Nadie se movió.
El ruido de las hélices todavía sacudía los árboles cuando el piloto abrió la puerta del helicóptero.
—Presidenta Mendoza, el consejo completo espera sus instrucciones.
Sebastián miró al hombre.
Después a Valeria.
Después al helicóptero.
—¿Presidenta de qué?
Valeria acomodó su abrigo.
—De Horizonte Salud.
Teresa soltó una risa nerviosa.
—Esto es ridículo.
Valeria caminó hacia el helicóptero.
Sebastián la siguió.
—¡Espera!
Ella se detuvo.
—¿Ahora sí quieres hablar?
—¿Me estás diciendo que tú decides nuestra inversión?
—No exactamente.
Por un instante, Sebastián pareció respirar.
Entonces Valeria añadió:
—También decido si Horizonte continúa negociando con ustedes.
El alivio desapareció.
Teresa bajó los escalones.
—Valeria, querida, seguramente todo esto es un malentendido.
Valeria la miró.
—Hace treinta segundos yo era una oportunista.
Teresa enmudeció.
Uno de los guardias que debía escoltar a Valeria bajó la mirada.
Sebastián recogió la carpeta del divorcio.
—¿Por qué nunca me dijiste quién eras?
—Nunca me lo preguntaste.
—¡Estuvimos casados seis años!
—Y durante seis años te expliqué exactamente a qué dedicaba mi vida. Tú decidiste que las clínicas rurales no eran suficientemente importantes para escucharlas.
Sebastián apretó la carpeta.
—Podemos solucionar esto.
Valeria miró los papeles.
—¿El matrimonio o la inversión?
Él tardó demasiado en responder.
Eso fue suficiente.
—Exactamente —dijo ella.
Subió al helicóptero.
Cuarenta minutos después, Valeria entró en una sala de juntas en Santa Fe.
Doce personas se levantaron.
—Presidenta.
Valeria ocupó la cabecera.
Sobre la pantalla aparecía:
GRUPO MÉDICO DEL VALLE — REVISIÓN EXTRAORDINARIA.
—Empecemos.
El director financiero abrió un expediente.
—Encontramos inconsistencias adicionales.
—¿Cuáles?
—El presupuesto presentado por Sebastián Del Valle infló varios costos de construcción.
Valeria frunció el ceño.
—¿Cuánto?
—Ciento dieciocho millones de pesos.
La sala quedó en silencio.
—¿Destino?
—Tres proveedores.
La pantalla cambió.
Uno de los nombres hizo que Valeria se inclinara hacia delante.
SALGADO CONSULTORÍA ESTRATÉGICA.
—Renata.
—Sí.
—¿Cuánto recibió?
—Hasta ahora, dieciséis millones.
Valeria sintió que el divorcio acababa de volverse el menor de los problemas de Sebastián.
—¿El comité conocía su relación personal?
—No.
—Entonces documenten todo.
Un consejero intervino:
—Podemos cancelar inmediatamente la operación.
Valeria negó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber si estamos frente a incompetencia… o fraude.
A las cuatro de la tarde, Sebastián había llamado veintisiete veces.
Valeria contestó la número veintiocho.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
—Renata me explicó que Horizonte suspendió la inversión.
—Correcto.
—Valeria, si no recibimos ese capital antes del viernes, podemos perder el proyecto de Querétaro.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame.
Valeria guardó silencio.
—Soy tu esposo.
—Esta mañana querías dejar de serlo.
—Estaba confundido.
—No parecías confundido cuando ordenaste a dos guardias que me sacaran.
Sebastián respiró profundamente.
—Mi madre estaba presionándome.
—Tu madre no firmó el divorcio.
—Renata dijo que…
Se detuvo.
—Continúa.
—Nada.
Valeria miró el informe financiero.
—¿Renata también te aconsejó enviar dieciséis millones a su empresa?
Silencio.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque leo los documentos antes de firmarlos.
Sebastián colgó.
Por primera vez, Valeria sintió verdadero peligro.
No por ella.
Por lo que acababa de descubrir.
Esa noche, don Arturo llamó.
—Necesito verte.
Se encontraron en una oficina privada del hospital.
El anciano parecía diez años mayor.
—¿Sabías lo de Renata? —preguntó Valeria.
—Sospechaba que Sebastián estaba cometiendo errores.
—Esto supera un error.
Don Arturo cerró la puerta.
—Hay algo que debes conocer antes de suspender definitivamente la inversión.
Sacó una llave.
—Sígueme.
Bajaron hasta el archivo administrativo.
Dentro de una caja de seguridad había contratos antiguos, actas y estados financieros.
Don Arturo extrajo una carpeta roja.
—Hace ocho meses descubrí movimientos extraños.
—¿Por qué no me avisaste?
—Porque quería saber quién estaba detrás.
Valeria abrió la carpeta.
Encontró pagos a empresas desconocidas.
Firmas.
Facturas.
Y una autorización con el nombre de Sebastián.
—¿Él hizo esto?
—Eso creí.
Don Arturo pasó otra página.
—Hasta que encontré esto.
Era una copia del documento original.
La firma de Sebastián había sido digitalmente insertada.
—¿Quién tenía acceso?
—Tres personas.
—¿Quiénes?
—Sebastián. El director financiero del grupo…
Hizo una pausa.

—Y Teresa.
Valeria levantó la mirada.
—¿Mi suegra?
Don Arturo asintió.
—Mi hija ha tenido acceso administrativo desde que murió mi esposa.
Valeria recordó algo.
Teresa siempre hablaba como si el Grupo Del Valle perteneciera a Sebastián.
Pero legalmente, don Arturo todavía controlaba la mayoría.
—¿Crees que Teresa está desviando dinero?
—Creo que alguien quiere que parezca que Sebastián lo está haciendo.
Aquello cambiaba todo.
No convertía a Sebastián en inocente de su traición.
Pero quizá sí de algo mucho más grave.
Entonces el teléfono de Valeria vibró.
Mensaje de seguridad de Horizonte.
“Presidenta: Renata Salgado intenta abandonar el país.”
Debajo había una fotografía del aeropuerto.
Renata estaba frente al mostrador de una aerolínea.
Y no estaba sola.
Teresa Del Valle estaba a su lado.
Valeria llamó inmediatamente a Sebastián.
—¿Dónde está tu madre?
—En casa.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Está en el aeropuerto con Renata.
Silencio.
—Eso es imposible.
—Acabo de recibir una fotografía.
—Envíamela.
Lo hizo.
Pasaron veinte segundos.
—No entiendo —murmuró Sebastián.
—Yo empiezo a entender.
—¿Qué?
—Renata nunca llegó a tu vida por casualidad.
Sebastián dejó de respirar.
—¿Qué estás insinuando?
—Pregúntale a tu madre.
—Valeria…
—Y pregúntate por qué alguien infló las cuentas del proyecto justo antes de solicitar dinero a Horizonte.
Terminó la llamada.
Don Arturo permanecía observándola.
—Hay otra cosa —dijo.
Sacó un sobre amarillento.
—Esto llegó hace tres meses.
Dentro había fotografías de Renata entrando a la residencia Del Valle.
Algunas eran anteriores a su contratación.
Mucho anteriores.
Una fotografía tenía fecha de siete años atrás.
Valeria frunció el ceño.
—Sebastián ni siquiera la conocía entonces.
—Exacto.
En la imagen, Renata aparecía abrazando a Teresa.
No como dos desconocidas.
Como familia.
Valeria giró la fotografía.
Había una frase escrita a mano:
“La hija que nadie debe conocer.”
Sintió un escalofrío.
—¿Qué significa esto?
Don Arturo se sentó lentamente.
Su rostro había perdido todo color.
—Significa que Teresa me ha mentido durante más de treinta años.
El teléfono de Valeria volvió a vibrar.
Esta vez era Sebastián.
Contestó.
No escuchó su voz.
Solo una respiración agitada.
Después:
—Valeria… mi madre dejó una carta.
—¿Qué dice?
—Dice que Renata no fue contratada para conseguir la inversión.
—¿Entonces para qué?
Sebastián tardó varios segundos en responder.
—Para conseguir que yo me divorciara de ti antes de que Horizonte descubriera quién controla realmente el Grupo Del Valle.
Valeria miró a don Arturo.
—¿Quién lo controla?
El anciano cerró los ojos.
Luego señaló la última página de la carpeta roja.
Valeria la abrió.
Leyó el nombre.
Y sintió que el corazón se le detenía.
La persona que legalmente podía tomar el control del Grupo Médico Del Valle no era Sebastián.
Tampoco era don Arturo.
Y, según los documentos, llevaba años esperando que Valeria firmara exactamente el tipo de acuerdo que aquella mañana había decidido suspender.