Parte 2: LA DEUDA CAMBIÓ DE DUEÑO

El abogado cerró la carpeta.

—Si compramos la deuda, no significa que podamos destruir la empresa por capricho —aclaró—. Pero sí podremos exigir que cumpla cada obligación exactamente como está escrita.

Mi padre me miró.

—No quiero venganza, Xia.

Su voz era tranquila.

—Quiero que recuperes lo que te pertenece y que nadie vuelva a creer que puede dejarte en la calle sin consecuencias.

Aquella noche dormí en casa de mis padres.

A la mañana siguiente presenté la denuncia por la desaparición de mis documentos, mis joyas y varias pertenencias personales.

El abogado obtuvo también los comprobantes de mis transferencias.

Durante dos años, casi el cuarenta por ciento de cada cuota hipotecaria había salido directamente de mi cuenta.

La familia Lu había vendido el apartamento como si yo nunca hubiera existido.

Pero los números sí recordaban mi existencia.

Tres días después, Julián finalmente llamó.

—Sofía, ¿qué demonios estás haciendo?

No dijo “lo siento”.

No preguntó dónde estaba.

Solo eso.

—Buenos días, Julián.

—¡Mis cuentas están bloqueadas!

—Habla con tu abogado.

—Mi madre dice que amenazaste con denunciarnos.

—No fue una amenaza.

Hubo un silencio.

Después cambió de tono.

—Xia, escucha. Todo se salió de control.

—Vendiste nuestra casa mientras yo viajaba.

—Necesitábamos dinero.

—Entonces podías haber hablado conmigo.

—Sabía que te negarías.

Aquella respuesta me hizo sonreír tristemente.

—Exactamente.

Julián respiró con fuerza.

—Podemos arreglarlo. Regreso a la ciudad mañana.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—La policía también quiere hablar contigo.

Colgué.

Dos días después apareció en el despacho del abogado.

Venía acompañado de Teresa y Patricia.

Mi suegra entró hablando antes incluso de sentarse.

—Todo esto por unos muebles.

El abogado levantó una ceja.

—Señora Lu, estamos hablando de una vivienda, fondos compartidos, documentos personales y bienes cuya propiedad está documentada.

Teresa me señaló.

—¡Ella quiere robarnos porque ahora sus padres tienen dinero!

El silencio fue instantáneo.

Yo miré a mi madre.

Ella me miró a mí.

—¿Cómo sabe lo de la lotería? —pregunté.

Teresa se quedó rígida.

Julián volvió la cabeza hacia ella.

—¿Qué lotería?

Mi padre apoyó las manos sobre la mesa.

—Eso también me gustaría saber.

Teresa intentó corregirse.

—Todo el mundo habla.

—El premio todavía no se ha anunciado públicamente —dijo el abogado.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Julián miró a su madre con auténtico miedo.

—Mamá.

Ella evitó sus ojos.

—¿Cómo lo sabías?

Patricia se levantó.

—Yo me voy.

—Siéntate —ordenó Teresa.

Mi abogado anotó algo.

Aquella pequeña equivocación cambió completamente la reunión.

Después descubrimos la razón.

Un empleado temporal de la administración de lotería era primo lejano de Patricia.

Había comentado, ilegalmente, que una familia Song del distrito había presentado documentación preliminar relacionada con un premio extraordinario.

La familia Lu conocía nuestra fortuna antes de vender el apartamento.

De repente todo dejó de parecer una huida desesperada.

Parecía un plan.

—¿Vendieron la casa porque creyeron que yo heredaría parte del premio? —pregunté.

Julián negó.

—Yo no sabía nada.

—Pero tu madre sí.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Porque esta familia necesitaba protegerse!

—¿De qué?

No respondió.

Mi padre abrió entonces la carpeta de la empresa.

—Quizá de esto.

Deslizó un documento hacia Julián.

Mi esposo lo leyó.

Su cara perdió el color.

La compañía donde trabajaba llevaba meses al borde del incumplimiento.

Julián no era un simple empleado.

Había utilizado nuestros ahorros para comprar discretamente una pequeña participación, convencido de que recibiría un ascenso importante si ayudaba a mantenerla a flote.

Nunca me lo contó.

—¿Cuánto dinero nuestro pusiste ahí? —pregunté.

No levantó la cabeza.

—Julián.

—Casi todo.

Sentí que mi madre apretaba mi mano.

—¿Qué significa “casi todo”?

El abogado respondió por él.

—Parte del dinero obtenido con la venta del apartamento terminó también vinculado a esa empresa.

Comprendí entonces que Julián no me había abandonado para empezar otra vida.

Había intentado utilizar nuestra vida para salvar una inversión que me ocultaba.

Mi padre sacó otro documento.

—Y desde esta mañana, el principal acreedor de esa compañía ya no es un fondo extranjero.

Julián lo miró.

—¿Qué hiciste?

—Compré su posición crediticia.

Teresa se puso de pie.

—¡No pueden hacer eso!

Mi padre ni siquiera levantó la voz.

—Ya está hecho.

Por primera vez, mi suegra dejó de parecer arrogante.

Parecía aterrorizada.

El abogado explicó las condiciones.

No íbamos a cerrar la empresa.

No necesitábamos hacerlo.

Pero exigiríamos una auditoría completa antes de cualquier renegociación.

Cada transferencia.

Cada préstamo interno.

Cada garantía.

Cada pago relacionado con directivos y accionistas.

Julián bajó lentamente el documento.

—Xia… retira la denuncia.

—No.

—Puedo devolverte todo.

—¿Con qué dinero?

No respondió.

Teresa intervino.

—Somos familia.

La miré.

—Cuando vaciaron mi casa, dijeron que yo no pertenecía a la familia Lu.

No volvió a hablar.

Una semana después recuperé parte de mis pertenencias de un almacén alquilado a nombre de Patricia.

Encontraron mis vestidos dentro de bolsas negras.

Las joyas de mi madre estaban ocultas en una caja de zapatos.

Mis documentos aparecieron dentro de una carpeta que Teresa había llevado consigo.

El apartamento fue bloqueado judicialmente antes de completarse definitivamente la operación.

Y Julián recibió una citación relacionada con la venta y los movimientos posteriores.

Yo creí que aquello sería el final.

No lo fue.

La auditoría de la empresa comenzó diez días más tarde.

Una tarde mi padre regresó a casa acompañado del abogado.

No habló durante la cena.

Eso me preocupó.

—Papá, ¿qué encontraron?

Dejó una carpeta frente a mí.

—El problema de Julián es mucho mayor de lo que pensábamos.

Dentro había transferencias realizadas durante casi tres años.

Varias iban a empresas que no reconocía.

Pero una dirección sí me resultaba familiar.

Era la dirección del apartamento de Teresa.

—¿Qué significa esto?

El abogado respondió:

—La empresa de Julián estaba enviando dinero a sociedades vinculadas indirectamente con su familia.

Sentí frío.

—¿Él robaba?

—Todavía estamos determinándolo.

Mi padre señaló otra página.

—Pero mira esto.

Había una transferencia realizada seis meses antes.

Beneficiario: Song Electrical Repair.

Era la pequeña tienda de mis padres.

—Eso es imposible.

Mi padre asintió.

—Nunca recibimos ese dinero.

La cantidad era enorme.

Alguien había utilizado el nombre de su negocio.

El abogado sacó entonces los documentos de apertura de una cuenta bancaria.

Había una firma atribuida a mi padre.

Era falsa.

Y debajo figuraba una persona autorizada para realizar operaciones.

Leí el nombre.

Patricia Lu.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo consiguió ella los documentos de papá?

Mi madre palideció.

Entonces recordó algo.

Durante nuestra boda, tres años atrás, Teresa había insistido en encargarse personalmente de reunir copias de documentos de ambas familias “para los trámites de registro”.

Aquella estafa no había comenzado cuando vendieron mi apartamento.

Había empezado antes incluso de que Julián y yo nos casáramos.

Mi teléfono sonó.

Era un número desconocido.

Respondí.

—¿Señora Song?

—Sí.

—Soy el auditor contratado para revisar las cuentas.

Hizo una pausa.

—Encontramos una segunda empresa registrada utilizando información de su familia.

—¿De quién?

—Suya.

Sentí que se me paralizaban los dedos.

—Eso no puede ser.

—Hay más.

Escuché papeles al otro lado.

—La empresa fue creada cuatro meses después de su boda.

—¿Quién figura como administrador?

El auditor respondió.

—Su esposo, Julián Lu.

Miré a mis padres.

Pero todavía faltaba la peor parte.

—Señora Song —continuó—, durante tres años esa compañía recibió millones en préstamos y contratos.

—¿Y dónde está ahora ese dinero?

El hombre guardó silencio unos segundos.

—Eso es precisamente lo que no encontramos.

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