Los hombres avanzaron.
Yo conté veintitrés.
Demasiados para pelear sin pensar.
Así que no pensé en ganar.
Pensé en romper su organización.
—¿Quién manda aquí? —pregunté.
El anciano del machete dio un paso al frente.
—Yo.
Perfecto.
Siempre había uno que necesitaba sentirse importante.
Señalé a Leonard, todavía en el suelo.
—Entonces empieza explicándome por qué hay mujeres encadenadas.
Su expresión cambió.
—No es asunto tuyo.
—Ahora sí.
Detrás de mí, el joven intentó incorporarse.
—Diana.
Me giré.
Era la primera vez que decía mi nombre.
—¿Cómo sabes cómo me llamo?
—Revisaron tu bolso en la furgoneta.
—Ah.
Su voz seguía débil.
—No intentes enfrentarte a todos.
—No pienso hacerlo.
—¿Entonces?
Sonreí.
—Voy a conseguir que se enfrenten entre ellos.
El joven parpadeó.
No tenía tiempo para explicarle.
Levanté la voz.
—¡Leonard!
El hombre seguía arrodillado.
—Diles cuánto pagaste por mí.
—Cinco mil.
—Más alto.
—¡Cinco mil!
Miré al anciano.
—¿Y cuánto pagan normalmente?
Silencio.
El traficante de la cicatriz comenzó a moverse nervioso.
Eso fue suficiente.
—Interesante.
Me giré hacia los aldeanos.
—Ellos les están cobrando cinco mil por persona.
Señalé a los traficantes.
—¿Pero cuánto creen que reciben realmente quienes hacen el trabajo?
Leonard palideció.
—¡Cállate!
Sonreí.
Había acertado.
—¿Quieren saber cuánto dijo que yo valía antes de llegar aquí?
Nadie habló.
—Mucho más.
No sabía si era verdad.
No importaba.
La sospecha empezó a extenderse.
Uno de los hombres miró al conductor.
—¿Nos están engañando?
—¡No la escuchen!
Otro gritó:
—¿Cuánto cobran realmente?
En segundos, la atención dejó de estar sobre mí.
Perfecto.
Me agaché junto al joven.
—Ahora.
—¿Ahora qué?
—Vamos a soltar a las mujeres.
Entramos por la parte trasera de una casa.
Encontré unas tenazas viejas.
No pregunté por qué estaban allí.
La primera mujer encadenada tenía quizá veinticinco años.
Cuando me vio acercarme, retrocedió.
—No voy a hacerte daño.
Señalé la cadena.
—Voy a quitarte eso.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Quién eres?
—Una persona con muy mal carácter.
Por primera vez, casi sonrió.
El joven se apoyó contra la pared.
—Me llamo Julian.
—Diana.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces deja de hablar y busca llaves.
Fuimos liberando a una mujer tras otra.
Siete.
Después nueve.
Luego doce.
Algunas llevaban años allí.
Otras apenas semanas.
Una de ellas tenía un teléfono escondido.
Sin señal.
Julian lo examinó.
—Si llegamos a la cresta norte quizá consigamos cobertura.
—¿Puedes caminar?
—Voy mejorando.
—Qué decepción. Empezaba a acostumbrarme a cargarte.
Él me miró.
—¿Siempre haces bromas así?
—Solo cuando estoy enfadada.
—Entonces debes estar furiosa.
Miré a las mujeres.
—Sí.
Mucho.
Afuera, la discusión había empeorado.
Los traficantes intentaban convencer a los aldeanos.
Nadie confiaba ya en nadie.
Nos acercamos lentamente al camino norte.
Pero entonces alguien gritó.
—¡SE ESCAPAN!
Se acabó la sutileza.
—Corran —dije.
Las mujeres avanzaron hacia la montaña.
Julian fue con ellas.
Yo me quedé atrás.
—¡Diana!
—Ve.
—No pienso dejarte.
—Julian.
Lo miré.
—Hay doce personas detrás de ti que necesitan llegar a esa colina.
Por fin comprendió.
Asintió.
—Volveré.
—Más te vale.
Los aldeanos intentaron cerrar el camino.
Pero algo había cambiado.
Ahora las mujeres también se defendían.
No estaban solas.
Una tomó una pala.
Otra una cuerda.
Otra simplemente gritó con tanta fuerza que despertó a media montaña.
Yo no necesitaba derrotar a nadie.
Solo necesitaba mantener abierto el camino.
Y eso hice.
Cuando finalmente llegamos a la cresta, Julian levantó el teléfono.

Una barra.
Después dos.
—¡Hay señal!
—Llama a la policía.
—Ya lo estoy haciendo.
Entonces escuchamos motores.
Varias camionetas subían por el camino.
Mi primera reacción fue prepararme para otro problema.
Pero Julian me detuvo.
—Espera.
Los vehículos no pertenecían a la aldea.
Tenían insignias oficiales.
La policía había recibido denuncias sobre aquella zona durante meses.
Nunca habían conseguido localizar el punto exacto.
Hasta ahora.
Los agentes rodearon la aldea.
Los hombres empezaron a correr.
Leonard intentó esconderse.
El traficante de la cicatriz quiso escapar por el bosque.
No llegaron lejos.
Horas después, estábamos sentados junto a una ambulancia.
Una agente me entregó agua.
—¿Tú hiciste todo esto?
—No.
Señalé a las mujeres.
—Ellas salieron caminando.
La agente sonrió.
—Aun así, ayudaste bastante.
Julian estaba a mi lado con una manta sobre los hombros.
Ahora que tenía mejor aspecto, era incluso más ridículamente atractivo.
—¿Por qué te habían secuestrado a ti? —pregunté.
Él bebió agua.
—Por dinero.
—Qué aburrido.
—Mi familia tiene una empresa grande.
—Eso explica la camisa cara.
Me miró sorprendido.
—¿Notaste la camisa?
—Estaba llena de barro y aun así parecía costosa.
—Tienes buen ojo.
—Tengo ojos.
Por primera vez, se rio.
Después se volvió serio.
—Diana.
—¿Qué?
—Me salvaste la vida.
—No exageres.
—No estoy exagerando.
—Entonces invítame a comer algún día.
Se quedó mirándome.
—¿Eso es todo?
—Tengo hambre.
Volví a mi pueblo tres días después.
Cuando la camioneta policial se detuvo frente a nuestra casa, mi padre salió corriendo.
Me miró.
Después miró a los agentes.
Luego volvió a mirarme.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Mi padre cerró los ojos.
—Gracias al cielo.
—Pensé que habías rezado por los secuestradores.
Abrió los ojos.
—También.
Detrás de él, varios vecinos empezaron a reunirse.
La noticia ya había llegado.
Una red de tráfico había sido desmantelada.
Varias personas desaparecidas habían sido encontradas.
Y, según una versión exagerada que circulaba por cuatro pueblos, yo había derrotado sola a una aldea entera utilizando una barra de metal, una cabra y una olla.
No había habido ninguna cabra.
Pero decidí no corregirlo.
El alcalde se acercó.
—Diana.
—¿Sí?
—Dicen que salvaste a varias personas.
—Dicen demasiadas cosas.
Mi padre señaló hacia el camino.
—¿Y ese quién es?
Me giré.
Un automóvil negro acababa de detenerse.
Julian bajó.
Traje limpio.
Cabello arreglado.
Ninguna cuerda.
Mucho mejor.
Mi padre lo miró con desconfianza.
—¿También lo secuestraron?
—Sí.
Julian extendió la mano.
—Julian Mercer.
Mi padre se quedó inmóvil.
Hasta yo conocía ese apellido.
Mercer Industries.
Transportes.
Minería.
Construcción.
Una de las familias más ricas de la región.
Mi padre miró hacia mí.
Después hacia Julian.
Después otra vez hacia mí.
—No.
Fruncí el ceño.
—¿No qué?
—No quiero saber.
Julian intentó no reír.
—Vine a agradecerle personalmente a su hija.
Mi padre suspiró.
—Joven, si quiere conservar la tranquilidad, mi consejo es que agradezca desde lejos.
—Papá.
—Tengo experiencia.
Julian sonrió.
—Creo que puedo correr el riesgo.
Lo miré.
—¿Y para eso viajaste hasta aquí?
—No exactamente.
Sacó una carpeta.
—Mi familia creó un fondo para ayudar a todas las personas rescatadas de aquella aldea.
Eso me hizo dejar de bromear.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Bien.
—Y necesitamos alguien que conozca la zona.
Entrecerré los ojos.
—¿Me estás ofreciendo trabajo?
—Sí.
—¿Porque te salvé?
—No.
Sonrió.
—Porque asustaste a tres traficantes, desarmaste una red entera y lograste que doce personas confiaran en ti en una sola noche.
Pensé un momento.
—¿Cuánto pagan?
Mi padre se llevó una mano a la frente.
Julian soltó una carcajada.
Un año después, la red estaba completamente desmantelada.
Varias personas responsables terminaron condenadas.
Las mujeres rescatadas recibieron apoyo para empezar de nuevo.
Yo trabajaba ayudando a localizar casos en zonas rurales.
Y Julian cumplió su promesa.
Me invitó a comer.
Muchas veces.
Mi padre tardó meses en dejar de preguntarle si estaba seguro de lo que hacía.
Una tarde, mientras caminábamos por el mercado, escuché a dos ancianas murmurar detrás de nosotros.
—Mira.
—Es Diana Bennett.
—La hija maldita.
Julian sonrió.
—¿Te molesta?
—No.
Tomé una manzana del puesto.
—Ahora la historia es mejor.
—¿Cuál?
Lo miré.
—Antes decían que ningún hombre se atrevería a acercarse a mí.
Julian levantó una ceja.
—¿Y ahora?
Sonreí.
—Ahora dicen que una banda entera cometió el error de hacerlo.
Y esa versión sí me gustaba.
Porque aquellos hombres creyeron que habían secuestrado a una víctima indefensa.
Creyeron que podían ponerme precio.
Creyeron que podían encerrarme en una aldea y decidir mi futuro.
No sabían que acababan de llevar directamente hasta su escondite a la peor persona posible para guardar silencio.
Y desde entonces, en toda la comarca dejaron de llamarme la hija maldita de los Bennett.
Empezaron a llamarme de otra manera.
La mujer que regresó de la montaña llevando a todos los demás de vuelta con ella.