Parte 2: CUANDO EMMA DEJÓ DE ESPERAR

Nathaniel regresó a casa a las tres de la madrugada.

Emma seguía despierta.

No porque lo estuviera esperando.

Estaba sentada frente al escritorio, clasificando documentos.

Pasaporte.

Certificados académicos.

Cartas de recomendación.

Estados de cuenta.

Y, debajo de todo, una carpeta color marfil.

Nathaniel se detuvo en la puerta.

—¿Qué haces?

Emma levantó la mirada.

—Organizando algunas cosas.

—¿A esta hora?

—No tenía sueño.

Nathaniel dejó las llaves sobre la mesa.

—Clara estaba muy nerviosa.

Emma asintió.

—Me alegra que esté bien.

Otra vez aquella respuesta.

Sin preguntas.

Sin celos.

Sin reproches.

Nathaniel sintió que algo dentro de él se tensaba.

—¿No quieres saber cuánto tiempo estuve allí?

—No.

—¿Ni qué pasó?

—No es asunto mío.

Aquello lo golpeó.

—Soy tu esposo.

Emma lo miró durante dos segundos.

—Por ahora.

Nathaniel frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Ella cerró la carpeta.

—Nada que tengas que resolver esta noche.

A la mañana siguiente, Emma visitó a una abogada.

No pidió dinero.

No exigió la casa.

No solicitó acciones de Hale Holdings.

Solo quería salir.

La abogada revisó los documentos y levantó las cejas.

—Señora Hale, después de cinco años de matrimonio podría reclamar bastante más.

—No quiero bastante más.

—Entonces, ¿qué quiere?

Emma respondió sin vacilar:

—Mi nombre.

La abogada guardó silencio.

Emma continuó:

—Mi carrera. Mi libertad. Mi vida antes de convertirme en una pieza decorativa dentro de esa familia.

Firmó.

Esa misma tarde, mientras Nathaniel estaba reunido con inversionistas, recibió un mensaje.

Solicitud formal de divorcio.

Leyó tres veces el nombre de Emma.

Después llamó inmediatamente.

Ella no contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Cuando regresó a casa, encontró el armario de Emma medio vacío.

—¡Emma!

Ella salió del estudio cargando una caja.

Nathaniel dejó los documentos sobre la mesa.

—¿Qué demonios significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

—¿Por qué?

Emma se quedó mirándolo.

Por primera vez, Nathaniel pareció no entender nada.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

—Por Lucas fue un accidente.

Emma sonrió débilmente.

—Todavía dices eso.

—Es un niño.

—Un niño que me empujó estando embarazada.

—No hay pruebas.

Emma respiró hondo.

—Sí las hay.

Nathaniel quedó inmóvil.

Emma abrió su computadora.

Reprodujo un archivo.

La imagen provenía de la cámara del pasillo.

Lucas aparecía discutiendo con ella.

Después extendía ambas manos.

Emma desaparecía por las escaleras.

Nathaniel palideció.

—¿De dónde sacaste eso?

—La copia automática estaba almacenada en la nube.

—Pero el sistema…

—Fue eliminado de la casa.

Lo miró.

—No de los servidores.

Nathaniel retrocedió.

Durante un mes había acusado a Emma de mentir.

La había hecho sentir culpable.

Había defendido a Lucas.

Y todo mientras la verdad existía a pocos clics de distancia.

—Emma…

—No quiero disculpas.

—Yo no sabía.

—No quisiste saber.

La frase lo dejó sin respuesta.

En ese momento se abrió la puerta principal.

Lucas entró acompañado por Clara.

El niño vio las maletas.

—¿Te vas?

Emma asintió.

Lucas intentó ocultar una sonrisa.

—Qué bueno.

Nathaniel giró bruscamente.

—Lucas.

—¿Qué?

Nathaniel sostuvo el teléfono.

—Vi el video.

El rostro del niño cambió.

Clara también palideció.

—¿Qué video? —preguntó ella.

Emma la observó.

Clara sabía.

Se notaba.

Nathaniel también lo entendió.

—Tú sabías que Lucas la empujó.

Clara negó demasiado rápido.

—Claro que no.

Lucas empezó a llorar.

—¡Mamá dijo que Emma quería quitarme todo!

Silencio.

Clara cerró los ojos.

Nathaniel se quedó completamente quieto.

—¿Qué acabas de decir?

El niño siguió llorando.

—Mamá dijo que si Emma tenía un bebé, tú ya no me querrías.

Clara agarró su brazo.

—Lucas, basta.

—¡Y dijo que tenía que asustarla para que se fuera!

Nathaniel miró a Clara.

La mujer que tantas noches lo había llamado diciendo que tenía miedo.

La mujer por la que había abandonado cenas, aniversarios y hospitales.

—¿Le dijiste eso?

—Está confundido.

—¿LE DIJISTE ESO?

Clara comenzó a llorar.

Emma recogió su caja.

—Ya no me importa.

Nathaniel se volvió.

—¿Cómo puede no importarte?

—Porque no necesito que castigues a nadie para poder irme.

Se dirigió hacia la puerta.

Nathaniel la siguió.

—Emma, espera.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

—Podemos arreglarlo.

Por primera vez, Emma sintió pena por él.

No amor.

Pena.

—Nathaniel, tú querías una esposa que no preguntara, no discutiera, no sintiera celos y no interfiriera con Lucas ni con Clara.

Una lágrima rodó por su mejilla.

—La conseguiste.

Hizo una pausa.

—Solo que una mujer así tampoco tiene motivos para quedarse.

Se marchó.

Tres semanas después, Emma recibió su visa.

Un mes después, el divorcio quedó registrado.

Nathaniel intentó llamarla decenas de veces.

Ella respondió únicamente una vez.

—Quiero que vuelvas.

—No.

—Clara ya no entra en mi casa.

—No importa.

—Lucas está en terapia.

—Me alegra.

—Cambiaré.

Emma cerró los ojos.

—Espero que sí.

Nathaniel creyó escuchar esperanza.

Entonces ella añadió:

—Pero no para mí.

Colgó.

Dos meses después, Emma aterrizó en California.

El campus universitario olía a césped húmedo y café.

Su antiguo profesor la esperaba frente al edificio de investigación.

—Doctora Whitmore en unos años —bromeó.

Emma sonrió.

Por primera vez en mucho tiempo, ese futuro le pertenecía.

Pero todavía quedaba algo pendiente.

Una semana después recibió un correo desde Inglaterra.

El hospital donde había ocurrido su pérdida había completado una revisión interna solicitada por su abogada.

Emma abrió el documento.

Leyó lentamente.

Luego volvió a leer.

La causa del aborto no había sido únicamente la caída.

Los análisis realizados aquella noche mostraban rastros de un medicamento contraindicado durante el embarazo.

Emma sintió que las manos se le enfriaban.

Ella jamás había tomado aquel medicamento.

Revisó la fecha.

Recordó la cena de esa noche.

Clara había estado en casa.

También Lucas.

Pero había una tercera persona que preparó el té de Emma antes de la discusión.

Nathaniel.

Emma llamó inmediatamente a su abogada.

—Necesito que investigues algo.

—¿Qué cosa?

Emma miró el informe.

—Quiero saber quién tenía acceso a mi historial médico antes de perder al bebé.

Hubo silencio.

—Emma… ¿qué estás pensando?

Ella apretó el teléfono.

—Que quizá Lucas no fue la única razón por la que mi hijo murió.

A miles de kilómetros, en la mansión Hale, Nathaniel abrió la puerta de su estudio.

Sobre el escritorio había un sobre sin remitente.

Dentro encontró una copia del mismo informe.

Y una nota escrita con una sola frase:

“Pregúntale a tu madre qué puso en la taza de Emma.”

Nathaniel levantó la cabeza.

En el pasillo, su madre lo observaba.

Y por primera vez en toda su vida, la elegante señora Hale parecía aterrorizada.

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