PARTE 2: EL DINERO DE CAMILA

Daniel reprodujo la grabación otra vez.

—Papá está trabajando. La tía Irene y el tío Leonel creen que duermo. Leonel dice que mientras yo siga enferma, el dinero seguirá llegando…

Hubo unos segundos de silencio.

Después apareció la voz de Irene.

—Baja la voz. Si Daniel descubre cuánto hay en la cuenta, va a empezar a hacer preguntas.

Daniel sintió que el estómago se le cerraba.

Su propia hermana.

La mujer a quien había entregado las llaves de su casa.

La persona que abrazaba a Camila mientras él trabajaba.

Leonel respondió:

—Daniel no entiende nada de esto. Mientras vea recibos y escuche palabras médicas, confiará.

Daniel detuvo la grabación.

No podía seguir.

Pero recordó las últimas palabras de Camila.

“Capitán sabe todo.”

Su hija había hecho aquello para él.

Así que respiró hondo y continuó.

En el siguiente archivo, Leonel hablaba por teléfono.

—Sí, la campaña superó los dos millones de pesos… No, el padre cree que apenas alcanzamos cuatrocientos mil.

Daniel se levantó de golpe.

Dos millones.

Él había pedido préstamos.

Había vendido su automóvil.

Había retirado prácticamente todos sus ahorros.

Mientras tanto, alguien utilizaba el rostro enfermo de su hija para recaudar una fortuna.

Abrió la computadora.

Buscó las campañas que Leonel había creado.

Varias habían desaparecido.

Pero Daniel sabía de máquinas, sistemas y registros.

Y sabía algo fundamental:

Borrar una pantalla no siempre significa borrar la huella.

A la mañana siguiente llevó el reloj a un abogado.

—No quiero que nadie sepa que existe —dijo.

El abogado escuchó varios archivos.

Su expresión se endureció.

—Necesitamos conservar copias y documentar cómo se obtuvo. Y debemos revisar las cuentas.

—Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi hija.

—Lo averiguaremos.

Daniel negó.

—Quiero saber algo más.

—¿Qué?

Sacó el reloj.

—Quiero saber por qué Camila empezó a grabarlos.


Esa tarde Irene llegó al departamento con una olla de comida.

—Tienes que comer algo.

Daniel la dejó entrar.

—Gracias.

Ella observó la habitación de Camila.

—¿Todavía tienes todas sus cosas así?

—Todavía.

Irene suspiró.

—Tal vez deberías guardar algunas.

Daniel la miró.

—¿Incluido Capitán?

Por una fracción de segundo, el rostro de Irene cambió.

—¿El conejo?

—Sí.

—No sé. Si te hace daño verlo…

—A Camila le encantaba.

—Lo sé.

Daniel sostuvo su mirada.

—También confiaba mucho en ti.

Irene bajó los ojos.

—Y yo la adoraba.

Mentía con una facilidad aterradora.

Daniel tuvo que apretar los puños para no confrontarla.

Todavía no.

Necesitaba descubrir cuánto sabía.

—Leonel llamó —comentó—. Dice que quedaron gastos médicos pendientes.

—Sí.

—¿Cuánto?

—No estoy segura.

—Pensé que tú revisabas las cuentas con él.

Irene levantó inmediatamente la mirada.

—¿Quién te dijo eso?

Demasiado rápido.

—Nadie. Lo supuse.

Ella sonrió.

—Yo solo ayudaba con Camila.

Antes de marcharse, Irene se detuvo en la puerta.

—Daniel…

—¿Sí?

—¿Encontraste el reloj inteligente de Camila?

El corazón de Daniel golpeó con fuerza.

—Creí que se había perdido.

—Yo también.

—¿Por qué preguntas?

Irene tardó demasiado en responder.

—Por nada.

Cuando la puerta se cerró, Daniel comprendió algo.

Irene sabía que el reloj podía contener pruebas.


Dos días después, el abogado llamó.

—Encontramos las donaciones.

Daniel se sentó.

—¿Cuánto?

—Las campañas vinculadas a Camila recibieron aproximadamente 2.7 millones de pesos.

Daniel cerró los ojos.

—¿Cuánto llegó al tratamiento?

—Todavía estamos reconstruyéndolo. Pero una parte importante terminó en cuentas relacionadas con Leonel.

—¿E Irene?

—Hay transferencias hacia ella.

Daniel sintió rabia.

Pero el abogado continuó:

—También encontramos pagos a una empresa llamada Servicios Médicos del Norte.

—¿Hospital?

—No.

—¿Farmacia?

—Tampoco.

—Entonces ¿qué es?

—Una empresa creada hace once meses.

—¿Por quién?

—Brenda.

Daniel quedó inmóvil.

La madre de Camila.

La mujer que había desaparecido durante años y luego lloró frente al ataúd como si hubiera estado allí todos los días.

—No.

—Ella figura como administradora.

Daniel recordó el funeral.

Brenda abrazando a Irene.

Leonel hablando por teléfono.

Los tres habían parecido demasiado cómodos juntos.

—Quiero todas las grabaciones del reloj revisadas.


Aquella noche encontró un archivo fechado tres semanas antes de la última hospitalización.

Primero se escuchaba televisión.

Después, Camila.

—Tía Irene, esta pastilla no es igual.

Daniel se inclinó hacia el altavoz.

Irene respondió:

—Cambiaron la marca, corazón.

—Pero papá dijo que tenía que tomar la que dejó el doctor.

Silencio.

Después apareció Leonel.

—No molestes a tu tía.

—Quiero llamar a mi papá.

—Está trabajando.

—Le voy a decir.

La grabación terminó.

Daniel sintió un miedo completamente diferente.

Hasta entonces creía estar investigando un fraude.

Ahora tenía preguntas sobre el tratamiento de Camila.

Llamó al hospital.

Pidió una reunión con el oncólogo.

A la mañana siguiente llevó fotografías de cajas de medicamentos que había tomado meses atrás para organizar horarios.

El médico las observó.

—Estas son las indicaciones que entregamos.

—¿Alguna vez cambiaron marcas o presentaciones sin avisarme?

—No de esta manera.

Daniel colocó el reloj sobre la mesa.

—Mi hija dijo que una pastilla era diferente.

El médico guardó silencio.

—Necesitaríamos revisar exactamente qué recibió en casa. No quiero sacar conclusiones sin pruebas.

Era suficiente.

Daniel salió temblando.

Alguien había intervenido en algo que jamás debió tocar.


Esa tarde recibió una llamada de un número desconocido.

Era Brenda.

—Tenemos que hablar.

—Habla.

—No por teléfono.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

—Daniel, Irene sabe que encontraste algo.

Se quedó helado.

—¿Cómo?

—Está buscando el conejo.

Daniel miró hacia Capitán.

—¿Por qué?

Brenda comenzó a llorar.

—Porque Camila descubrió lo que estaban haciendo.

—¿“Estaban”? Tú también recibiste dinero.

Silencio.

—No sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

—Leonel empezó con las campañas. Después Irene se involucró. Yo acepté aparecer como administradora de una empresa.

—Usaron a nuestra hija.

—Yo necesitaba dinero.

Daniel cerró los ojos.

—No vuelvas a llamarla nuestra hija después de decir eso.

—Escúchame. El fraude no es lo peor.

Su respiración se detuvo.

—¿Qué significa?

Brenda bajó la voz.

—Camila encontró documentos.

—¿Qué documentos?

—Informes médicos que Leonel guardaba.

—¿Para qué?

—No lo sé. Pero cuando Camila empezó a hacer preguntas, Irene entró en pánico.

Daniel miró el reloj.

Había diecinueve archivos.

Solo había escuchado siete.

—¿Qué hizo Irene?

—Escucha la grabación del 14 de marzo.

La llamada terminó.

Daniel buscó la fecha.

Archivo 14.

Presionó reproducir.

Primero escuchó a Camila respirando.

Después la puerta de su habitación.

La voz de Irene apareció con claridad.

—¿Dónde pusiste las fotografías?

Camila respondió:

—Se las voy a enseñar a papá.

—No entiendes lo que viste.

—Sí entiendo.

Después apareció otra voz.

Daniel reconoció inmediatamente a Leonel.

—Encuentra el reloj antes de que Daniel vuelva.

Entonces Camila dijo algo que hizo que Daniel sintiera que el corazón se detenía.

—Ya sé que el dinero no era para mis medicinas.

Silencio.

Y después:

—También sé qué hicieron con los resultados que el doctor le dio a papá.

La grabación terminó.

Daniel intentó reproducir el archivo siguiente.

Pero estaba bloqueado.

Introdujo la fecha de nacimiento de Camila.

Error.

Su propio cumpleaños.

Error.

Entonces recordó algo que Camila repetía siempre cuando jugaban:

“Papá, si necesitas una contraseña imposible, usa nuestro día favorito.”

Escribió la fecha de aquel viaje a la playa que hicieron solos.

El archivo se abrió.

Pero antes de presionar reproducir, recibió una fotografía de su abogado.

Habían recuperado documentos de Servicios Médicos del Norte.

En uno aparecía el nombre de Camila.

Debajo había dos columnas de resultados médicos.

El informe entregado a Daniel no coincidía con el informe original del laboratorio.

Y al pie del documento aparecía una firma autorizando la modificación del expediente.

Daniel acercó la imagen.

No era de Leonel.

Tampoco de Brenda.

Era de Irene.

Entonces el reloj comenzó a reproducir automáticamente el último archivo.

La voz de Camila llenó la habitación:

—Papá, si estás escuchando esto, significa que la tía Irene encontró los papeles que escondí… pero ella todavía no sabe que guardé el original donde tú me enseñaste a esconder nuestros tesoros.

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