Taylor permaneció frente a la puerta de la habitación sin atreverse a entrar.
Por primera vez desde que Maya lo conocía, parecía un hombre sin respuestas.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó finalmente.
Maya apartó la mirada hacia la ventana.
—Desde antes de conocerte.
Taylor sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
—¿Cuánto antes?
—Ocho meses.
Entró y cerró la puerta.
—¿Y no pensabas decírmelo?
Maya soltó una risa débil.
—Nuestro matrimonio nació de una apuesta, Taylor. No pensé que mi historial médico formara parte del trato.
Él bajó los ojos.
No podía discutirlo.
Se había casado con ella para ganar.
Recordaba perfectamente aquella noche.
Eric, whisky, risas y una conversación estúpida entre hombres demasiado acostumbrados a convertir la vida en competencia.
Taylor había asegurado que podía casarse con cualquier mujer y hacer funcionar el matrimonio durante seis meses.
Eric encontró a Maya.
Y Taylor aceptó.
Ahora aquella apuesta le producía náuseas.
—El médico dijo que es grave.
Maya guardó silencio.
—¿Qué tan grave?
—No quiero hablar de eso.
—Maya.
—No.
Taylor se acercó.
—Te desplomaste en mis brazos.
—Y desperté.
—Esta vez.
Ella finalmente lo miró.
Eso fue suficiente para confirmar todos sus temores.
Taylor retrocedió.
—¿Te estás muriendo?
—Todos nos estamos muriendo.
—No hagas eso.
Su voz se quebró.
Maya nunca había escuchado ese sonido en él.
—No conviertas esto en una frase bonita. Dime la verdad.
Ella respiró lentamente.
—Los médicos llevan meses diciéndome que necesito un tratamiento más agresivo. Pero no existe ninguna garantía.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque no podía permitirme dejar de trabajar.
Taylor la miró como si hubiera hablado otro idioma.
—¿Dinero?
—No todo se arregla escribiendo un cheque.
—Esto sí podría haberse arreglado con dinero.
—¿De verdad?
Maya se incorporó con dificultad.
—¿Y qué debía hacer? ¿Pedirle al millonario que se casó conmigo por diversión que pagara mis médicos?
Taylor apretó la mandíbula.
—Soy tu esposo.
—Por contrato.
Aquello dolió más de lo que esperaba.
Su teléfono vibró.
Eric.
Taylor rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
—Contesta —dijo Maya—. Probablemente quiera saber si vas ganando.
Taylor se quedó inmóvil.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? Es la verdad.
—Ya no.
Maya lo observó.
Taylor quería explicarlo.
Quería decirle que llevaba semanas despertándose cuando escuchaba sus pasos regresar del trabajo.
Que había comenzado a reconocer la forma exacta en que Maya dejaba las llaves sobre la mesa.
Que aquella noche en la gala había sentido deseos de destruir a cualquiera que la hiciera sentirse inferior.
Pero no tenía derecho.
No después de cómo había empezado todo.
El doctor entró poco después.
Explicó que Maya permanecería hospitalizada para realizar nuevas pruebas y determinar el siguiente paso.
Taylor hizo preguntas.
Demasiadas.
Maya terminó mirándolo con irritación.
—Puedes irte a casa.
—No.
—Taylor.
—Me quedaré.
—No necesito que representes al marido preocupado.
Él acercó una silla.
—Entonces tendré que preocuparme sin actuar.
Maya no respondió.
Horas después despertó y lo encontró dormido junto a la cama, todavía vestido con el traje de la gala.
Su mano descansaba cerca de la suya.
No la tocaba.
Como si incluso dormido temiera cruzar un límite que ella no le había permitido cruzar.
Maya sintió algo peligroso.
Esperanza.
Y la odió.
A la mañana siguiente, Taylor despertó con varias llamadas perdidas.
Eric.
Su madre.
Su abogado.
Finalmente salió al pasillo y llamó a Eric.
—¿Qué quieres?
—¿Qué demonios pasó anoche?
—Maya está hospitalizada.
Hubo una pausa.
—Vaya.
La indiferencia en la voz de Eric hizo que Taylor apretara el teléfono.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga? Espero que esté bien. Pero escucha, quedan menos de dos meses para completar la apuesta.
Taylor cerró los ojos.
—Se acabó.
—¿Qué?
—La apuesta.
Eric soltó una carcajada.
—No puedes retirarte ahora.
—Mírame.
—Taylor, hay mucho dinero involucrado.
—Quédate con él.
El silencio cambió.
—Esto no es por dinero y lo sabes.
Taylor frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Eric tardó demasiado en responder.
—Nada.
—Eric.
—Olvídalo.
La llamada terminó.
Taylor observó la pantalla.
Algo no estaba bien.
Cuando regresó a la habitación, Maya estaba hablando con una enfermera.
Sobre la mesa había un sobre.
Taylor reconoció inmediatamente el logotipo.
King Foundation.
La fundación de su familia.
—¿Qué es eso?
Maya palideció.
—Nada.
Tomó el sobre antes de que él pudiera acercarse.
Demasiado tarde.
Taylor había visto la fecha.
Era anterior a su matrimonio.
Mucho anterior.
—¿Por qué tienes correspondencia de mi fundación?
—Taylor…
—Maya.
Ella cerró los ojos.

—Solicité ayuda médica hace casi un año.
Taylor sintió que el estómago se le hundía.
—¿A mi fundación?
—No sabía quién eras entonces.
—¿Te ayudaron?
Maya soltó una risa amarga.
—Me rechazaron.
Taylor extendió la mano.
—Déjame verlo.
—No importa.
—A mí sí.
Finalmente Maya le entregó el documento.
Taylor leyó.
La solicitud había sido rechazada por no cumplir ciertos criterios administrativos.
Pero al final aparecía una autorización electrónica.
Taylor conocía aquellas iniciales.
E.K.
Eric King.
Su primo.
Su mejor amigo.
El hombre que meses después había aparecido casualmente con una mujer llamada Maya y una apuesta perfecta.
Taylor sintió frío.
—¿Eric sabía de tu enfermedad?
Maya lo miró confundida.
—¿Qué?
—¿Hablaste con él antes de conocerme?
—Nunca.
Taylor salió de la habitación.
Marcó inmediatamente.
Eric contestó al cuarto tono.
—¿Ahora qué?
—Encontré la solicitud.
Silencio.
—¿Qué solicitud?
—No juegues conmigo.
Taylor miró a través del cristal hacia Maya.
—Tú sabías que estaba enferma antes de presentármela.
Eric no respondió.
—¿Por eso la elegiste?
Otra pausa.
Después, una respiración.
—Taylor, hay cosas que no entiendes.
—Entonces explícame.
—No por teléfono.
Taylor sintió que la furia le subía por el pecho.
—¿La apuesta fue preparada?
—Ven a verme.
—Respóndeme.
Eric guardó silencio.
Entonces dijo algo que convirtió toda aquella historia en algo mucho más oscuro.
—Pregúntale a tu padre por qué el apellido de Maya estaba marcado en nuestros archivos mucho antes de que tú nacieras.
La llamada terminó.
Taylor permaneció inmóvil.
Detrás del cristal, Maya lo observaba desde la cama.
Y por primera vez comprendió que quizá ninguno de los dos había llegado a aquel matrimonio por casualidad.
Alguien los había puesto en el mismo camino mucho antes de aquella apuesta.