Diego despertó varias horas después con la garganta seca y una sensación pesada en el abdomen.
Lo primero que vio fue a Mariana.
Estaba sentada junto a la cama, dormida con la cabeza apoyada contra la pared. Tenía el mismo bolso desgastado sobre las piernas y una carpeta de recibos sobresaliendo por un lado.
Diego la observó en silencio.
Durante siete años había pensado que su madre era quien protegía el futuro de la familia.
Aquella noche, por primera vez, entendió quién lo había estado haciendo realmente.
—Mariana…
Ella abrió los ojos.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un camión.
—El médico dijo que la operación salió bien.
Diego miró alrededor.
—¿Pagaste lo demás?
Mariana tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Vendí unas inversiones.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué inversiones?
Mariana se levantó.
—No es importante ahora.
—Para mí sí.
Ella lo miró.
Había cansancio en sus ojos.
No rabia.
Eso era peor.
—Durante siete años tuve que aprender a resolver problemas sin contar contigo.
La frase cayó sobre Diego como otro golpe.
Antes de que pudiera contestar, la puerta se abrió.
Doña Teresa entró cargando una bolsa de comida.
Detrás de ella venían Raúl y Lorena.
—¡Mi niño! —exclamó—. Mira, te traje caldo.
Mariana se apartó.
Diego observó a su madre.
Luego el bolso nuevo de Lorena.
Después las llaves de Raúl.
—Mamá.
—¿Sí, hijo?
—Quiero mi tarjeta.
Teresa dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Mi tarjeta de nómina.
—Pero acabas de salir de cirugía. No pienses en dinero ahora.
—Quiero mi tarjeta.
Raúl soltó una risita.
—Hermano, no hagas drama. Mamá administra mejor que tú.
Diego giró la cabeza.
—¿Cuánto dinero mío usaste?
Raúl dejó de sonreír.
—¿Qué dices?
—Te pregunté cuánto.
Doña Teresa intervino.
—Todo lo que hice fue por la familia.
Diego señaló la puerta.
—Mariana, ¿puedes cerrar?
Ella lo hizo.
Teresa comenzó a ponerse nerviosa.
—Hijo, no te alteres.
Diego tomó su teléfono.
—Durante siete años gané al menos ochenta y cinco mil pesos al mes.
Su madre tragó saliva.
—A veces más —continuó él—. Tú nos dabas nueve mil.
Empezó a calcular.
No necesitaba hacerlo con exactitud.
La cifra ya era demasiado grande.
—¿Dónde está el resto?
Silencio.
Lorena miró hacia la ventana.
Raúl guardó las llaves en el bolsillo.
Diego sintió que el dolor de la operación se mezclaba con algo mucho más profundo.
—Mamá.
—No guardé todo en efectivo.
—Nunca pregunté eso.
La voz de Diego se volvió fría.
—Pregunté dónde está mi dinero.
Teresa perdió la paciencia.
—¡En esta familia!
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Significa que ayudé a tus hermanos.
Señaló a Lorena.
—Ella necesitaba la camioneta para trabajar.
Lorena murmuró:
—También la uso para llevar a los niños.
Teresa señaló después a Raúl.
—Él necesitaba invertir.
—¿Con cuánto?
Raúl no respondió.
—¿Con cuánto, Raúl?
—No sé.
Diego levantó la voz por primera vez.
—¡¿CON CUÁNTO?!
Mariana dio un paso hacia la cama.
—Diego, tranquilo.
Él respiró con dificultad.
Raúl terminó soltándolo.
—Como un millón y medio.
Diego palideció.
—¿Un millón y medio de mi dinero?
—Era una oportunidad.
—¿Y dónde está?
Raúl se encogió de hombros.
—El negocio todavía no despega.
Diego empezó a reír.
Una risa extraña.
Vacía.
—Todavía no despega.
Miró a Lorena.
—¿Y tu camioneta?
Ella cruzó los brazos.
—Costó setecientos ochenta mil.
Diego cerró los ojos.
Más de dos millones.
Y todavía faltaban años enteros por explicar.
—¿Qué más?
Nadie habló.
Entonces Mariana abrió su bolso.
Sacó la carpeta.
—Yo puedo decirte qué más.
Teresa se volvió hacia ella.
—Tú no te metas.
Mariana la ignoró.
—Hace tres meses empecé a sospechar que algo no cuadraba.
Diego la miró.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque cada vez que hablaba de tu madre, tú me acusabas de querer separarte de ella.
No pudo discutirlo.
Era verdad.
Mariana sacó varias hojas.
—Tu mamá compró un terreno en Puebla hace cuatro años.
Teresa perdió el color.
—¿Cómo sabes eso?
—Registro Público.
Mariana dejó otro documento.
—También puso un departamento a nombre de Lorena.
Otro.
—Dos autos.
Otro.
—Y una cuenta de inversión conjunta con Raúl.
Diego empezó a sentir un zumbido en los oídos.
—¿Con mi dinero?
Mariana lo miró.
—Todo indica que sí.
Teresa golpeó la silla.
—¡No puedes demostrar nada!
Aquella frase lo cambió todo.
No dijo que fuera mentira.
Dijo que no podían demostrarlo.
Diego tomó el teléfono.
—Voy a revisar mi cuenta.
Su madre avanzó.
—No hagas tonterías.
—Dame el NIP.
—Estás medicado.
—El NIP, mamá.
—Diego…
—Ahora.
Teresa apretó los labios.
Finalmente lo dijo.
Diego entró a la aplicación bancaria.
Los movimientos disponibles solo mostraban los meses recientes.
Retiros.
Transferencias.

Pagos.
Casi todos ocurrían el mismo día en que su salario era depositado.
Entonces vio algo extraño.
Cada mes salía una transferencia fija.
Veinticinco mil pesos.
Siempre hacia la misma cuenta.
—¿Quién es “Servicios RT”? —preguntó.
Teresa se quedó completamente quieta.
Raúl miró a su madre.
Lorena hizo lo mismo.
Mariana se acercó.
—¿Qué pasa?
Diego mostró la pantalla.
—Siete años de transferencias.
Mariana hizo rápidamente una cuenta.
—Eso serían más de dos millones.
Diego miró a Teresa.
—¿Quién es?
Su madre no respondió.
—Mamá.
—No importa.
—¿Quién es?
La puerta se abrió.
Una enfermera pidió que bajaran la voz.
Diego se disculpó.
Cuando volvió a mirar a su familia, Raúl estaba pálido.
—Hermano… —dijo.
Teresa lo fulminó.
—Cállate.
Diego lo miró.
—Habla.
—Raúl, te dije que te calles.
Aquello confirmó que había algo peor.
Raúl respiró hondo.
—Servicios RT no es una empresa.
El corazón de Diego empezó a acelerarse.
—Entonces ¿qué es?
Raúl bajó los ojos.
—Una cuenta que mamá abrió usando mis datos.
Teresa gritó:
—¡Mentiroso!
—¡Yo no quería hacerlo!
Diego apretó el teléfono.
—¿Para qué era?
Raúl tardó demasiado en responder.
Finalmente dijo:
—Para pagar una casa.
Silencio.
—¿Qué casa?
Raúl miró a su madre.
Luego a Diego.
—La casa donde vive papá.
Diego sintió que el mundo se detenía.
—Papá murió hace nueve años.
Nadie habló.
Mariana dejó caer lentamente la carpeta sobre la cama.
Doña Teresa comenzó a llorar.
Diego la miró con una expresión que ella jamás había visto.
—Mamá.
Su voz apenas era un susurro.
—¿Qué acabas de ocultarme?
Raúl se pasó ambas manos por el rostro.
—Papá no murió.
Diego sintió que la máquina junto a su cama aceleraba sus pitidos.
—¿Qué?
Raúl cerró los ojos.
—Mamá nos obligó a decirte eso porque él se fue con otra mujer.
Diego se quedó sin aire.
Pero Raúl todavía no había terminado.
—Y durante siete años…
Miró la pantalla del teléfono.
—parte de tu sueldo ha estado pagando la vida de papá y de la familia que formó después de abandonarnos.
Diego volvió lentamente la mirada hacia su madre.
Y entonces Mariana vio algo todavía más inquietante en la carpeta que sostenía.
Un nombre.
El de la mujer que vivía con el padre de Diego.
Mariana palideció.
—Diego…
—¿Qué pasa?
Ella levantó la hoja con manos temblorosas.
—Yo conozco a esa mujer.