Mariana permaneció unos segundos frente a la puerta.
Dieciocho años.
Habían pasado dieciocho años desde aquella noche bajo la lluvia, pero todavía podía recordar el peso del pequeño Mateo entre sus brazos y aquella promesa susurrada mientras él ardía de fiebre.
“Algún día nadie volverá a llamarte inútil.”
Respiró profundamente y entró.
Mateo estaba frente a una pantalla revisando estudios.
Tenía veintitrés años y una serenidad que hacía olvidar su juventud. Una discreta ortesis bajo el pantalón ayudaba a su pierna izquierda, pero caminaba por los pasillos sin esconderla.
Nunca había permitido que aquella condición definiera su vida.
—Mamá.
Mateo levantó la vista.
—Llegaste temprano.
Mariana cerró la puerta.
—Tu siguiente paciente también.
Mateo notó algo en su expresión.
—¿Qué ocurre?
Ella dejó una carpeta sobre el escritorio.
Mateo leyó el nombre.
RICARDO MOLINA.
Sus dedos quedaron inmóviles.
—¿Es él?
Mariana asintió.
Durante varios segundos, Mateo no dijo nada.
—Está abajo —explicó ella—. No me reconoció al principio. Después preguntó por ti.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—¿Preguntó por mí?
Mariana dudó.
No quería repetir aquellas palabras.
Pero Mateo conocía demasiado bien a su padre.
—¿Sigue hablando de mí como si hubiera sido un error?
El silencio de Mariana respondió.
Mateo cerró el expediente.
—Entiendo.
—Puedes transferir el caso.
—No.
—Mateo…
—Si su enfermedad corresponde a mi departamento, voy a atenderlo.
Mariana sintió orgullo y miedo al mismo tiempo.
—No tienes que demostrarle nada.
Mateo sonrió apenas.
—No voy a demostrarle nada. Voy a hacer mi trabajo.
Abajo, Ricardo estaba perdiendo la paciencia.
—¡Llevamos tres horas esperando!
La recepcionista mantuvo la calma.
—Su caso está siendo evaluado.
Lorena se inclinó hacia él.
—Quizá deberíamos irnos.
Ricardo señaló su pierna.
—¿Irnos adónde?
La infección había empeorado durante meses. Primero fue una pequeña herida. Después llegaron la hinchazón, el cansancio y finalmente unos análisis que mostraron problemas mucho más graves.
Dos hospitales privados habían exigido depósitos que Ricardo ya no podía pagar.
La fortuna de Lorena tampoco existía.
Su distribuidora había quebrado.
Las inversiones de Ricardo habían desaparecido entre deudas y negocios fallidos.
Por eso estaban solicitando ayuda financiera.
Una enfermera apareció.
—Señor Molina, el especialista puede recibirlo.
Ricardo intentó ponerse de pie.
—Por fin alguien competente.
Lorena lo ayudó a caminar hasta el elevador.
Cuando llegaron al departamento de nefrología, Ricardo vio el letrero.
—¿Jefe de departamento? Al menos nos tocó alguien importante.
La enfermera abrió la puerta.
Mateo estaba de espaldas.
—Doctor, su paciente.
Él se giró.
Ricardo se quedó inmóvil.
Durante un instante no reconoció al joven.
Después miró sus ojos.
Eran los mismos ojos oscuros del niño que había abandonado.
Su mirada descendió hasta la pierna.
Mateo caminó hacia ellos.
Ricardo palideció.
—No puede ser.
Mateo extendió la mano.
—Señor Molina.
Ricardo no la tomó.
—¿Mateo?
—Doctor Salgado, dentro de este hospital.
Lorena abrió la boca.
—¿Tú eres…?
—Sí.
Ricardo soltó una risa nerviosa.
—¿Médico?
Mateo señaló las sillas.
—Siéntense.
—Esto debe ser una broma.
—Su función renal está gravemente comprometida y existe una infección que requiere atención inmediata. No parece una broma.
Ricardo se quedó callado.
Por primera vez desde que Mariana lo conocía, parecía pequeño.
—¿Tú eres el jefe?
—Sí.
—Pero tu pierna…
Mateo sostuvo su mirada.
—Mi pierna nunca afectó mi cerebro.
Lorena bajó los ojos.
Ricardo finalmente se sentó.
Mateo abrió el expediente.
—Necesitamos repetir varios estudios. Su situación es delicada.
—Entonces haz lo necesario.
—Lo haremos.
Ricardo recuperó parte de su arrogancia.
—Quiero habitación privada.
—Eso depende de administración.
—Tu madre dijo que tenía asuntos importantes aquí.
Mateo levantó la vista.
—Los tiene.
—¿Trabaja para el hospital?
Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.
Mariana entró acompañada por el director general.
Ricardo frunció el ceño.
El director saludó a Mateo y después se dirigió a ella.
—Presidenta Salgado, el Consejo ya está reunido.
Lorena abrió los ojos.
—¿Presidenta?
Mariana dejó una carpeta sobre la mesa.
—Hace doce años creé una fundación para financiar tratamientos de pacientes sin recursos. Hace cinco, la fundación adquirió una participación mayoritaria en este hospital.
Ricardo parecía incapaz de procesarlo.
—¿Este hospital es tuyo?
—No. Un hospital no es un juguete que alguien posee. Pero presido el consejo que administra su fondo social.
Ricardo tragó saliva.

—Entonces puedes aprobar mi ayuda.
Mariana lo observó.
Ahí estaba.
Ni una disculpa.
Ni una pregunta sobre Mateo.
Solo dinero.
—Las solicitudes siguen reglas —respondió.
—Soy tu exmarido.
—Precisamente por eso no participaré en la decisión.
Ricardo sonrió, creyendo haber encontrado una salida.
—Entonces Mateo puede autorizarla.
Mateo cerró el expediente.
—Tampoco.
—¿Por qué?
—Porque soy su médico y existe un conflicto personal evidente.
Ricardo golpeó el escritorio.
—¡Entonces para qué sirve tener familia trabajando aquí!
Mateo no reaccionó.
—Hace dieciocho años dejó claro que no éramos su familia.
El golpe fue silencioso, pero Ricardo lo sintió.
Lorena tomó su bolso.
—Ricardo, vámonos.
Mateo se levantó.
—No recomiendo que se vaya.
—¿Me estás amenazando?
—Le estoy informando como médico.
Tomó uno de los estudios.
—Su problema no es únicamente la infección.
Ricardo dejó de moverse.
—¿Qué significa?
Mateo giró la pantalla.
—Los resultados muestran un deterioro renal avanzado. Necesitamos confirmar la causa, pero existe la posibilidad de que necesite un tratamiento mucho más complejo de lo que esperaba.
El rostro de Ricardo se volvió ceniza.
—¿Voy a morir?
Mateo mantuvo una expresión profesional.
—Voy a hacer todo lo médicamente correcto para evitarlo.
Aquellas palabras parecieron humillar a Ricardo más que cualquier insulto.
El hijo que había llamado carga ahora estaba intentando salvarlo.
Pero entonces alguien llamó apresuradamente.
Una administrativa entró con varios documentos.
—Presidenta, encontramos un problema con la solicitud económica del señor Molina.
Mariana tomó la carpeta.
—¿Qué problema?
La mujer miró incómoda a Ricardo.
—Los documentos sobre sus bienes no coinciden con nuestros registros.
Lorena se puso rígida.
—Eso debe ser un error.
—Encontramos propiedades que fueron transferidas antes de presentar la solicitud.
Ricardo miró a Lorena.
—¿Qué propiedades?
Ella no respondió.
La administrativa continuó:
—También apareció una cuenta relacionada con la señora Lorena Fuentes.
Ricardo giró lentamente hacia ella.
—Dijiste que habíamos perdido todo.
—Ricardo…
—¿Qué hiciste?
Lorena retrocedió.
Mariana abrió el último documento.
Su expresión cambió.
—Esto no empezó recientemente.
Mateo se acercó.
—¿Qué encontraste?
Mariana levantó la mirada hacia Ricardo.
—La primera transferencia se realizó hace dieciocho años.
Ricardo frunció el ceño.
—Eso es imposible.
Mariana siguió leyendo.
Entonces encontró una dirección.
La conocía.
Era la casa de Tlaquepaque.
La misma de la que Ricardo había expulsado a Mariana y Mateo aquella noche.
—Ricardo…
Él la miró.
—¿Qué?
Mariana giró el documento hacia él.
—La casa nunca estuvo a nombre de Lorena.
Lorena se puso completamente blanca.
Ricardo tomó la hoja.
Y cuando leyó el verdadero nombre del propietario, sus manos comenzaron a temblar.
—No…
Mateo miró a su madre.
—¿Quién aparece?
Mariana no respondió inmediatamente.
Porque el nombre escrito allí pertenecía a alguien que, según Ricardo, había muerto mucho antes de que Mateo naciera.
Y entonces comprendió que el abandono de aquella noche quizá nunca había sido solamente por una amante.
Alguien llevaba dieciocho años escondiendo la verdadera razón por la que Ricardo había querido sacar a Mateo de aquella casa.