PARTE 2: LA CAJA FUERTE

A las cuatro y doce de la madrugada regresé a Bosques de las Lomas con Andrés.

Ninguno habló durante el trayecto.

Él acababa de descubrir que su esposa lo engañaba con mi marido.

Yo acababa de descubrir que seis meses de sospechas apenas habían rozado la superficie.

Entramos al estudio de Rodrigo.

La caja fuerte estaba detrás de una pintura.

Marqué los seis números.

Un clic.

Andrés contuvo la respiración.

Abrí.

Esperaba dinero, contratos ocultos o quizá más pruebas de Valeria.

Encontré las tres cosas.

Pero también encontré cuatro pasaportes, dos teléfonos, varias escrituras y una carpeta roja con mi nombre.

—¿Por qué Rodrigo tendría una carpeta sobre ti? —preguntó Andrés.

La abrí.

La primera página era una copia de nuestro acuerdo matrimonial.

La segunda mostraba mis acciones en Grupo Alcántara.

La tercera era un poder notarial.

Fruncí el ceño.

—Yo nunca firmé esto.

Andrés lo tomó.

—Pero esa parece tu firma.

—Parece.

Seguí leyendo.

El documento otorgaba a Rodrigo facultades para representarme en determinadas operaciones empresariales.

Supuestamente había sido firmado ocho meses antes.

—Estuve en Madrid esa fecha.

Andrés levantó los ojos.

—Entonces falsificaron tu firma.

Sentí un frío distinto al de la traición.

Esto ya no era personal.

Era fraude.

Tomé uno de los teléfonos.

Tenía contraseña.

El segundo se abrió con un código escrito detrás de una tarjeta bancaria.

Había conversaciones con números desconocidos.

Una aparecía repetidamente.

V.M.

Valeria Mendoza.

Andrés se puso rígido.

Abrimos el chat.

Al principio eran mensajes personales.

Después aparecieron otros.

“Mariana todavía no sospecha.”

“Necesitamos su firma antes de marzo.”

“Cuando transfieras las acciones, terminamos.”

Andrés dejó el teléfono sobre el escritorio.

—¿Valeria estaba ayudándolo?

Seguí desplazándome.

Entonces encontramos un mensaje enviado por Rodrigo.

“Tu trabajo es mantener a Andrés distraído. Yo me encargo de Mariana.”

Mi hermano cerró los ojos.

La infidelidad quizá había sido real.

Pero también era parte de algo más grande.

En la carpeta roja encontré transferencias desde varias subsidiarias del Grupo Alcántara hacia empresas que no reconocía.

Una de ellas había recibido cuarenta y ocho millones de pesos.

Otra, treinta y dos.

Otra más estaba registrada a nombre de una sociedad en Panamá.

—Mariana…

—Lo sé.

Fotografié cada página.

Después encontré una memoria USB.

La conecté a la computadora.

Había una carpeta llamada PROYECTO SALIDA.

Dentro aparecían nuestros nombres.

Mariana.

Andrés.

Mi padre.

Incluso nuestra madre.

Cada archivo contenía información financiera.

Propiedades.

Firmas digitalizadas.

Copias de identificaciones.

Y junto al nombre de mi padre aparecía una palabra:

INCAPACITACIÓN.

Andrés se inclinó.

—¿Qué significa?

Abrí el documento.

Era un borrador para declarar legalmente incapaz a nuestro padre y retirar su control sobre las acciones familiares.

—Rodrigo quería quedarse con la empresa.

—No podía hacerlo solo.

—Exactamente.

Busqué los nombres asociados al archivo.

Había tres iniciales.

R.A.

V.M.

Y una tercera.

E.A.

Andrés me miró.

—¿Quién es E.A.?

No tuve tiempo de responder.

Mi teléfono sonó.

Hospital Ángeles.

—Señora Alcántara —dijo una enfermera—, su esposo salió del procedimiento. Está preguntando por usted.

—Dígale que voy para allá.

Andrés me miró sorprendido.

—¿Vas a volver?

Guardé la memoria y los documentos.

—Claro.

—¿Para qué?

—Porque todavía no sabe que abrimos la caja.

Cuando entré en la habitación, Rodrigo estaba solo.

Parecía agotado.

—Mariana.

—¿Cómo te sientes?

Mi tranquilidad lo desconcertó.

—Horrible.

—Me imagino.

—Cometí un error.

—Muchos.

Se quedó callado.

Entonces pregunté:

—¿Quién es E.A.?

Rodrigo dejó de respirar.

Solo fue un instante.

Pero lo vi.

—No sé de qué hablas.

—Qué raro.

Me senté.

—Porque E.A. aparece en Proyecto Salida.

El monitor cardíaco aceleró.

—Entraste en la caja fuerte.

—Tú me diste la combinación.

—¡Porque me chantajeaste!

—Y encontré un poder con mi firma falsificada.

Su rostro cambió.

—Puedo explicarlo.

—También encontré cuarenta y ocho millones desaparecidos.

—Mariana…

—Y un plan para declarar incapaz a mi padre.

Rodrigo cerró los ojos.

—No entiendes.

—Entonces ayúdame.

Me incliné hacia él.

—¿Quién es E.A.?

Rodrigo permaneció callado durante varios segundos.

Finalmente susurró:

—Tu padre.

Me quedé inmóvil.

—Mi padre se llama Eduardo Alcántara.

E.A.

Negué lentamente.

—Estás mintiendo.

—Ojalá.

Rodrigo tragó saliva.

—El Proyecto Salida no empezó conmigo.

—¿Qué quieres decir?

—Tu padre lo creó.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Para quitarse a sí mismo de la empresa?

—No.

Rodrigo me miró directamente.

—Para sacarte a ti.

No pude responder.

—¿Por qué?

—Porque descubriste las empresas fantasma hace seis meses.

Recordé la auditoría que había iniciado discretamente antes de abandonar la dirección financiera.

Había encontrado inconsistencias.

Después Rodrigo me convenció de que estaba agotada y debía tomarme un descanso.

—Mi padre me pidió investigar esas cuentas.

Rodrigo soltó una risa amarga.

—Precisamente.

—No entiendo.

—Quería saber cuánto podías descubrir.

Mi piel se erizó.

Entonces se abrió la puerta.

Mi padre entró.

Eduardo Alcántara.

Traje oscuro. Cabello perfectamente peinado. Expresión tranquila.

—Mariana.

Me puse de pie.

—Papá.

Sus ojos bajaron hacia el folder negro.

Después miraron a Rodrigo.

—Veo que hablaste demasiado.

Rodrigo palideció.

—Don Eduardo…

Mi padre cerró la puerta.

—¿Encontraste la memoria?

No respondí.

Eso fue suficiente.

—Dámela.

—¿Qué es Proyecto Salida?

Mi padre suspiró.

—Algo que nunca debiste ver.

—¿Intentabas quitarme mis acciones?

—Intentaba proteger el grupo.

—¿De tu propia hija?

—De cualquiera que amenazara su estabilidad.

Lo miré como si fuera un desconocido.

—¿Y Valeria?

—Un instrumento.

—¿Rodrigo?

Mi padre lo miró con desprecio.

—Otro.

Rodrigo se incorporó.

—Usted dijo que Mariana jamás descubriría nada.

—Y tú dijiste que sabías controlar a tu esposa.

Sentí náuseas.

Los dos hombres habían hablado de mí como si fuera una cuenta bancaria.

Entonces Andrés apareció detrás de mi padre.

—¿Y yo?

Eduardo giró.

Mi hermano tenía el segundo teléfono de Rodrigo en la mano.

—¿También era parte del plan?

Mi padre no respondió.

Andrés levantó el dispositivo.

—Porque encontré algo interesante.

Reprodujo un audio.

La voz de Valeria llenó la habitación.

“Cuando Mariana pierda las acciones y Andrés firme, Eduardo cumplirá su parte. Rodrigo se queda con la empresa y nosotros recibimos nuestra parte.”

Mi padre perdió el color.

Rodrigo también.

Pero Andrés todavía no había terminado.

—Hay otra grabación.

Presionó la pantalla.

Esta vez escuchamos la voz de Rodrigo.

Después la de mi padre.

Y finalmente una tercera voz femenina.

Una voz que reconocí inmediatamente.

Sentí que se me aflojaban las piernas.

—No…

Andrés me miró.

La grabación continuó.

Era nuestra madre.

La misma mujer que supuestamente llevaba seis meses en una clínica privada recuperándose de un derrame cerebral.

Su voz sonaba perfectamente lúcida.

—Mariana está demasiado cerca de descubrirlo —decía—. Si abre los libros antiguos, sabrá que Grupo Alcántara nunca perteneció realmente a nosotros.

Miré a mi padre.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió.

Entonces mi madre pronunció la última frase de la grabación:

—Y cuando descubra quién fue su verdadero padre, perderemos mucho más que la empresa.

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