que vi el pájaro azul.

Era una pequeña figura de cerámica que Violet había pintado cuando tenía nueve años.

Siempre estaba sobre su estantería.

Ahora estaba en el escritorio.

Recordé el extraño mensaje que había encontrado semanas antes en una conversación familiar.

Violet había escrito:

“Si alguna vez pasa algo, recuerda el pájaro azul.”

Pensé que era una broma.

Tomé la figura.

Pesaba demasiado.

En la base había una pequeña abertura.

Dentro encontré un papel doblado.

Solo tenía seis números.

Una contraseña.

La introduje en la computadora vieja que Violet guardaba debajo de la cama.

Apareció una carpeta cifrada.

“SI ESTÁS VIENDO ESTO, PAPÁ, NO FUE UN ROBO.”

Sentí que las piernas me fallaban.

Había fotografías.

Capturas de pantalla.

Grabaciones de audio.

Violet llevaba semanas investigando algo.

Abrí el primer archivo.

Era una conversación entre ella y alguien guardado como “R”.

“Encontré las transferencias.”

“Deja de investigar.”

“No hasta saber por qué aparece el nombre de mamá.”

Se me congeló la sangre.

Abrí otro archivo.

Estados bancarios.

Movimientos de dinero.

Una empresa que no conocía.

Y repetido en varios documentos aparecía el nombre completo de Harper.

Mi esposa.

Escuché pasos detrás de mí.

Me giré.

Era Grant.

—¿Qué encontró?

Cerré la computadora.

—Nada.

Me miró durante demasiado tiempo.

—Señor Carter, ocultar evidencia puede complicar esto.

—¿Cómo supo que había encontrado algo?

Su expresión cambió apenas un instante.

Suficiente.

—Está nervioso —respondió.

—No. Usted dijo “qué encontró”. No preguntó qué estaba haciendo.

Grant no respondió.

Mi teléfono vibró.

Lena.

Contesté.

—Mason, sal de esa casa.

—¿Por qué?

—Encontré quién registró originalmente la tableta en el sistema.

Miré a Grant.

—¿Quién?

Lena tardó un segundo.

—La cuenta pertenece a Harper.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Pero Lena continuó.

—Eso no significa que ella la usara. Escúchame. El dispositivo fue duplicado hace ocho meses.

—¿Duplicado?

—Alguien copió sus credenciales.

Entonces escuché movimiento abajo.

Una voz femenina.

—¡Mason!

Harper.

Bajé corriendo.

—¿Qué haces aquí?

Estaba pálida.

—El hospital llamó. Violet despertó.

Olvidé todo lo demás.

Regresamos inmediatamente.

Cuando entré en la habitación, mi hija tenía los ojos apenas abiertos.

Me acerqué.

—Estoy aquí.

Sus dedos buscaron los míos.

—Papá…

—No hables. Estás segura.

Violet comenzó a agitarse.

Miró detrás de mí.

Harper estaba entrando.

El monitor aceleró.

Violet retiró bruscamente su mano de la mía.

—No…

Harper se detuvo.

—Cariño, soy mamá.

Violet comenzó a llorar.

—No la dejes…

—¿No deje qué?

Sus labios temblaron.

—Entrar.

Harper se quedó completamente blanca.

Yo sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Violet, ¿mamá te hizo esto?

Mi hija negó débilmente.

Sentí alivio durante exactamente un segundo.

Después susurró:

—Mamá… trató de advertirme.

Harper se llevó una mano a la boca.

—¿Advertirte de quién?

Violet intentó responder.

Entonces vio a alguien a través del cristal de la habitación.

Sus ojos se abrieron aterrorizados.

Me giré.

El detective Grant estaba al otro lado de la puerta.

Violet apretó mis dedos.

—Papá…

Su voz apenas era audible.

—Él sabe lo de la computadora.

Grant abrió la puerta.

—Señor Carter, necesito que salga.

Me interpuse entre él y la cama.

—¿Cómo sabe usted que existe una computadora?

Silencio.

Harper retrocedió.

Grant llevó lentamente una mano hacia su chaqueta.

En ese instante mi teléfono vibró.

Era Lena.

Un único mensaje apareció en la pantalla:

“MASON, ENCONTRÉ A ‘R’. NO ES GRANT. ES ALGUIEN DE TU FAMILIA.”

Y debajo había un nombre.

Lo leí una vez.

Después otra.

Sentí que se me paralizaba el cuerpo.

Porque la persona que Violet llevaba semanas investigando había muerto oficialmente hacía cuatro años.

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